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Javier Muguerza, con la flecha en el arco

En el fallecimiento del filósofo español más poderosamente original de las últimas décadas

Ha muerto Javier Muguerza. La pasada madrugada el corazón del filósofo más poderosamente original de las últimas décadas dejaba de latir, al lado de Conchita, la mujer que lo había acompañado durante tantos años de fértil reflexión. Hace unos días, la Universidad de la Laguna, su alma mater, nos pedía una de las fotos que Su y yo le hicimos hace varios años en su despacho del CSIC, una austera guarida en la que el sol de media tarde se filtraba sin tregua entre las lamas de la persiana obligándonos a hacer tajantes claroscuros que reflejaban bien el pensamiento del genio. Entre el ingente legado de sus muchos papeles, en los que transcurre como una flecha el pensamiento de un hombre radicalmente original, un mediador omnímodo, un pesimista antropológico que no creía en la Razón con mayúscula, sino en el constante diálogo con el disenso y, en definitiva, con la perplejidad, Javier dejó las fotos que le habíamos hecho Su y yo, mariposas de Rembrandt, blancos quemados y negros reventados que son, quizá, una buena metáfora para resumir el talante de un hombre que intentó lidiar, siempre y cada siempre, entre los polos opuestos de la legítima diversidad.

Heridas de inteligencia, estábamos fascinadas por su libro "La razón sin esperanza", un libro que, ya en los años setenta, hizo de despertador de conciencias en una España en la que eran nuevos los debates de la escuela de Frankfurt (más allá de Adorno, Horkheimer y Marcuse) sobre las aporías del racionalismo ilustrado. Con hilo de plata, Javier driblaba sin esfuerzo con las teorías de Jürgen Habermas y de Karl-Otto Apel acerca de una pragmática universal y una pragmática trascendental en un contexto de creciente perplejidad. Los ecos de Kant se dejaban ver en la disolución empírica de un imperativo categórico que chocaba de frente contra las "hazañas" del totalitarismo, de la represión, de la intolerancia, de la moral excluyente que negaba al Otro el derecho de ser en la diferencia y de mantenerse en la diferencia contemplando al Otro como una llamada permanente al diálogo, al regateo de la luz en las tinieblas de una razón en solfa, a la escucha amorosa y a la paz. Así lo dejó escrito en su libro "Desde la perplejidad".

No creo haber conocido a un intelectual más hondamente instruido, más humildemente lúcido, más certero, más claro, pero, más allá de los destellos de una mente maravillosa, y de esa sombra que lo iluminó siempre, como un rayo de tiniebla, hoy quiero recordar al amigo que convocaba a la práctica de una bondad absoluta, al ejercicio incesante de una justicia que es inmanencia ciega de una ética cordial (del corazón).

Querido Javier, te recuerdo en San Juan de la Arena, en una sobremesa eterna que se prolongó hasta la playa, los pies desnudos, buscando una cadena que Magdalena Cueto había perdido y que nunca pudimos encontrar. Nos bañamos los tres en la resaca del Cantábrico hasta que olvidamos la cadena para retozar, como niños, gozosamente envueltos en la caricia del mar. Te recuerdo ofreciéndome tu mano, y todo lo que había en tu mano, para sacarme de mi precario empleo de profesora asociada en la universidad. Te recuerdo en aquellas cenas en las que hablabas de una amiga común a la que definías como "esa eterna piedra de toque que siempre se me cae en los pies". Te recuerdo subrayando la paradoja irresoluble entre ética y política (aviso para navegantes) y apuntalando con palabras, con una copa de vino tinto suave como un soplo, nuestra común orfandad. Te recuerdo, al fin, repitiendo como un mantra las palabras de Sánchez Ferlosio en uno de sus pecios, "cuando la flecha está en el arco, tiene que partir".

Antes que tú habían partido tu padre y cuatro de tus tíos, asesinados por la ignorancia de los anarquistas tras haber sido acusados de haber apoyado los horrores del alzamiento nacional. Cuánto perplejo dolor atravesaba tus ojos de arcángel desterrado. Cuánto amor, cuánta memoria ardiente, cuánto Javier Muguerza irrepetible se despidió de madrugada, como adelantando el reencuentro con el mar y con la vida, con las cadenas rotas, con las piedras, con la luz de una mente prodigiosa que supo hacer de la Razón una razón con minúsculas, plural, alternativa, desnuda y a merced de un diálogo en el que yace, dormida, la auténtica libertad.

Hasta siempre, Javier. La singularidad absoluta de tu muerte, Javier Muguerza, clama a un cielo vacío la herida de nuestra propia muerte, la infinita herida de nuestra singularidad.

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