Querido Froi:

Te escribo estas palabras porque no quería dejar que, con tus 23 años, te marcharas a ese lugar maravilloso, en el que seguramente ya estás, sin agradecerte todo lo que has hecho por nosotros.

Gracias a la alegría que irradiabas, nos diste todos los ingredientes para ver tu enfermedad desde otra perspectiva, “la negación absoluta de la tristeza y la desesperación”, y con una posición siempre positiva.

Aún recuerdo el día que fui a verte a la UVI. Empezabas un duro tratamiento. Mi hijo, amigo tuyo desde que ingresasteis en el colegio de los Jesuitas con 3 años, me dijo, con una estremecedora naturalidad: “Ingresan a Froi en la UVI para darle radioterapia en la médula; vete a verlo de mi parte”. Al otro lado del teléfono me temblaron las piernas y se me encogió el corazón (soy médico y entendí perfectamente el significado de esas palabras).

Lo primero que pensé fue: ¿qué voy a decir a sus padres? A Manuela y Froilán los conozco desde hace mucho tiempo. Él fue compañero entrañable de facultad, hermano de sangre, y Manuela es... lo mejor que le puede pasar a un hombre en esta vida: la mujer y la madre que cualquier persona pueda querer. En fin, arrastrando los pies fui para allá. No sabía qué decir. Entré en el box donde estabas y me encontré a ti y a tu madre no llorando, sino con una alegre conversación. A los dos minutos se me había olvidado tu enfermedad, y hablábamos animadamente de la suerte que habías tenido de que por fin te hubieran diagnosticado.

Después llegó un largo silencio. Yo no me atrevía ni a preguntar ni a molestar a tus padres. En la larga hospitalización, los agresivos tratamientos hacían mella en ti. Tus amigos estaban deseando verte, hablaban contigo por “was”, tú siempre aportabas positividad. Yo, por mi parte, no informé a mi hijo de la gravedad de la enfermedad. Simplemente, dije: “Está muy malín, pero pronto se recuperará”. No quería enturbiar la relación con tus amigos con palabras técnicas y pronósticos agoreros.

Un día me llamó tu padre para decirme que tenías que pasar por el quirófano. Yo estaba de guardia y fui a verte. Hacía ya muchos meses que no te veía. Como siempre, aquella sonrisa tuya: “Nada, Cristina, tranquila. Si me tengo que operar, me opero”. Juntos fuimos a quirófano. Estabas muy enfermo, pero tuviste tiempo para dedicarnos a todo el equipo -enfermeras y médicos- palabras de agradecimiento, diciendo lo a gusto que estabas y, por supuesto, con tu sorna habitual, preguntando si “había alguien del Sporting” (aclaro a los que no te conocen que eres oviedista al cien por cien). Como ves, eras capaz de hacer sonreír y de convertir cualquier situación dramática en algo realmente agradable. Cerraste los ojos y yo te dije: “Te cojo la mano, estoy aquí contigo”. Y allí, en aquel quirófano del HUCA, me diste la mano con esa confianza absoluta de entrega mientras te sumergías en el sueño anestésico. Desde entonces, cada vez que me veías o hablabas a tus amigos me dabas las gracias públicamente (hacías que me ruborizara). En fin, qué mas voy a decir.

Froi, creo que ahora estás en un lugar fantástico. Y si no lo es, ¡que se preparen! Seguro que tras tu llegada va a serlo, y, por supuesto, ya son todos socios del Oviedo. Un lugar mucho más feliz que este, ya con un cuerpo nuevo que te permite volver a ser tú mismo. Es muy difícil entender tu partida. Nunca podremos ponernos en la posición de tus padres, de tu hermano, de toda tu familia y amigos... Solo quiero transmitirles a todos ellos, desde estas líneas, que la alegría que nos has aportado a todos los que te hemos conocido hace que sea imposible que te olvidemos jamás. Estás en cada uno de nosotros en la proporción justa para entender que tu marcha no es definitiva, que formas parte de nuestra vida y que no queremos que te vayas nunca. Porque nos dabas alegría y felicidad, y ahora continúas haciéndolo.

Yo sí que te tengo mucho que agradecer, y quiero hacerlo públicamente, para que tú también te ruborices. Muchas gracias, Froi. Un fuerte abrazo a Fernando tu hermano (él vive en ti y tú vives en él), a Manuela y a Froilán.