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Las vacas, una fábrica de gas

La contribución al cambio climático de las flatulencias animales

Leyendo el atinado escrito de Juan Carlos Laviana "Vacas en la cumbre" (LA NUEVA ESPAÑA 4 de diciembre de 2019) me hizo recordar que hace unos años publiqué un artículo ("La burbuja cárnica", LA NUEVA ESPAÑA 14 de noviembre de 2015) en el que, entre otras cosas, me refería al metano (CH4) emitido por los rumiantes, en especial por la bucólica cabaña del ganado vacuno y ovino, lo que representa casi el 19% de las emisiones de gases del efecto invernadero que contribuyen al calentamiento del planeta. Nos encontramos en un momento oportuno para retomar esta temática, máxime cuando se acaba de celebrar en Madrid la Cumbre del Clima (COP25) de la ONU con resultados que, como se han calificado, dejan un sabor de boca agridulce.

Las fuentes del hidrocarburo son variadas. Unas se producen de forma natural por la descomposición de la materia orgánica en ausencia de oxígeno (hecho muy abundante en el suelo permanentemente helado o "permafrost"), otras son debidas a la actividad humana con los combustibles fósiles, los basureros y las explotaciones agropecuarias. Dentro de estas últimas cobra especial importancia la ganadería bovina (con un censo mundial de 1.400 millones de ejemplares) y ovina (con unos 1.100 millones), ya que este meteorismo animal es el responsable de una cuarta parte de las manifestaciones de metano que se engendran a nivel global (115 millones de toneladas al año).

Existen países, como es el caso de Argentina -cuyo principal motor económico es la industria agropecuaria-, donde existen más vacas (con un stock de 55 millones de cabezas) que personas (45 millones) y las emisiones metaníferas que generan los bovinos superan la contaminación del parque automovilístico, el segundo contaminante, lo que origina una verdadera guerra entre veganos y ganaderos. El cómputo de flatulencias, junto a la deforestación para plantar pastos, la producción de piensos y el procesamiento de la carne suponen un 35% del total.

¿Cuál es el proceso que desencadena el problema? Los rumiantes se nutren de hierba y otros vegetales, básicamente compuestos por celulosa, almidón y el polímero pectina. Una vez digeridos interviene la acción de microorganismos (bacterias, protozoos, arqueas y hongos) presentes en uno de los compartimentos del aparato digestivo (el rumen), que hacen fermentar el alimento, convirtiéndolo en carbohidratos complejos necesarios para la supervivencia, pero también originan dióxido de carbono que al combinarse con el hidrógeno da lugar a metano, que es eliminado en forma de eructos y ventosidades.

¿Cómo remediar tan espinoso asunto? Uno de los objetivos de los expertos que tratan de mitigar las consecuencias del cambio climático es reducir las emanaciones que exhalan las reses aludidas; en concreto, cada vaca expele entre 200 y 300 gramos de metano al día.

Para ello, se ensayan diversas líneas de investigación, desde instalar equipos portátiles industriales en el rumen de los bóvidos -se colocan sobre el lomo del animal- para extraer el hidrocarburo y poder utilizarlo como fuente energética, hasta modificar el régimen alimenticio del ganado a base de una dieta compuesta por maíz, soja o algas marinas, pasando por vacunas para eliminar los microorganismos causantes del gas o píldoras que reducen la aerofagia.

Últimamente, se esgrime como un remedio eficaz alterar la composición genética de los especímenes, pues se ha demostrado que muchos de los microbios que coadyuvan a crear el temido gas se heredan y la meta es obtener individuos sin dichos rasgos transmitidos. Ello conllevaría fomentar la explotación ganadera extensiva sostenible, la cual mantiene un aceptable rendimiento sin perjudicar al medio ambiente.

No obstante, todos podemos contribuir a paliar el efecto del metano optando por prácticas dietéticas menos ricas en proteínas y grasa animal, lo que además de ser beneficioso para la salud es menos perjudicial para la naturaleza al reducir los gases procedentes de la fermentación rumial. Siguiendo el ejemplo de Nueva Zelanda, donde existe un impuesto sobre el pedo ("flatulence tax" o "fart tax"), en la UE se baraja la posibilidad de gravar la producción agroganadera con un tributo para la leche y la carne, el objetivo es controlar la actividad de este sector responsable de la generación de los nocivos gases.

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