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La estocada de Lagardere

Una habitación con vistas al Naranco tras un accidente doméstico

Escribo desde el hospital en el que me han internado tras sufrir una caída tonta (todas lo son) en una vivienda. Los accidentes domésticos suelen ser catastróficos porque el que los sufre no está alertado del peligro que lo rodea y cuando lo hace ya está dando con el morro

Yo pasaba unos días en casa de unos parientes en Madrid cuando se produjo la declaración del estado de alerta. Sabido el estado comatoso de la sanidad madrileña tras los proyectos privatizadores de doña Esperanza Aguirre, el lugar más seguro para resistir una cuarentena que se presumía caótica me pareció Asturias y para allí salí antes de que se hiciera efectivo el cierre de las fronteras provinciales. Sabia elección. Desde lugar seguro pude observar con mucha pena las terribles imágenes de los heroicos sanitarios combatiendo la pandemia con los escasos medios puestos a su alcance por los políticos. Y tampoco fue muy edificante el comportamiento de estos echándose la culpa de las terribles cifras de muertos por haber autorizado, en un momento anterior al estallido de la pandemia, la celebración de actos multitudinarios que quizás tuvieron algo que ver en la propagación del coronavirus. Y en esas estábamos, haciendo carreras por el pasillo, y tablas de gimnasia en el baño para no entumecer los músculos cuando se produjo la rotura de la cadera. El interior de un gran hospital con todo su personal y los pacientes cubierto el rostro con mascarillas recuerda el paisaje interior de una central nuclear. Pero en el modernísimo HUCA todo funcionaba perfectamente. El preoperatorio fue rapidísimo y para cuando me di cuenta ya estaba operado, y bien operado, por el doctor Braña y su anestesista, que me administraron la epidural, una técnica anestésica que vine a ser algo así como la "estocada de Lagardere" por precisa y de efectos fulminantes. El equivalente taurino sería el llamado hoyo de las agujas un espacio entre la cuarta y la sexta costilla del toro. Cuatro días después, y para empezar el proceso de rehabilitación, me trasladaron al Hospital Monte Naranco, un antiguo sanatorio antituberculoso remozado desde el que se disfruta de una hermosa panorámica de la ciudad y de la sierra del Aramo, el paisaje favorito del padre Feijoo. Y aquí estamos bajo el monumento al Sagrado Corazón que a imitación del de Río de Janeiro se construyó gracias una suscripción promovida por el jesuita Padre Vilariño. Y un poco también gracias al que esto firma que le dio espacio a la iniciativa en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA. Que conste.

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