Opinión
Javier Junceda
El desplome de las élites
La escasa confianza de los ciudadanos en sus políticos
Cuando no se cocinan, las encuestas oficiales acostumbran a reflejar con exactitud la percepción social sobre los principales problemas de España. La política, un asunto residual durante años, se ha encaramado al segundo puesto de nuestras preocupaciones, por encima de las amenazas que se ciernen sobre la economía, la corrupción, la inmigración ilegal, la independencia de Cataluña u otras sesenta relevantes materias. Tras el paro, los políticos y sus partidos constituyen hoy el mayor motivo de inquietud entre los españoles, tal vez porque exista una extendida impresión ciudadana acerca de su falta de idoneidad para asumir con solvencia los retos de la nación.
La sucesión de sobresaltos institucionales encadenados desde hace un lustro permiten preguntarse si, en efecto, estamos ante los peores líderes desde el advenimiento de la democracia. Para tratar de dar una respuesta aproximada a ese interesante interrogante, quizá debamos retornar antes a la obra de quien acuñó precisamente la noción de clase política, Gaetano Mosca, un genial jurista e intelectual palermitano.
Para Mosca, resulta imposible desvincular a todo dirigente de lo que él llamaba la fórmula política, una suma de principios de diversa naturaleza con la función de otorgarles legitimidad. Es decir: era inconcebible para él una clase política que no sirviera a una ideología sólida y no combatiera la congénita predisposición de los políticos a perpetuarse, debiendo renovarse periódicamente para evitar crisis traumáticas.
Este elemental esquema se ha difuminado. Al abandono de idearios consistentes en los partidos, entregados a la ubicua causa transversal y al inane culto a la imagen, se suma la inclinación actual de las élites a blindarse en su ámbito de poder a cualquier precio e impidiendo su natural recambio, incluso incorporando a sus entornos más íntimos, algo que no se veía desde que los papas nombraban cardenales a sus sobrinos.
La calidad de la democracia, en contextos así, no tarda en deteriorarse. Y ese colapso tiene además un riesgo añadido: al no contarse con cuadros representativos de nivel, las reformas necesarias en el país tienden a postergarse, algo que siempre suele avivar la llama revolucionaria, como advirtió Cavour, uno de los padres de Italia.
Desde 1975 hasta hace bien poco, quienes han venido asumiendo roles destacados en la política española superaron con creces los estándares de aptitud más exigentes. Procedentes de orientaciones ideológicas muy diversas, las generaciones que protagonizaron la ejemplar transición o se sentaron en los parlamentos durante los años posteriores fueron verdaderamente estimables, lo que ha redundado en las cuatro décadas tan prósperas que hemos disfrutado.
¿Contamos ahora con personalidades así, capaces de reeditar unos admirables Pactos de la Moncloa, de promulgar una Constitución modélica, de cicatrizar las heridas del pasado, de levantar la cuarta economía de Europa, o, en fin, de concebir una organización territorial en la que nadie se sintiera incómodo?... Sospecho que no.
Asistimos, sin duda, a una inquietante caída en picado de las élites, lo que se constata hasta en las conversaciones de ascensor. Ni existe fórmula ni clase política de altura en escena, y algo así tiene poco de halagüeño.
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