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Francisco Garcia Perez

Seis píldoras decembrinas

De Pedro de Silva y Alejandro M. Gallo a Herminio Huerta

Asisto a una conferencia en la que Pedro de Silva -escritor, abogado, expresidente de Asturias y amigo mío- repasa su carrera novelística. Presenta Alejandro M. Gallo, comisario jefe de Policía Local, autor de novelas exitosas y amigo asimismo. Como en casa, pues. Pero público serio, plaza exigente. De Silva rodea

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Un titular de "El País": "Trump levanta las sanciones impuestas a Turquía por el ataque de los kurdos". No lo entiendo. Vamos a ver: ¿Trump impuso sanciones a Turquía a causa del ataque de los kurdos y ahora las levanta? ¿Trump levanta unas sanciones que había impuesto a Turquía después de que se produjese un ataque de los kurdos? Si no se titula con claridad y exactitud, mal va el periodismo de calidad. Se ruega respeto máximo al lector. Gracias.

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Me hace llegar Herminio Huerta -colega columnista y alto financiero jubilado- su "Diccionario gamberro y canalla". Benemérito libro dado su deseo manifiesto de "incitar a la risa". Lo consigue mediante definiciones trastocadas de palabras corrientes, en la estela de tantos autores que exprimieron la enseñanza de Paul Valéry: "El número de usos posibles de una palabra es más importante que el número de palabras de que dispones". Van aquí unos ejemplos del lexicón de Huerta y que ustedes los rían bien. Autogobierno: dirigir políticamente a un país desde el coche. Burgalés: persona acomodada de clase media originaria del País de Gales aunque reside en Castilla. Cegato: felino doméstico con problemas de visión. Chipirón: pequeño cefalópodo comestible al que no le gusta ir al cole. Gastronomía: afición a comer bien mirando fijamente al firmamento. Monóculo: persona que posee una lente en el ojo del ano. Sacerdote: cura un poco guarro. Salchichón: bulto en la cabeza debido a un golpe propinado con un embutido. Es decir, ingenio bienhumorado y no mal libro de texto para explicar en la escuela sinécdoques, metonimias y metáforas... políticamente pelín incorrectas, por fortuna.

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Una mujer muy anciana se sienta a mi lado en un banco del paseo marítimo e interrumpe mi atenta supervisión matutina del rolar del nordeste. Quiere hablar, la pobre: con quien sea. La escucho. Ay, la soledad... Charlar la pone feliz y eso me basta. De pronto, me regala una perla de adaptación lingüística de los nombres propios extranjeros: "Y allí había un cura alemán. Yo creo que se llamaba Wilfred, pero otras decían que era Manfred. Así que decidimos llamarle Alberto, para no discutir". Cuánta razón.

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Vargas Llosa en una entrevista concedida a Jesús Ceberio: "Los países que van bien, que progresan, donde hay más justicia social, producen una literatura pobrísima. Los novelistas suizos andan desesperados buscando catástrofes".

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Leo a uno de mis nietos un libro sacado de la biblioteca pública, muy pintarrajeado por usuarios anteriores inciviles. Se me ocurre una idea: hago de la necesidad virtud y transformo el texto durante la lectura en un relato en el que el narrador reflexiona sobre el destrozo causado por los monigotes y embadurnes de las páginas. Me entusiasmo al aplicar ese método metaliterario. Me vengo arriba al recordar las enseñanzas de Genette, Barthes y demás familia acerca del narratario, el narratólogo, los actantes y el copón universitario en general. Mi nieto me interrumpe de pronto para hacerme caer de mi caballo erudito: "Eso que me lees no puede ser. El cuento no puede saber lo que pasa fuera del cuento". Muerto de vergüenza, reinicio leyendo lo que de verdad pone. Tanto estudiar teoría literaria para que te pille el truco un guaje de cuatro años.

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