Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Xuan Xose

El dinero público no es de nadie

La cuestión no consiste en determinar la justicia de un gasto, sino de qué bolsillo sale a través de los impuestos

El salario social o renta mínima de inserción es una paga que el Gobierno asturiano entrega a determinadas personas o familias con ingresos muy bajos o con ninguno, o como complemento a un salario insuficiente o a determinadas situaciones que requieren un aditamento (por ejemplo, una jubilación no contributiva o

Inicialmente, el salario social se concibió como una situación transitoria destinada a devolver con prontitud a los beneficiarios al empleo. Pronto, sin embargo, esa exigencia desapareció, quedando hoy únicamente un vago compromiso de formación. Ello y otras razones -alguna de las cuales vamos a ver a continuación- han hecho que las prestaciones, pensadas en principio como coyunturales, se hayan convertido en la mayoría de los casos en intemporales.

Contra la práctica real del cobro del salario social se levantan de forma reiterada críticas que señalan que incentiva la permanencia en el desempleo y que existe abundante fraude. ¿Existe? Pues seguramente las condiciones declaradas para su inscripción por algunos no serán exactas y, en otros casos, alternarán el trabajo sin contratación con el cobro de la prestación. ¿Muchos? ¿Pocos? No lo sabemos. Las inspecciones son escasas y operan más bien por denuncias. Los ayuntamientos manifiestan que no tienen medios para comprobar la veracidad de las declaraciones o el mantenimiento de las situaciones iniciales.

Parece que, a impulso de IU, están en estudio algunas modificaciones del plan. Una de ellas es absolutamente imprescindible: la necesidad de que quienes abandonen la prestación por encontrar un empleo puedan volver de inmediato a ella, puesto que actualmente los trámites para ese regreso llevan meses. Naturalmente, eso hace que los beneficiarios sean muy remisos para acogerse a un empleo que puede durar muy poco tiempo. Otra de las propuestas, inicialmente valiosa en su pretensión de que incentivar el empleo y de que los beneficiarios realicen una contraprestación, es absolutamente ridícula: ligarla al "empleo verde, especialmente a la eliminación de la velutina y los plumeros de la pampa". No merece ningún comentario, pero sí una pregunta: ¿y por qué no otros trabajos? Como tantas veces en política, la religión, que ellos llamarán "ideología", lleva al disparate o al ridículo.

Con todo, como, en general, con los servicios y prestaciones del Estado (Gobierno central, Comunidades, Ayuntamientos), conviene hacer una reflexión. Cuando uno escucha con atención lo que dicen los defensores del gasto incondicionado de los gobiernos, por ejemplo, con respecto al salario mínimo ("nadie se hace rico con 480 euros", "no se debe estigmatizar el salario con las sospechas de fraude"), se da cuenta de que aquella idea de Carmen Calvo de que el dinero público no es de nadie está instalada de forma general en las cabezas de diputados y concejales. Porque la cuestión no es solo si un gasto es justo, necesario o conveniente, que pueda que lo sea más o menos (pero no, por ejemplo, los fuegos artificiales), la cuestión es que el dinero no lo ponen el cielo, el presupuesto o los gobernantes: lo ponen individualmente los ciudadanos, con el IBI, por ejemplo, con el IRPF, con el IVA o con otros impuestos. De modo que cada euro de las cuentas públicas sale del esfuerzo en el trabajo de los individuos concretos, del mensual o del acumulado en su vida, o del ahorro que proviene de su trabajo.

Porque habrá unos cuantos ricos muy ricos, pero la mayoría de los contribuyentes son, como usted sabe, querido lector, los ciudadanos de a pie. Y alguno de estos ciudadanos de a pie igual no tiene unos ingresos muy superiores a los de alguno de los perceptores del salario mínimo.

De modo que, atención a la justicia, que significa sí, ayudar al necesitado, pero también mirar por cada euro, que es mirar por cada pagano, por cada ciudadano. Los ojos del político no han de mirar únicamente a los pañadores, también a los apurridores. Si queremos hablar de justicia en sentido pleno.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats