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Llueve en Roma, por María Teresa Álvarez

La fuerza del Santo Padre para convertir en algo bueno los temores que nos atenazan en plena pandemia

"Llueve en Roma, en mi alma, en el cerebro..." (son palabras de un poema de mi querido Antonio Castro y Castro). Palabras que en la tarde del pasado viernes 27, cobraron vida para mí, al mirar la plaza de San Pedro. Una plaza de San Pedro que, de pronto, se

Los ojos se maravillaban ante la belleza de una inusual plaza desnuda, desolada... Iluminada con unas antorchas que, además del efectivo toque estético, que proporcionaban al escenario, me parecía a mí, transmitían el calor y la luz emanados de la esperanza.

En esa imagen previa a la oración del Santo Padre, todo parecía unirse a la plegaria que íbamos a escuchar.

El corazón se conmueve al ver llegar a Papa Francisco. Va sólo, sin abrigo, sin paraguas, y llueve...Sube solo la empinada cuesta hacia el sagrato, donde se encuentra instalado el palco.

Una imagen vale más que mil palabras se suele decir, y es verdad. La del Santo Padre transmite desvalimiento, soledad... Está en perfecta sintonía con la difícil situación por la que atraviesa el mundo.

"Al atardecer" (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado". Así comienza Papa Francisco su intervención en la que nos recuerda el pasaje evangélico que relata el miedo que pasaron los discípulos al creer que morirían engullidos por las enloquecidas olas que animadas por la tempestad hacían zozobrar la barca.

"La tempestad - dice el Papa- desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que nos habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades". En otro momento de su oración alude al mundo de nuestros días, y le dice al Señor: "En nuestro mundo, que tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante las guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.

Merece la pena hacerse con el texto íntegro de Papa Francisco, es un material precioso para profundizar y pensar en nuestra realidad, en el estado de nuestra fe.

"¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?". El comienzo de la fe -nos dice Papa Francisco- es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos, solos, nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere."

Se acerca la Semana Santa, en la se conmemora la pasión y muerte de Jesús. También su Resurrección. El papa alude a la cruz y lo hace de forma esperanzada; "Tenemos un ancla: en su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado"

Papa Francisco nos pide y recomienda:"Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza".

En el atrio de la basílica escuchan al papa dos imágenes; una de Jesús Crucificado. Es el Cristo que se guarda en la iglesia de San Marcello al Corso y que se le tiene especial devoción por haber salvado a Roma en el siglo XVI, de una epidemia de peste negra. Una imagen tallada en madera que resultó ilesa después de un incendio que destruyó en su totalidad el templo en el que se encontraba.

El viernes, en medio de la grandiosidad de la basílica, esta venerada imagen también ofrecía aspecto de desvalimiento. La luz que en ella se reflejaba nos transmitía una sensación de realidad. Jesús Crucificado parecía salirse de su propio sufrimiento para unirse al de la Humanidad. Al mirarlo con fe una siente que él está con los que mueren, con los que están dando su vida por salvar a los enfermos. Él está con todos.

La otra imagen se encuentra muy cerca de Jesús, al otro lado de la puerta. Es el icono bizantino de la Virgen Salus Populi Romani, patrona de Roma que normalmente se encuentra en la Basílica de Santa María la Mayor.

Resulta sugerente que estas dos imágenes hayan sido las elegidas para rezar todo juntos, ante ellas, en una ceremonia tan cargada de significado. Han sido unos momentos entrañables, llenos de emoción, los vividos en la tarde del viernes.

Gracias, Papa Francisco, por su mensaje al mundo. Por hacer que cristianos y no cristianos. Creyentes y no creyentes, personas de todo el mundo nos uniéramos en una oración común al ver peligrar nuestra barca. Gracias de todo corazón, Santo Padre, por recordarnos que debemos salvarnos juntos, que nadie se salva en soledad.

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