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Negacionismos

Del derribo de estatuas a la negación de las raíces cristianas de la civilización europea

Vivimos tiempos negacionistas. Es como si se esperara que del ¡No! rabioso fuera a surgir un Sí rotundo a partir del cual construir un mundo sin lacras del pasado. Se niega a Fray Junípero y a Cervantes y a Colón. Se degüellan sus estatuas. Se desprecian los ritos con los que tradicionalmente un pueblo ha despedido a sus muertos, como si las civilizaciones surgieran de la nada o el recuerdo de los fallecidos tuviera que ser fiel a la ideología de turno y no a la propia identidad.

Y menos mal que de momento son solo las estatuas y los ritos. Tiempos hubo en que se destrozaba lo anterior sometiendo a sus representantes a tratamientos tan tiernos como la guillotina o la horca o los crematorios. Ya los romanos buscaron en los cristianos su particular desahogo torturador. Ahora en eterno retorno, se pretende que en este mundo viejo solo lo nuevo merece la pena, reeditando lo de que un automóvil de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia o que solo lo nuevo vale.

Lo cierto es que estos hodiernos Marinettis o Ramones, que no tendrán ni idea de serlo, repiten actitudes viejunas ya sea con la prepotencia del que desprecia cuanto ignora, ya sea conociendo el pasado pero insistiendo en él, por ver si de una vez pueden imponer su vieja y fracasada cosmovisión.

Es un hecho que España y Europa toda y Occidente conforman la civilización cristiana, por mucho que acojan también a escépticos o agnósticos. El arte, la literatura y la profunda llamada al amor al otro de los escritos religiosos lo prueban. Ignorar el cristianismo en una ceremonia que debería haber sido un homenaje a la totalidad de los muertos por la pandemia me pareció un ejercicio de sectarismo, propaganda vacua gubernamental y escupitajo sobre la tradición en la que hemos nacido.

Sé que voy contracorriente, pero sostengo que hay que ser muy librepensador, tolerante y fuerte para no imponer ese ¡No! vergonzoso a los pilares sobre los que nos hemos construido. Y tener la valentía de incluir en el consuelo a las víctimas el amor y el perdón, único camino de reconciliación.

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