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Fernando Canellada

Adiós a Nacho Noriega

Piloña despide a un farmacéutico entrañable

El fallecimiento de una persona apreciada y representativa en la vida de Infiesto como la del farmacéutico Juan Ignacio Rodríguez-Noriega siempre llega por sorpresa por más que pueda haber sido una muerte anunciada.

Joven, pero derrotado por la enfermedad que le dificultó los últimos años, se va en este tiempo de pandemia el apreciado Nacho Noriega. No voy a extenderme en sus cualidades como farmacéutico, que conocen bien sus paisanos de Piloña. Siempre atento, sonriente y amable con todos, fue un modelo de ejercicio profesional fundado en la confianza.

Tuvimos conversaciones fugaces pero, por su parte, siempre cargadas de sentimiento. Sus años en el gijonés Colegio de la Inmaculada, como buen alumno de los jesuitas, dejaron en su corazón una huella imborrable y un estilo especial. Gijón, que llevaba en el alma, y el Sporting fueron motivos de conversación en sus años luminosos. Su persona irradiaba cordialidad . Su estilo, su voz, su sonrisa. Un tipo divertido, coñón, que dirían los playos.

Nacho el de la farmacia, como se le identificaba con familiaridad en Infiesto, asumió el negocio que había regentado su padre José Rodríguez-Noriega, Pepe, esposo de Maruja Suárez-Solar, hija de un médico de Ceceda, donde aún conservan la casa familiar. Eran aquellos tiempos de rebotica y tertulia en la farmacia. En Ceceda nos saludamos por última vez, en la terraza de Casa Colo, en un invierno soleado y frío, sentado a la mesa mirando a Peña Mayor, con un cielo azul y un paisaje verde, como en el paraíso al que acaba de llegar. Ya caminaba con ayuda de su cuidadora Claudia, pero pese a la enfermedad conservaba la palabra y sonrisa de siempre.

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