Opinión
Josefina Velasco Rozado | Archivera-bibliotecaria de la Junta General del Principado
El emperador y los comuneros
Los 520 años del nacimiento de Carlos V
El día 24 de febrero del redondo año de 1500, cuando sonaba la música de fiesta en el Palacio de Prinsenhof, nació Carlos de Gante. Dicen que en medio del baile su madre, la princesa Juana de Castilla, se sintió indispuesta y sola dio a luz. Ella era la tercera hija de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, y estaba en aquella ciudad por haberse casado con Felipe duque de Borgoña. Juana "La Loca" y Felipe "El Hermoso", que así pasarían a la historia -injustamente en ambos casos- tuvieron cuatro hijas y dos hijos. Carlos era el segundo, el primer varón, y por un cúmulo de azares acabó heredando las tierras europeas del gran Ducado de Borgoña y las coronas de Castilla y Aragón, Navarra, y las inabarcables tierras de América, además de aspirar a la prestigiosa corona, desde Carlomagno, del Sacro Imperio Romano Germánico, honorífico y destacado título europeo. Educado en Flandes -en su Gante natal y en Malinas, corte de su tía Margarita- por flamencos, poco sabía de las tierras que heredaba en la península del sur el príncipe Carlos cuando hubo de embarcar para tomar posesión de su legado, fallecido su abuelo Fernando (1516) sin hijos de su matrimonio con Germana de Foix, sumado al reino de su abuela Isabel fallecida en 1504.
Un 19 de septiembre de 1517 los barcos del séquito real del joven príncipe, heredero de los reinos de las Españas, arribaron por error y mal tiempo a las tierras de Asturias, en el pueblo pesquero de Tazones, cuyos habitantes quedaron entre estupefactos y temerosos al ver aquellas naves frente a su humilde puerto. En las casonas más destacadas de Villaviciosa alojaron como pudieron, y agasajaron "echando la casa por la ventana", a los ilustres huéspedes a quienes en vano esperaban en Laredo. Luego prosiguieron camino escoltados por tierras de Asturias, Cantabria y Castilla, hasta llegar a Valladolid donde se le esperaba, pasando antes por Tordesillas para visitar a la reina madre que, declarada loca por su propio padre, vivía encerrada en un convento. Juana fue hasta su muerte, en 1555 solo tres años antes que la de su hijo, reina de Castilla y también la cautiva de Tordesillas.
Miraban los caballeros y nobles castellanos con recelo al nuevo y joven monarca que no hablaba español y venía rodeado de consejeros extranjeros que despertaban rechazo. Muchos hubieran preferido como rey a Fernando, el hermano de Carlos que había nacido en Alcalá de Henares en 1503, había sido educado por su abuelo Fernando el Católico y fue favorito hasta el último testamento. Un cúmulo de circunstancias hizo que el joven príncipe fuera Carlos I: la muerte prematura de su padre Felipe, la locura decretada de su madre Juana, la falta de descendencia de su abuelo y su segunda esposa o el cambio del testamento. Pero llegó para quedarse y enfrentar sus primeros años con una manifiesta hostilidad. Nada más llegar conoció a su hermana Catalina, una niña aún, en triste infancia junto a su madre, y en Valladolid a su hermano Fernando. El gobernador del reino, el cardenal Cisneros, falleció mientras esperaba al nuevo rey.
Las tierras castellanas sufrían entonces una dura crisis económica que amenazaba seriamente la paz social siendo particularmente grave en el triángulo Valladolid-Segovia-Toledo. De la toledana ciudad imperial se elevará la protesta cuando el nuevo rey reclame recursos para acudir hasta Aquisgrán a recibir la corona imperial. En clave nacionalista "Castilla no quiere ser una simple dependencia del Imperio y verse arruinada por él". En febrero de 1520 Carlos convoca las Cortes y allí se le advierte que las Comunidades municipales no admitirán la prioridad del Imperio. El rey hace caso omiso, se va y deja como gobernador a Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI). Los influyentes caballeros Juan Padilla en Toledo, Juan Bravo en Segovia y Francisco Maldonado en Salamanca se convirtieron en cabeza de un levantamiento que incendió gran parte de las viejas ciudades castellanas. Los alzados pretendieron conseguir el beneplácito de la reina Juana a la que no lograron arrancar un apoyo explícito. Rearmado el bando real con el concurso de nobles poderosos, el ejército de los Comuneros quedó vencido en Villalar el 23 de abril de 1521. Al día siguiente en la misma localidad fueron juzgados, sentenciados y decapitados los líderes. En Toledo María Pacheco, viuda de Padilla, mantuvo la resistencia varios meses hasta que vencida tuvo que huir. Paralelo al alzamiento comunero, en la zona valenciana, se produjo el movimiento de las "Germanías" que respondía también al descontento, pero con menos tintes épicos. La severidad de la represión contra los alzados fue un hecho para los hombres ajusticiados y para las ciudades vencidas condenadas al pago de indemnizaciones. Vuelto a España Carlos V, ya Emperador, en el verano de 1522 se preparó un perdón del que quedaron excluidos cientos de encausados.
Este episodio histórico despertó el interés de historiadores en todo tiempo convirtiendo a los "Comuneros" en personalidad colectiva enfrentada al Emperador. En su momento se vio inadmisible la rebelión contra el soberano legítimo; en el siglo XIX el liberalismo romántico los elevó a categoría de patriotas defensores de las libertades frente a lo extranjerizante; algunos después los vieron como "castellanos rígidos, defensores de una política tradicional" frente a un Emperador moderno que abrió España a Europa e inauguró un periodo de esplendor (Ganivet). Rebeldía, reafirmación de las esencias propias, oposición a la política del despilfarro por simple prestigio, se esgrimió como causa. La dictadura, tan proclive a exaltar las esencias imperiales, aplaudió también la garra hispana, incluso la femenina como en la película de Juan de Orduña "La Leona de Castilla" (1951) sobre María Pacheco. En 1974, subieron a las tablas del teatro un joven Carlos de Gante y Juan de Padilla en "Los Comuneros" de Ana Diosdado. El cine y la televisión revisaron también aquel episodio. Hasta Castilla y León proclamó el 23 de abril su "Día de la Comunidad" en honor a los héroes de la batalla en Villalar de los Comuneros. Desentrañar lo que hay de mítico en el ayer visto desde hoy es un gran problema siempre.
Ni los comuneros fueron "héroes inmaculados" ni Carlos V solo un tipo frío y calculador. Él era un monarca, heredero de un patrimonio obligado a preservar e incrementar, no el jefe de Estado liberal. Algunos por su proyección europea lo consideraron un "hombre para Europa". Tuvo que alejar a su hermano Fernando para evitar que lo prefirieran, pero cuando renunció le pasó el título imperial, después de convertirlo en archiduque de Austria y rey de Hungría y Bohemia. Encaró la reforma protestante de Lutero, la enemistad de su primo el rey francés Francisco I ("mi primo y yo estamos de acuerdo: los dos queremos Milán" y no solo por ello lucharon) y hubo de combatir la dura amenaza del turco Soleiman el Magnífico. Cuando Tiziano lo pintó a caballo para celebrar la victoria de Mühlberg, el Emperador era un viejo de 48 años y el pintor vital le sacaba unos cuantos. Estuvo mucho tiempo ausente de las Españas pero aprendió el idioma ("no espere de mí otras palabras que de mi lengua española; la cual es tan noble, que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana" dijo en 1536) y eligió por última morada el cacereño monasterio de Yuste, donde falleció a los 58 años. Los Comuneros, alzados en lo que se llamó la "primera revolución moderna", viven en la emoción del pueblo, "no yacen sepultados en los libros de historia". Eso también es Historia, aunque sea otra historia.
[Manuel Fernández Álvarez. "Carlos V, el César y el hombre". Madrid: Espasa, 1999; Joseph Pérez. "Los Comuneros." Madrid: La Esfera de los Libros, 2001]
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