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Solo de trompeta

Con la muerte en los talones, decibelios a la carta

Un relato sobre las actuaciones musicales en los bares

Ocho años después del estreno de "La naranja mecánica", Luisfer, Juanín y el que escribe, tocábamos habitualmente en un pub del Postigo Alto, en Oviedo. A la media hora de concierto se abre la puerta. Entran El Chino y dos colegas rememorando a los Drugos. La ronda de hostias fue inmediata. Empezaron a repartir según les pareciera más o menos simpática la cara de la víctima. Eso sí, eran unos caballeros, no pegaban a las chicas. Nosotros en el centro del local. Llega mi turno. Salvar la guitarra, el único objetivo. Yo sentado. El Chino, gitano, un metro ochenta, de pie. Me anticipo al dolor, pero... ¡Sorpresa! Su mano sobre mi cabeza es un indulto: "A ti no, tú tocas bien". Hace tres años, cuando la Policía llegó para suspender un concierto que daba en Gijón, recordé aquel episodio de violencia gratuita. La denuncia de un vecino, solo de uno, me dejó sin trabajo y al hostelero con una multa de 600 euros. Pensé, entonces, que en siglo pasado, un macarra hasta el culo de anfetaminas había tenido más respeto que el vecino, la Policía y la Ley de Espectáculos del Principado.

Este es el término: respeto. Si quienes se encargan de gestionar los usos y actividades artísticas en los locales de Asturias, no hubieran caído en el menosprecio a los profesionales, que ellos mismos desconocen, en muchos casos, seguramente no habríamos llegado a la situación actual.

Pero resulta que, en medio de este desastre pandémico, con la muerte en los talones, los vecinos pueden saltarse una ley martillo con la que también podrán denunciar libremente a los profesionales que hacen que la vida en la ciudad no sea un auténtico muermo. Después de los merecidos aplausos a sanitarios sin protección y a cuerpos de seguridad con órdenes confusas, hay libertad para escupir decibelios y no en un local cerrado e insonorizado que paga sus impuestos y cumple las normas, no, los equipos de alta fidelidad pueblan los balcones.

Cabe decir también que en esta espontánea muestra de convivencia y unión, necesaria, útil y alentadora, no se aplauda o guarde un minuto de silencio por las víctimas y familiares de esta guerra invisible. Vayan desde aquí este aplauso y minuto de silencio sin entrar en conflicto con los decibelios libres de impuestos. Esperemos que cuando todo esto pase podamos ser capaces de hablar seriamente sobre el respeto. Falta nos va a hacer.

Por aquí seguimos de luto y sin solo de trompeta.

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