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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

La ley de la selva persiste

Transcurren milenios y, sin embargo, resulta poco dudoso reconocer que el hombre desciende del mono y sigue descendiendo. Somos primates más desarrollados y tecnológicos que los chimpancés, pero el rastro del cazador paleolítico sigue intacto en los recovecos del trozo de cerebro que se mantiene afín al origen reptiliano, el que nos convierte con frecuencia en orangutanes.

Por mucho que la inteligencia artificial nos eche una mano en sepultar cualquier otro rasgo de vida inteligente en el planeta, reconozcamos que la especie humana se rige por las mismas normas que gobiernan el acontecer de la vida natural: la secular dialéctica entre depredadores y presas, entre poderosos y débiles, entre perseguidores y perseguidos.

Los modelos demográficos del mundo rico y el pobre y las relaciones de las clases pudientes con las desfavorecidas no difieren de lo que es habitual en el ámbito de los vertebrados: la esperanza de vida de las presas es menor que las de los depredadores; en las presas la probabilidad de supervivencia es menor desde edades muy tempranas, mientras que en los depredadores se mantiene hasta edades avanzadas, y las presas son mucho más prolíficas que los depredadores.

Traslademos estos tres principios generales de la ley de la selva a la actualidad y comprobaremos que son habituales en la política, el deporte, la economía o las finanzas.

El pez grande casi siempre devora al chico, y el león acaba en la mayoría de las ocasiones atrapando a la gacela. Todos somos espectadores de esa dialéctica implacable que se perpetúa, aunque en ocasiones las leyes feroces de la naturaleza no llegan a concretarse, como cuando la unión del rebaño consigue que el lobo se acueste con hambre.

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