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Contexto de Arte

Jacob Jordaens, un artista actual

La obra del pintor flamenco conecta con el imaginario contemporáneo mejor que la de artistas como Rubens

En una época de reivindicación de minorías, de figuras marginadas y de búsqueda de injusticias históricas, creo que es necesario recordar a grandes artistas que por sus circunstancias vitales se vieron eclipsados por la personalidad arrolladora de alguno de sus coetáneos. Este es el caso del pintor Jacob Jordaens (Amberes, 1593-1678). Un artista que, si bien en su época gozó de éxito y una posición acomodada, gracias tanto a su trabajo para los talleres de tapices, a los que surtía con un buen número de diseños, como para las diversas cortes europeas haciendo ciclos decorativos como los destinados a Cristina de Suecia para su palacio de Upsala o a Amalia van Solms para el palacio del Bosque (Huis ten Bosch) en La Haya. Sin embargo, a partir del siglo XVIII su trabajo siempre estuvo interpretado bajo la sombra del gran artista europeo de su tiempo: Peter Paul Rubens (Siegen, 1577-Amberes, 1640). Frente a este último, a Jordaens se le ha visto como un artista más popular que a su colega, pues no tiene ese carácter cosmopolita de Rubens, aunque sí la misma inquietud humanista que desprenden los asuntos de sus composiciones. Si Rubens está tomando su inspiración directamente de la tradición clásica a través de los textos griegos y latinos a los que ha tenido acceso; Jordaens, en cambio, se vuelve a la tradición flamenca contemporánea, literaria y visual, como fuente para buscar su propia idiosincrasia. Sus escenas parten de los refranes populares, de la literatura, del teatro del momento. Sus escenas ruidosas, alegres y jocosas, de jóvenes rollizas y personajes rudos y cercanos, conectan mucho mejor con el imaginario colectivo contemporáneo que las magníficas "Metamorfosis" de Rubens que cuelgan en el Museo del Prado.

Esa cercanía y esa contemporaneidad de Jordaens se han podido ver y disfrutar estos últimos meses en el Museo de Bellas Artes de Asturias a través de la obra en préstamo de la colección Epiarte: "El bufón, la mujer y el gato" (ca. 1640). Estos tres personajes asomados a la ventana interpelan al espectador que entra en la sala del museo. No dejan impasibles. Jordaens con este recurso tan teatral se adelanta a lo que el genio de Velázquez hará unos veinte años después en "Las Meninas", nos introduce dentro de la escena, aunque sin traspasarla. El bufón, el truhan, no está aquí para hacernos reír. Un aspecto de estos hombres de palacio que el pintor español también descubrió en sus retratos de bufones. Su papel es el de hacer de espejo, que veamos la realidad a través de sus ojos para hacerla así más evidente. Sin embargo, Jordaens en esta escena no parece que esté presentando al bufón en esa tesitura. Es él el que está siendo objeto de escarnio, como parece desvelar la risa descarada de la joven que le acerca su clava a modo de cetro. Coronado con su cresta de gallo y sus cascabeles, es el rey por un día que, dentro del mundo al revés, presenta al loco como el gobernador de ese momento. Es el que resume en su persona toda la estulticia mundana, el que se asoma para dar una bendición o dirigirse a su pueblo. El loco coronado para solaz de todos. Tal como un Sancho, que tras ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria, deslumbra por su buen sentido común, para admiración de los presentes, concluyendo que los que gobiernan "aunque tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios". Y así, aun truhanes, aciertan en sus decisiones.

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