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Camilo José Cela Conde

Universidades

La endogamia universitaria y la elección de rectores

El diario de mayor tirada y difusión que existe en España ha puesto en marcha un foro para que sus lectores aporten sus ideas acerca de qué es lo que necesitan con más urgencia nuestras universidades y las primeras contribuciones dejan bien claro que vienen de personas que quizá hayan pasado por las aulas universitarias pero no pertenecen a sus claustros académicos. Sostienen que la universidad no debe educar sino formar, cosa que, en un sentido general, es absurda: educar y formar supone lo mismo siempre que se crea que la tarea esencial de las aulas de enseñanza superior es la de crear profesionales de un determinado sector económico. Pero hubo tiempos en los que quienes estábamos en la universidad pensábamos que su función iba mucho más lejos, para adentrarse por el camino que señaló Aristóteles al ver en la enseñanza el medio para crear ciudadanos centrando, por ende, en la política tal y como él la entendía el instrumento esencial para que se convirtiesen en miembros de la polis.

Puede que la razón del fracaso de ambas, de la universidad y de la política, se encuentre en la incapacidad de la primera para dotar a sus alumnos de la condición de ciudadanos, es decir, de personas en condiciones de ejercer la política ya sea como gestores o como votantes. Y a la hora de repasar qué es lo que hemos hecho tan mal a ninguno de los que han buscado en la vida universitaria su oficio se le escapa el motivo esencial. Se llama endogamia. A medida que se iba proclamando a grandes voces que la principal virtud, la razón de ser de la universidad, era la apuesta por la excelencia se iban desmontando los mecanismos capaces de garantizarla para sustituirlos por lo que hay ahora: grupúsculos de poder mínimo pero absoluto sostenidos desde los departamentos a las facultades y escuelas por verdaderas mafias que sólo admiten a los allegados.

En la cumbre, el cargo de rector, sometido por la forma que determina su elección al cautiverio de quienes, con sus votos, le elevaron hasta su despacho. Pero tanto la manera preferible de dirigir la universidad como los mecanismos capaces de garantizar de que los profesores sean elegidos mediante el criterio de la excelencia y no de su sumisión al clan existen y están a la vista de todos. Las universidades estadounidenses, que son las que conozco de primera mano, no pueden tener como rector a nadie que sea profesor de la misma a cuya dirección aspira. Y se entra a formar parte de ellas por méritos de investigación, en primer lugar, sin habilitaciones amañadas como las nuestras y concursos sonrojantes.

Hemos optado por otra cosa y ahí tenemos el resultado tanto en la academia como en la política, con la tesis doctoral bajo sospecha del propio presidente del Gobierno. De ahí para abajo, lo obvio. No digamos que no sabemos por qué.

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