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Steve Jobs y la cosa pública

La aplicación en la Administración de las enseñanzas del fundador de Apple

El biógrafo de Steve Jobs, el gigante contemporáneo de la innovación y los negocios, resumió su éxito en catorce claves. No todas son trasladables a la cosa pública, pero dado su sentido común es posible adaptarlas a cualquier ámbito. Aunque resulte arriesgado intercambiar conclusiones entre contextos diferentes, como Ortega y Marías censuraban de las experiencias individuales traídas sin más al terreno social, la dinámica empresarial acumula décadas tratando de guiar aspectos decisivos del quehacer funcionarial, considerándose como clientes a quienes hasta hace poco eran meros administrados. De ahí que sea sugerente aprender de las fórmulas que han triunfado en ese marco y pueden hacerlo en otros.

Para el genio californiano, decidir lo que no había que hacer era tan importante como disponer lo que había que hacer. Subrayaba con ello la concentración en lo fundamental, escapando de lo secundario. Llevando ese interesante canon a la actual vida pública, no cuesta descubrir a sus protagonistas encerrados en un constante bucle que rehuye abordar lo esencial, y a una burocracia ensimismada en infinidad de procedimientos estériles que dificultan a diario la satisfacción efectiva de las auténticas demandas ciudadanas, desplazadas por toneladas de formularios residuales convertidos en una permanente rueda del hámster.

Otra de sus reglas de oro pasaba por reducir a la sencillez lo complejo. Para eso, decía, hacen falta muchas horas de trabajo, especialmente destinadas a comprender los verdaderos desafíos y a obtener las soluciones precisas. Las intrincadas propuestas que hoy se escuchan en el escenario político transitan sin embargo en el sentido opuesto, tal vez porque no se dedica el tiempo y los recursos suficientes a su reposado estudio, sustituyendo lo sencillo por lo simple.

Las taifas tampoco tendrían justificación alguna para Jobs, obsesionado por la responsabilidad integral sobre el paquete completo de productos al que se dedicaba su corporación. Ese ecosistema diseñado por y para sus usuarios es lo más alejado de estos momentos de nuestra democracia, carente de una visión de conjunto que cuide de los pequeños detalles, con Administraciones enredadas en sempiternas porfías y desnudas del mínimo compromiso unitario hacia el destinatario de sus afanes.

Dar un salto adelante cuando se detecten retrocesos era otra valiosa pauta del fundador de Apple. O pensar en los artículos antes que los beneficios, sin estar esclavizado por los estudios de mercado. Pese al genuino carácter comercial de estos criterios, también son traducibles a las cuestiones de gobierno, como la realidad nos ilustra. Son numerosas las naciones que tras quedarse rezagadas han experimentado avances notables sin someterse a la interesada tiranía de las encuestas, limitándose a ejecutar las reformas indispensables, sean aplaudidas o rechazadas por la demoscopia.

Con todo, si hubiera que escoger una lección de liderazgo que nos legó Steve Jobs, esta sería la de querer siempre trabajar con los mejores. Walter Isaacson, que bien lo conoció, recuerda que Jobs solía decir que "cuando cuentas con gente muy buena no necesitas estar todo el día encima de ellos". Esta es, sin duda, una gran enseñanza para cualquier asunto, y mucho más para el que tiene por cometido dirigir a un pueblo, en el que deben coincidir aquellos que reúnan condiciones superiores y nunca los que no contrataríamos para nuestras propias empresas, porque no todos servimos para todo, por más que se insista.

Preguntado al final de sus días por su logro más importante, Jobs confesó a Isaacson que no había sido ninguno de sus extraordinarios dispositivos o aplicaciones, sino una obra tan sólida como Apple. Desde luego, qué formidable sería poder cambiar el nombre de esa próspera compañía por el de cualquier país, región o ciudad, tras poner en práctica en su gestión las sabias ideas de este brillante emprendedor y visionario norteamericano.

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