Tengo preciosas parcelas a la venta en primera línea de costa, oigan, precios muy interesantes, subastas casi a la carta, no dejen pasar esta oportunidad. En otros tiempos, la Autoridad Portuaria de Gijón bien podría anunciar, por medio de voceadores, la venta de sus suelos ociosos para las operaciones portuarias en el entorno del Natahoyo. Tiene otras zonas, como el paseo de la dársena interior local y la acera marítima de Rodríguez San Pedro, los suelos del acuario y la talasoterapia, todo ello relleno ganado al mar en su día y cuya gestión no pinta nada en manos portuarias que deberían pasar a las consistoriales, así como el puerto deportivo tampoco pinta nada bajo la gestión muselina es que cayera a cargo del Principado que conveniara, a su vez y a largo plazo, con el Ayuntamiento su gestión. El problema es que los gestores portuarios creen que tienen un tesoro y, necesitados de líquido para amortizar sus créditos e intervenidos por Puertos del Estado, ponen unos precios poco atractivos a sus objetivos de venta y, cuando se llega, tras muchos esfuerzos, al consiguiente arreglo, llega alguien, generalmente el Ayuntamiento, con sus ideas propias sobre el asunto, labor en la que ejerce como perro del hortelano.

El arreglo esta vez toca hacerlo con el Santa Olaya, la Duro y los astilleros de Armón. Por diversos motivos, no se podrán apretar las tuercas y detrás de la operación, que las condiciona, están las potentes fauces mordedoras de Puertos del Estado por un lado y los organismos estatales de intervención, en lo que afecta a los precios, y el Consistorio, con no menos feroces mandíbulas, en lo que tiene que ver con los usos mediante su capacidad para tramitar y aprobar las licencias en su caso. No lo tienen fácil en las covachas muselinas para hacer líquido a corto plazo, por mucho que algún optimista se las prometa muy felices: en un amén, tienen en la calle a trabajadores del Tallerón, Armón y socios del Club Santa Olaya. Necesita dinero el puerto, necesitan monetizar activos, hacen sus números, pero se olvidan sus gestores que están rodeados por un ente llamado sociedad, formado por una ciudadanía que no tiene misericordia alguna con los organismos oficiales: para el común, hasta para los empleados portuarios, como estamos viendo estos días con la impresentable postura de la parte social de la EBHI, los puertos ostentan unos recursos ilimitados y de su caja todo se puede obtener. Qué gran error: los puertos pueden arruinarse y quebrar. De hecho, el nuestro, para no serlo, hubo de ser intervenido por el Estado. Mala pinta tiene la cosa y se prevé otro largo embrollo.