12 de abril de 2020
12.04.2020
La Nueva España
Editorial La Nueva España

El inadmisible horror de las residencias de mayores

Este sufrimiento de los ancianos indefensos exige un radical replanteamiento, qué tremenda crueldad someter a este supremo sacrificio a quienes ofrecieron todo para que a los que venían detrás nada les faltara

12.04.2020 | 01:39
El inadmisible horror de las residencias de mayores

Las tragedias de magnitud descomunal como la presente y que se prolongan en el tiempo acaban siempre por reducir las víctimas a números y por convertir el parte diario de incidencias en una contabilidad rutinaria. A punto de cumplirse un mes del confinamiento aparece por fin alguna luz al fondo del túnel. Las estadísticas denotan que el brote inicia la curva descendente. El hilo de esperanza no puede hacernos descuidar la guardia ni la prudencia, ni tampoco atemperar el inmenso dolor por lo que está ocurriendo. Los muertos aumentan por centenares. Solo unos pocos serían demasiados, y por desgracia acabaremos despidiendo a decenas de miles de españoles. Lo que vemos en las residencias de mayores asturianas raya lo dantesco. No son recuentos lo que la ocasión requiere, sino buscar soluciones y rendir cuentas.

Los lectores de LA NUEVA ESPAÑA pueden comprobar de un vistazo la incidencia en España del coronavirus en la información gráfica especial que desde el inicio de la crisis este periódico ofrece en la última página. Asturias se comporta en mitad del desastre como una isla muy alejada de la intensidad del epicentro. Sus cerca de 2.000 casos y más de un centenar de fallecidos son una pequeña porción entre los 200.000 infectados totales y las 15.000 muertes en el país. Eso solo ateniéndose en la comparativa a los registros oficiales, porque los reales, si se hubieran hecho test de detección masivos, dispararían las cifras. No sirve de consuelo. Esos asturianos fallecidos por un virus que se vio venir y se dejó extender resultan insoportables.

La condición de comunidad periférica jugó esta vez a favor del Principado. La ausencia del flujo de movimientos de regiones más dinámicas contribuyó a la menor incidencia del COVID-19. La amplia red sanitaria ayudó a encarar el golpe sin colapsos graves. Mantener esa extensa malla, fruto de un tiempo en el que las comunicaciones interiores suponían un tormento, cuesta un gran esfuerzo a los contribuyentes. Muchas veces se abrió el debate sobre la desproporción, en condiciones normales, de esas infraestructuras para la salud. Justo el exceso de capacidad permitió readaptarlas coyunturalmente con rapidez a la necesidad de la emergencia.

Pero esas instalaciones por sí solas no habrían servido de nada sin contar con unos profesionales admirables y entregados para salvar a los enfermos. El mimo rebasa los cuidados médicos. Los postrados no luchan solos porque los sanitarios les infunden a diario el ánimo y el cariño que no pueden llegarles de sus familias. La adversidad ha unido como nunca al personal del HUCA. Paradojas de las duras circunstancias, hacía lustros que no existía tanta colaboración y armonía pese a las interminables jornadas y la exposición a los máximos riesgos.

Los hospitales privados, vacíos, apenas fueron usados mientras se montaban camas por cualquier parte. Esta no es una crisis para ensalzar lo público y denostar lo privado, sino para lograr la excelencia y la complementariedad de ambas sanidades. Algunas sobreactuaciones para improvisar pabellones medicalizados carecían de sentido a tenor de la evolución de los datos. Aunque de pecar, mejor por exceso. Queda, no obstante, otra batalla durísima: la de la vuelta a la normalidad, con una lista de espera ya antes larguísima y ahora absolutamente exagerada por la paralización del resto de atenciones.

El horror se vive en las residencias de mayores, convertidas en cámaras del espanto. En aquellas a las que el virus accede, provoca estragos enormes, sin forma de erradicarlo. Aunque nadie escatime en dedicación, resulta evidente el fracaso de la gestión. Casi la mitad de las víctimas en Asturias y la mayoría de los nuevos contagios proviene de estos centros. Este sufrimiento de los ancianos indefensos, de quienes gozan de peores recursos para combatir cuerpo a cuerpo con el patógeno, exige un replanteamiento radical. Si la pandemia se hubiera cebado con otro segmento, como niños o jóvenes, la indignación de la sociedad ya se habría llevado muchas cosas por delante. Qué tremenda crueldad someter a este supremo sacrificio a quienes ofrecieron tanto trabajo, privaciones y padecimientos para que a los que venían detrás, a nosotros, nunca nada les faltara.

De la economía tendremos, lamentablemente, meses para hablar. Con parches escasos y tardíos, la soga aprieta cada hora un poco más el cuello del tejido productivo. La industria y el turismo, motores de España y también de Asturias, salen muy tocados. Como siempre asegura un magnate norteamericano, cuando baje la marea descubriremos en la arena política a los que nadaban desnudos. Comprobaremos qué sembramos y qué recogemos. Nada cambiará repitiendo los comportamientos sectarios y partidistas, el tacticismo. Abrirse a las críticas ayuda a progresar. Empiezan a atisbarse indicios de que vamos a seguir en lo mismo. Vuelven la política maniquea del eslogan y la trinchera, de las decisiones a ciegas. Otra desgracia que añadir. El acierto en el camino facilitaría el rebote. Los errores nos condenarán durante generaciones.

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