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El protocolo del luto

La andadura histórica del negro

Sumidos en la incertidumbre pandémica y desconcertados con el rumbo errático suyo y nuestro, este año los camposantos quedarán más vacíos que otros en los días iniciales de noviembre de todos los santos y de difuntos. Llevamos meses con muertes inmerecidas (aunque siempre lo son) y recordando el ¡qué solos se quedan los muertos! de aquel Bécquer tétrico. Siguen duelos solitarios, tristeza que deseamos acabe.

Por descifrar algo más de nuestro comportamiento social ante la muerte a lo largo del tiempo, conocemos que las ceremonias mortuorias acompañaron a la humanidad desde la prehistoria. Y la sociedad, que se hizo compleja en la historia, creó rituales que, cambiantes, todavía permanecen. Asociado al adiós estaba el color, porque sin duda existe una psicología del color, una conexión emocional de los colores. Eso sostienen hoy psicólogos y profesionales de la moda. Ahora y aquí cada uno viste su sentir con el color que quiere. Esa parece ser la máxima de nuestro mundo. No hace tanto, en muchos pueblos, era frecuente ver enlutadas en riguroso y permanente negro a la mayoría de las mujeres.

Asociado al adiós estaba el color, porque sin duda existe una psicología del color, una conexión emocional de los colores.

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Queda constancia de que en el antiguo Egipto, ese que nos legó con sus enterramientos en pirámides e hipogeos el conocimiento de su vida a través de la muerte, que el rojo de la tierra y la sangre era el que cubría los sarcófagos y predominaba en las ceremonias. La Roma imperial se mantuvo entre el blanco y el negro, siendo éste el predominante para los dolientes, con la «toga pulla» (oscura) en los hombres y la lugubria (vestido prieto sin adornos) en las mujeres. Si el dolor acompañaba siempre al fin de la vida, todas las religiones y creencias aportaron la esperanza en una vida posible más allá del tránsito inevitable, convirtiéndose el deceso en solo separación.

Andando los siglos, en nuestro entorno, en los años más oscuros del bajo medievo, la peste negra vino a socavar la esperanza vital porque era incomprensible; las guerras y sus efectos colaterales se entendían, la peste no; el negro fue el color de la desolación, el de las enfermedades terminales (bilis, bulbos pestíferos, gangrenas). En aquellas comunidades diversas se estandarizaron hábitos culturales. Y la indumentaria pasó de costumbre a ley. Hubo una jerarquía de colores a medida que fue posible ampliar el abanico cromático. El dorado pasó a ser noble, el bruno el menos noble. Una interpretación moral lo asoció a la humildad, a la enfermedad irremediable o la pobreza y el rigor. Se convirtió en el hábito de parte del clero y de los familiares del difunto. El blanco de la pureza inmaculada se vinculó a los hechos vitales gozosos, al matrimonio o el bautismo. El púrpura y el dorado encarnaban poder. Todos fueron adquiriendo su significado.

El negro se extendió como uso reglado para el luto perpetuo de las viudas cuya práctica fue imponiéndose en la Castilla medieval.

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El negro se extendió como uso reglado para el luto perpetuo de las viudas cuya práctica fue imponiéndose en la Castilla medieval. Y desde allí con los intercambios cada vez más frecuentes «el negro asociado al duelo, documentado de una forma temprana en el área ibérica, se acabaría difundiendo al resto de la Cristiandad hasta convertirse, a fines de la Edad Media, en el color por excelencia del luto en el ámbito occidental». Además del marco familiar, el protocolo por el fallecimiento de reyes, príncipes, nobles o miembros destacados de la colectividad se fue haciendo complejo y costoso, de tal forma que, tras el óbito del príncipe Juan, hijo y heredero de los Reyes Católicos, en 1497, dispuestos a corregir dispendios, dictaron la Pragmática de Luto y Cera (1502) que limitaba los gastos y excesos en los dolos (plañideras, estandartes y actos diversos) y decretaba el vestir oscuro como color de luto.

La oficialización y uso por parte de la realeza y, a su imitación, la nobleza elevó la «categoría del negro». ¿Quién no visualiza a doña Juana la Loca y su cortejo tras el féretro de su esposo vagando dolorida? Cierto que el cuadro es del XIX, pero representa a la Castilla del XVI. La monarquía del «imperio en cuyas tierras no se ponía el sol» brilló en joyas, amplió el cromatismo de la moda pero usó sobre todo el negro. Dicen que Felipe II lo vistió con rigor por el fallecimiento de Isabel de Valois un año. Hubo quienes con «la leyenda negra» extendieron la imagen de una corte lúgubre en la monarquía hispánica, pero las cosas no fueron tan así, pese a los retratos tristes del último Austria Carlos II o su madre Mariana. Fue el color de protocolo regio y de estado –lo sigue siendo– en las reales casas europeas barrocas, como pudo constatarse en la magnífica exposición “Miradas afines del Museo del Prado” (2019). Ciertamente no era el de las élites un tono cualquiera ya que se obtuvo «gracias al teñido previo en color azul, un negro saturado de alta calidad» para telas lejos del alcance popular como la seda, el raso o el terciopelo. Al negro prestigiado se asociaron valores morales y religiosos, como la honestidad, la humildad, la seriedad, la solemnidad o la gravedad.

El Siglo de las Luces aparcó la moda oscura y otros colores poblaron palacios y salones. Y sus dueños y habitantes también. Otra vez visitar el museo nos servirá para comprobarlo. Era una población que inspiraba vitalidad y confianza. El pueblo, copiando a los poderosos, lo intentó aunque su vida y penuria daban para menos alegrías visuales. Parece que «en el año 1729, Felipe V vino a limitar parte de las normas rígidas del luto. Rebajó a seis los meses de encierro de la viuda y restringió el uso de lo renegrido al interior de las viviendas».

El luto

La construcción de los estados burgueses en el XIX mantuvo la vida en color y dejó el luto en el círculo privado o en actos públicos cuando el difunto era merecedor de especiales consideraciones. De negro vestían familiares y allegados, con estricta observancia social en cuanto a quiénes afectaba, a su duración, y a cómo respetarlo. Adscrito a las mujeres en particular, muchas se veían de negro casi toda su vida a medida que parientes más o menos próximos fallecían. No hacerlo era arriesgarse a la maledicencia vecinal y a la condena; recuérdese si no la tiranía de “La Casa de Bernarda Alba”. La censura social hacia las infractoras era mayor en pueblos pequeños y entre las clases menos cultivadas y eso perduró mucho. Las señoras de la alta burguesía y la aristocracia decimonónica no renunciaron a la moda ni a la vida colectiva discreta aun estando de luto. Algunas rompían esquemas, como puso en evidencia la Scarlett O’Hara de “Lo que el viento se llevó” escandalizando a la sociedad, bailando enlutada. En la España del XIX se estipulaba el tiempo que debía vestirse de luto o alivio según la cercanía del muerto. Las famosas revistas de moda difundían las tendencias del luto, medio luto y alivio. “El correo de las damas” o “La moda elegante” describían qué llevar y qué no. Los complementos de azabache o los camafeos y joyas con reliquias del ser querido formaban parte del ajuar de recuerdo.

No todos somos iguales, claro que no, en esto de vestir la pena. En la antigua Bretaña preferían el azul. Hoy en muchos países orientales lo es el blanco y en según qué creencias también. Hay en el pasado siglo XX imágenes célebres de ilustres personajes que mantuvieron el blanco en duelos como la española Fabiola de «luto blanco» en el entierro de Balduino de Bélgica (1993). Mas icónica la compungida Jackie Kennedy de riguroso negro (1963). En la historia de la moda «fue Coco Chanel quien sacó al negro de su ostracismo para convertirlo en el básico que no puede faltar en ningún armario».

Negando la presencia inevitable en la vida de la muerte, casi la ocultamos. Ya no hay normas ni imposiciones y el luto –en cuanto a manifestación de aflicción– «se lleva dentro» con independencia del exterior y por lo tanto el negro ha recobrado su presencia en el atuendo, el más valorado en elegancia. Pero algo queda. En los lutos oficiales los brazaletes negros o los crespones en las banderas a media asta son símbolo consideración y condolencia; tal sucedió a finales del mes de mayo cuando en España se decretó el luto oficial más largo de la democracia por las víctimas de la covid-19 (10 días), esa que deseamos desaparezca. Que el recuerdo de nuestros muertos no precise más color que el del respeto.

[David Nogales Rincón. «El color negro: luto y magnificencia en la Corona de Castilla (siglos XIII-XV)». Medievalismo, 26, 2016; José A. Ortiz. «Dolor y muerte en la indumentaria española del XIX». Dobras, abril de 2019]

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