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Diario pop

Nada volverá a ser igual en Twin Peaks

La sensación de vivir envuelto en una placenta

El ensayista francés Pacôme Thiellement publica sus "Tres ensayos sobre Twin Peaks" (Alpha Decay, 2020), tres densos artículos que recuperan los análisis sobre las dos primeras temporadas de la mítica serie de televisión, actualizados con un tercero dedicado a la última y más creativa parte de lo que puede ser entendido como el proyecto más ambicioso, oscuro y personal de David Lynch. En esta ocasión, Twin Peaks ya no es un pueblo limítrofe con Canadá, es un mundo, un estado anímico y político que transcurre en Las Vegas, Nueva York o París, en la Logia Negra, la Habitación Roja, sin tiempo ni dirección.

Ciertamente, esta tercera temporada no fue una explosión de esperanza y optimismo sobre la capacidad del hombre en un periodo rico de posibilidades. Al contrario, siempre subyace el temor a que las dificultades no van a cesar nunca. Twin Peaks trata sobre la imposibilidad de regresar a Twin Peaks. Más que un gesto de nostalgia, es un acto de resignación. El duelo final por Laura Palmer convertido en un duelo por todos nosotros.

La crisis sanitaria y la crisis económica nos devuelven, de manera más general, a la imposibilidad del hombre de hoy de reinstalarse en el mundo. La imposibilidad de encontrar la naturaleza, la conexión con la comunidad humana, una cierta manera de ver la autenticidad de la vida, sea lo que esto sea, tan irreal como difícil de describir con palabras y, al mismo tiempo, tan fácil de percibir, si no fuera porque este paraíso miltoniano al que el capitalismo nos condujo no deja de ser un paraíso artificial, el paraíso Netflix.

Este lunes Gijón parecía un extraño limbo. No todos los comercios han abierto ni todos los bares. Supongo que será algo progresivo, como un parto difícil, lleno de temor e incertidumbre. Por el momento, uno tuvo la sensación de vivir envuelto en una placenta, la sensación de flotar en el líquido amniótico, donde el tiempo se lentifica. Esa percepción se vio acentuada en las playas. La falta de un protocolo que regule los usos permitió que San Lorenzo continuara siendo un espacio onírico, donde cada uno de nosotros actuaba como un reviniente, un aparecido, un espectro deambulante sobre el arenal, ocupando un breve espacio de tiempo sin significado, como si Gijón fuera la imposibilidad de regresar a Gijón, como si se hubiera apagado esa explosión de esperanza y optimismo y las expectativas estuvieran muy mermadas. Como si el vacío de la cuarentena perviviera después de la cuarentena y ya se hubiera instalado en todos nosotros.

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