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Joaquín Rábago

Bolton y Pompeo: tal para cual

Halcones en las cercanías de la Casa Blanca

Ignorante y engreído como ningún otro presidente en la breve historia de Estados Unidos, Donald Trump, ha sabido siempre rodearse de destacados halcones. Algunos le han salido rana, como su exconsejero de Seguridad Nacional John Bolton, quien, tras ser despedido fulminantemente por Trump, ha decidido vengarse con un libro revelador de las interioridades de su Presidencia.

No es la primera vez que un presidente norteamericano tiene entre sus más estrechos colaboradores a individuos mucho más inteligentes y a todas luces más peligrosos que él. Ocurrió ya con el segundo Bush, que tuvo en su equipo a dos políticos tan siniestros como influyentes: su vicepresidente, Dick Cheney, y el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld.

Dwight Eisenhower se rodeó también de dos típicos representantes del anticomunismo de la Guerra Fría como Richard Nixon, que llegaría también él mismo a la Casa Blanca, y el secretario de Estado John Foster Dulles, pero el exgeneral no se dejó manipular por sus subordinados.

Aunque hoy nos alegremos de las revelaciones que hace Bolton en su libro por lo que pueden contribuir a desenmascarar ante sus compatriotas menos fanáticos a un personaje como Trump, conviene no olvidar el carácter siniestro de muchas actuaciones del primero cuando formaba parte del Gobierno.

En Venezuela intentó organizar un golpe de Estado contra el Gobierno chavista, que recuerda a la intentona de un grupo de cubanos exilados apoyados por el demócrata John F. Kennedy y que acabó con el histórico desastre de los anticastristas en la Bahía de Cochinos en abril de 1961.

Bolton no solo falsificó, según sus críticos, datos de la inteligencia norteamericana para justificar una eventual invasión de Siria y de Irán, sino que intentó, afortunadamente sin suerte, que el presidente Trump atacara al país de los ayatolas, una de las viejas obsesiones, junto a Cuba, del exsecretario de Seguridad Nacional. Eran al parecer tales sus ímpetus intervencionistas en los asuntos de terceros países que Trump llegó a bromear sobre el hecho de que hubiese tenido que "calmar" a Bolton en más de una ocasión.

Tan halcón como Bolton, pero evidentemente más taimado que su excolega de Gobierno, el actual secretario de Estado, Mike Pompeo, ha tenido también siempre al régimen iraní entre ceja y ceja. Y si hasta ahora EE UU no ha atacado a Irán, como ha deseado siempre Israel, es porque a Trump no le interesa, a efectos electorales, ver volver a casa a soldados norteamericanos envueltos en bolsas de cadáveres y prefiere siempre la guerra económica contra los países cuyos gobiernos no son de su agrado como ocurre con Irán, Venezuela o Cuba. Lo cual no le impide impulsar más que ningún otro presidente anterior las ventas de armamento a estados que violan sistemáticamente los derechos humanos y cometen incluso genocidios, como Arabia Saudí en el Yemen.

Pompeo, que antes de secretario de Estado fue jefe de la CIA, tampoco ha repudiado la tortura, se ha opuesto en todo momento al cierre de la base norteamericana de Guantánamo en suelo cubano y ha mostrado un claro desprecio por las libertades civiles dentro de los propios EE UU. Incluso puso en tela de juicio un informe de la CIA que atribuía al príncipe heredero saudí una responsabilidad directa en el truculento asesinato en el consulado de ese país árabe en Estambul del periodista Jamal Kashoggi. Bolton y Pompeo: difícil escoger entre esos dos halcones.

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