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Adieu, Montesquieu

El nombramiento como fiscal general de Dolores Delgado

Un fuerte soplo de desvergüenza, casi un tornado, empezó a atravesar esta vieja y desdichada piel de toro, provocado por S. (léase Ese Punto), que acaba de tomar, al fin, posesión de un colchón estable en La Moncloa. Y se ha rodeado de veintidós ministros, que tendrán que hacer itinerarios fijos, convenientemente bien ordenados, para no chocar en la sala del Consejo. Entre ellos, alguno dice que hay que seguir las directrices marcadas por Fidel Castro (¡mano a las carteras, propiedades y cuentas corrientes, y silencio!), en la futura política de España. ¿Será comunista, marxista leninista Garzón?

Quien no necesita más argumentos para descubrir sus "si pero no, pero no que sí", es S., porque las hemerotecas, las imágenes de televisión y las grabaciones de radio, han recorrido el mundo entero con sus flagrantes contradicciones, que han convertido en pura chatarra sus afirmaciones y promesas ("En palabras de niño ¿Quién confía?", "Pequeñeces", Padre Coloma S.J., 1890).

Con ser todo eso inadmisible en el presidente a tornillo de un país que aspira, con dificultades, a parecer serio, lo grave es que le haya dado un tiro impúdico a Montesquieu, el maestro de la separación de poderes, con el nombramiento súbito de una exministra aún caliente, fiscal general de Estado (he dicho fiscal general, uno de los pilares del Estado de Derecho y del imperio de la ley). Pero para S. ni imperio ni ley, puritita desvergüenza, como dirían al otro del mar, en Bananaria. ¡Gran escándalo nacional, y perplejidad internacional!, y el gran trilero con cara de póquer. Que para eso se había preguntado en RNE, quién nombraba al defensor de la ley y que una democracia es el fiscal general del Estado. Y ahí está Dolores Delgado, diputada del PSOE, ex ministra al frente de la gran trampa nacional, porque a partir de ahora a muchísimos españoles se les va a caer al suelo una notable parte de su fe en la Justicia. S. le ha hecho un flaco favor. Un tsunami de desfachatez y golfería. ¡Podre país! Si los españoles no lo remediamos, no es broma, el "colchonero" acaba de dar el primer paso hacia la venezolización de España, mientras el hombre de las lágrimas en el Congreso, qué paradoja, entrará en carcajada al ver como la historia camina en su dirección.

La mayoría de fiscales y de jueces levantan la voz para protestar contra el asalto al Estado de Derecho, por mucho que diga S. que la democracia en España se mantiene firme y sólida, y que nada afecta a la independencia ("¿De quién depende la Fiscalía General del Estado?") para la institución defensora de la legalidad y, por tanto, guardiana de los derechos del pueblo.

Pero no más literatura. Dejemos que hable la señora Delgado, y ahora fiscal general del Estado, ministra número 23, en el Congreso desde el entonces recién estrenado banco azul. Un "fallo" de memoria, o puro cinismo, pero lo dicho, dicho está, pero qué importa "si el gobierno ya es nuestro".

"Ustedes", dijo Delgado (o será Delgada, según la terminología de ellas y ellos, "están acostumbrados a manejar políticamente a la Justicia, y eso ahora se ha acabado, señor Hernando. Este Gobierno socialista jamás ordena a la Fiscalía, porque respeta la autonomía (ovación de sus colegas). Este Gobierno respeta la autonomía judicial". Esto dijo. Ya ven. Y al minuto de dejar de ser ministra ya era fiscal general del Estado. ¿Tiene esto algún átomo con visos de independencia? Esto es un escándalo bochornoso, que solamente puede perpetrar S.

Aún le queda algún otro escollo moral, porque en una comida con el expolicía Villarejo, ¡Dios que compañías!, se refirió despectivamente a su colega de Interior que es gay, aunque utilizó otra palabra más fuerte, y habló con el excomisario de "crear una red de información vaginal", naturalmente con puterío de buen ver. Y pues bien, en la rueda de prensa convocada por S. éste dijo que su pupila estaba capacitada para ser fiscal general del Estado. Tal vez profesionalmente, pero ¿lo está moralmente? Mientras el PSOE calla y aplaude, aunque me consta que no todos sus militantes y simpatizantes, aunque hablan en voz baja.

Así que todo parece que estamos en el comienzo del adieu a Montesquieu.

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