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Puñetazo en un lugar emblemático

La inauguración hace tres décadas del "Elogio del horizonte" en el cerro de Santa Catalina

La vida es una ficción basada en hechos reales

Ramón Eder

Ocurrió en Gijón hace treinta años; anteayer, como quien dice. El director de la Fundación Municipal de Cultura, donde un servidor trabajaba como responsable del área de Bibliotecas y de Infancia, me encargó que preparara y coordinara una romería con atractivas actividades para la inauguración del "Elogio del horizonte" en el cerro de Santa Catalina. Se trataba de animar a las ciudadanas y ciudadanos a pasar allí el día, realizando así una toma simbólica y pacífica de ese espléndido espacio recién recuperado para la ciudad.

Me pongo a la tarea casi un mes antes de la fecha de inauguración, que estaba prevista para el sábado 9 de junio de 1990.

Lo primero que hice fue pedir que niñas y niños de colegios de la ciudad plasmaran en un dibujo, y a su manera, la escultura de Chillida. Esos dibujos se expondrían en el espacio en el que se celebraría el acto oficial de inauguración.

En esa fiesta no podría faltar la comida. Y, además de degustar empanadas, bollos preñaos, tortillas y sidra, habría actuaciones de la Banda Municipal de Música, de charangas y de grupos folclóricos, así como acciones teatrales, talleres infantiles, magia y exhibición de cometas, globos aerostáticos y parapente.

Llegué al Cerro a las 9 de la mañana y me fui a las 9 de la noche. Lucía un sol espléndido. Así que salí de allí como si hubiese estado tostándome la cara un mes en la playa de San Lorenzo. Me dio tiempo a leer el comentario del gran pope de la información gijonesa, el director del diario "El Comercio" Francisco Carantoña, que ese día escribía: "Retorna al uso público el cerro de Santa Catalina, pero en esta ocasión jubilosa el protagonismo se centra no sobre una recuperación que ya está digerida, sino sobre la huella que el genio de Chillida ha dejado sobre el lugar. El 'Elogio del horizonte' que ahora se inaugura es, en efecto, una muestra elocuente de la capacidad creadora de un artista excepcional".

Leo también, en ese mismo periódico, que el Ayuntamiento de Gijón, siendo alcalde José Manuel Palacio, "compró unas instalaciones -el Cerro y el cuartel de El Coto, dedicados a uso militar- que históricamente pertenecían a la ciudad y le habían sido arrebatadas".

La recuperación de esa atalaya fue constante reivindicación gijonesa. A la cabeza de esa reclamación estuvo en todo momento la Asociación de Vecinos de Cimavilla.

Insisto. Quien firmó la compra del Cerro y del cuartel de El Coto en 1982 por 170 millones de pesetas fue José Manuel Palacio. En este día de regocijo, sin embargo, ni siquiera estuvo invitado al acto de inauguración. Palacio fue, además, quien encargó al arquitecto Francisco Pol convertir aquel espacio militar en un parque. El exalcalde confesó pesaroso en una entrevista: "Me dolió tener que pagar al Ministerio de Defensa por el cerro de Santa Catalina, porque creo que en justicia era del pueblo de Gijón."

La romería transcurría a las mil maravillas de manera pacífica, sin el más mínimo incidente. Y, de repente, empezó a correr la voz de que había ocurrido un grave altercado en el espacio destinado a la inauguración oficial, donde estaban expuestos los dibujos infantiles. Corrí hasta allí. Ya en el lugar de los hechos, comprobé que un numeroso grupo de trabajadoras de Confecciones Gijón, alrededor de ochenta, trataban de aproximarse al alcalde, Tini Areces, para trasladarle sus demandas. Un fuerte despliegue policial intentaba contenerlas. Pude constatar que el altercado no tenía nada que ver con ellas. El follón se produjo porque un individuo aprovechó que la Policía se concentraba en la manifestación de las mujeres para acercarse al Alcalde y, ya junto a él, propinarle un fuerte puñetazo en toda la cara. El regidor quedó aturdido por el sorpresivo golpe y hasta se le cayeron las gafas al suelo. Se formó un enorme revuelo. Me fui enterando poco a poco de lo sucedido. El agresor era un tal Eusebio Campán, de 44 años, jubilado de Mina La Camocha y con siete hijos. Pedía una vivienda social y ya había protagonizado otros rifirrafes en el Ayuntamiento. Y no solo le pegó un castañazo al Alcalde, sino que le arreó una patada al segundo de a bordo en el poder municipal, Chus Morales. Al producirse la agresión, hubo momentos de gran confusión. Las mujeres seguían exigiendo a coro mantener sus puestos de trabajo. El mismo Chillida apoyó su reivindicación: "A lo mejor tienen toda la razón, me parece bien que manifiesten su protesta".

Hasta se llegó a pensar que eran varios los que atentaban contra el regidor de la ciudad. Disipadas las dudas, y ya controlada la situación, la Policía se llevó esposado al atacante y continuó la fiesta. El Alcalde intentó quitar hierro al asunto diciendo: "Lo que ha ocurrido forma parte del espectáculo". Esa afirmación se hizo pública, pero les aseguro que el atentado contra el primer mandatario de la ciudad no figuraba en el programa previsto para el "espectáculo".

Años después, un articulista aseguraba que aquel agresor había dado un puñetazo a Álvarez Areces no porque le hubieran negado una vivienda social, sino porque no le gustaba la escultura de Chillida. Por arte de birlibirloque, el inventor del bulo convirtió a quien reclamaba una vivienda social en un violento crítico de arte. Y ni se preocupó de corroborar su "creativa" afirmación.

Lo que acabo de contar forma parte de lo ocurrido aquel 9 de junio de 1990, el día en que Gijón recuperó, de manera festiva, y después de pagarlo con creces, un espacio -"okupado" hasta entonces por los militares- que, como manifestó José Manuel Palacio, siempre debería haber sido de la ciudad.

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