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Dos en la carrera / Kilómetro 32

El empate, bien menor

Oviedo y Sporting dejaron buenas sensaciones ante rivales directos

Cuando los corredores de la Maratón de Segunda se acercan al temible Muro, parece que las fuerzas se igualan. Pocos tienen piernas para escaparse porque sus rivales están prestos a responder. Eso significa la proliferación de empates -cinco en la jornada, a falta del partido de hoy- que incluyó a los dos rivales asturianos. La igualada siempre sabe a poco, especialmente desde que el sistema de puntuación sobreprima a la victoria. Pero no hay que olvidar que el empate suma. Y cuando se alcanza frente a un rival directo deja de ser un mal menor para convertirse en un bien estimable. Menos es nada.

E l Oviedo, en la inercia de marzo

El Oviedo arrancó a toda velocidad 2019. En enero sumó nueve puntos de los doce posibles y en febrero mejoró el rendimiento, al conseguir diez de doce. En marzo, en cambio, solo logró cuatro puntos en cinco partidos. Una interpretación aséptica, matemática, llamaría a esto un frenazo. Pero, si se tiene en cuenta lo que les ocurre a sus competidores directos, parece más realista decir que se ha acoplado, de grado o la fuerza -más bien esto último- a la velocidad general, que no es precisamente vertiginosa, porque a todos les cuesta un triunfo ganar. El Deportivo de La Coruña es un ejemplo que ni pintado. Dentro de ese contexto hay que valorar el partido de ayer, que no dejó contento a ninguno de los dos pero tampoco les dejará una sensación de fracaso.

Doce minutos de sacrificio. Para los aficionados locales el partido no solo era especial por el rival. Miles de seguidores del equipo local se mostraron dispuestos a responder a la convocatoria de una huelga de doce minutos en protesta contra la Liga de Fútbol Profesional, por sus decisiones, que juzgan perjudiciales para el Oviedo y sus seguidores. Era un planteamiento arriesgado, máxime cuando la hinchada visitante estaba en el campo desde el minuto cero; y no eran cuatro precisamente. Pero no por ello el Oviedo dejó de sentirse en casa, hasta el punto de que durante ese tiempo marcó el que sería su último gol. De esa forma el mayor sacrificio de los que aguardaron fuera del estadio a que se cumpliera el minuto 12, el de la afición, acabó siendo el perderse lo que para su equipo sería el momento culminante del partido, con el cabezazo de Bárcenas que llegó a la red, precisamente en la portería tras la que se agrupaban los seguidores deportivistas.

Intensidad oviedista. Cualquier rival sabe que la principal arma oviedista es la intensidad. Si el Depor recordaba que esa cualidad no había brillado precisamente en el partido de ida, en el que el Oviedo había sufrido una derrota estrepitosa, los azules les obligaron a olvidarse de ello en seguida. La presión en todo el campo ejercida por el Oviedo les hizo sentirse incómodos. Y aunque los locales les cedieron campo a menudo, nunca les regalaron el balón. Eso sí, la consistencia del Oviedo para presionar y obstaculizar se vio poco acompañada de profundidad para consolidar la victoria. Pudo hacerlo en el minuto 17, en una contra excelente. Pero, si Folch fue capaz en esa jugada de hacer un excelente pase en profundidad a Saúl Berjón, no estuvo a la misma altura cuando irrumpió en el área para culminar la jugada con el remate que requería el pase de su compañero, que pudo llamarse "el de la muerte" antes de convertirse en gol y también después, pues seguramente hubiera matado el partido.

Hasta el final. El Deportivo sobrevivió a esa jugada y pudo poner en valor, aunque fuera con cuentagotas, sus recursos, entre ellos, la calidad de sus dos delanteros, que acabaron evitándole la derrota. Si en el minuto 25 Champagne hubo de hacer una gran parada para neutralizar el tiro con el que Quique culminó una jugada individual, no pudo hacer nada para evitar el gol en el minuto 52, cuando Carlos Fernández se coló por la izquierda y Quique remató de primeras su gran centro raso con tanta decisión como puntería. El empate deportivista no desarboló al Oviedo, cuyo control del centro del campo tuvo su mayor acierto en impedir que el equipo rival tuviera la pausa que quizá le hubiera beneficiado. El Oviedo, por su parte, adoleció una vez más de llegada y remate, por más que Anquela sacara sucesivamente, y algo tarde, a Ibrahima y a Toché. Pero al menos mandó en el terreno hasta el final y la última oportunidad fue suya. Si Dani Giménez, el portero deportivista, había pasado casi desapercibido, fue requerido a bombo y platillo en el minuto 90, cuando su equipo cometió una falta cerca de la esquina exterior del área, en la izquierda. Saúl Berjón no intentó el centro, sino que buscó la escuadra contraria. Y Dani Giménez hubo de hacer entonces la parada del partido para evitar el gol.

Y Jimmy, en el medio. Con bajas tan importantes como las de Javi Muñoz y, sobre todo, Tejera, Anquela hubo de recomponer el centro del campo y buscó una solución en un canterano. Jimmy tuvo así la oportunidad de debutar con el Oviedo. Y jugó como si fuera un veterano bien curtido. No solo aguantó los 90 minutos, jugados a un ritmo fuerte, sino que estuvo excelente de colocación, con buena visión del juego y excelente, por preciso, en el pase. Esa suma de aciertos vino a ser una buena noticia.

U n Sporting convincente

En La Rosaleda y ante uno de los equipos fuertes de la categoría el Sporting mostró su cara más atractiva de la temporada. No es que hiciera, ni mucho menos, un partido perfecto, pero sí mostró sobre el terreno algo que se le había echado en falta durante toda la temporada: un plan de juego identificable ejecutado con un estilo convincente. Ese acontecimiento tuvo más importancia que el propio resultado, en la medida que dio a entender que el equipo está vivo cuando le toca acometer el tramo más exigente, por decisivo, de toda la temporada.

La "Macarena" sportinguista. Es sabido que "Macarena", el legendario éxito de "Los del Río", sirve para todo, incluido ganar unas elecciones presidenciales norteamericanas, como cuando el Partido Demócrata eligió su música como himno en la campaña de Bill Clinton. Ahora el Sporting se ha puesto a aplicar la letra, que pide darle alegría al cuerpo, pero en su caso, con mayúscula, la que reclama el apellido del delantero que le llegó en el mercado de invierno. Está claro que con Alegría el Sporting ha cambiado para bien. Primero se pudo pensar que, ante todo, había traído buena suerte, pues marcaba de cualquier manera, pero a la buena estrella ha añadido otras cosas interesantes. La que más, que el juego directo que el Sporting intentaba con pobres resultados ganara visiblemente en eficacia. Y no solo porque ahora juegue con dos delanteros sino porque Alegría aporta una gran capacidad para hacerse con el balón en lucha con la defensa contraria. Si esa sensación empezó a abrirse paso cuando comenzó la actual buena racha sportinguista, nunca pareció tan clara como en Málaga, donde también se hizo notar Djurdjevic.

El penalty de Djurdjevic. Al delantero serbio del Sporting le beneficia que la vigilancia de la zaga rival tenga que repartirse y no se concentre en exclusiva en él. Se le vio suelto y emprendedor. Y se tomó el desquite personal de marcar por fin, a la tercera, un penalty. No sin correr serios riesgos, pues lo lanzó de forma previsible. No hubo más que ver la decisión con que Munir se lanzó hacia la que sabía que era la dirección buena. Pese a ello, no pudo emular lo que Champagne había hecho cinco días antes porque, aunque el balón iba hacia el mismo lado y a similar altura, llevaba más fuerza y colocación.

Un final de vértigo. El final del encuentro concentró esa intensidad en unos minutos trepidantes. El Sporting había tenido oportunidades para no tener que pasar por esa prueba, pero una veces por mala suerte, como un tiro de Peybernes al larguero a la salida de un córner, y en otras por malas decisiones en la culminación de contragolpes claros no había logrado matar el partido. El Málaga parecía depender menos de las genialidades de Ontiveros que del poderío de Luis Hernández para colocar el balón junto a la portería en sus saques de banda. El Sporting sabe mejor que nadie, porque en su día disfrutó de él, que ese es un recurso de primer orden. Prevenido como sin duda estaba, había logrado neutralizarlo no menos de diez veces a lo largo del partido, pero en el minuto 82 Babin se mostró por una vez débil ante Blanco Leschuk y el argentino lo aprovechó para poner fin a una sequía goleadora de meses. Lo mejor del Sporting fue que ese gol no le hundió sino que, por el contrario, estimuló su reacción. Lod, que llevaba pocos minutos en el campo, protagonizó entonces varios acontecimientos. Vio primero una tarjeta, lanzó después un centro peligroso y llegó tarde, o muy forzado, a una contra conducida por Nacho Méndez. Y en el minuto 88 se le presentó una oportunidad especial, con una falta provocada al borde del área malaguista por Traver, que culminaba así su mejor partido de la temporada. Lod la aprovechó de forma espléndida, con un tiro que superó la barrera por el lado opuesto al portero. Pero, con Munir petrificado y los integrantes de la barrera preguntándose por dónde había pasado el tiro, el poste devolvió el balón. La victoria se le escapaba al Sporting y dos minutos después y, por un instante, pareció que otro tanto le ocurriría con el empate. Fue cuando Ontiveros culminó una escapada con un centro al que llegó con toda claridad Seleznov, al borde del área pequeña. Su cabezazo picado parecía un gol seguro. Lo hubiera sido si bajo los palos no hubiera estado el mejor Mariño, que encadenó vertiginosamente dos movimientos -un paso atrás y una estirada a la izquierda- para alcanzar aquel balón imposible y rechazarlo. Con esa parada el empate se revalorizó de golpe para el Sporting.

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