Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ana García de Loza

Sabor francés

Un recuerdo de la infancia en Mieres

Estoy de acuerdo con Eduardo Galeano cuando dice: “este mundo, que ofrece el banquete a todos y cierra la puerta en las narices de tantos, es igualador y desigual”, por eso vale la pena atesorar el legado de mucha gente mayor, de tanta gente que ha estado presente en el banquete de la vida y en consecuencia son capaces de trasmitirnos amor por las cosas que ellos han amado.

Y así ocurrió con una mujer mayor, vecina de mi infancia, Luisa para más señas, que amaba todo lo francés; amaba el aspecto de las ciudades, sus calles, la actitud de la gente y sobre todo a su hija, una francesa de adopción, que había emigrado a París en los años sesenta.

Las tardes en casa de Luisa eran cálidas y me sentía imbuida por el espíritu galo que ella respiraba porque siempre me gustaron las leyendas, pero nunca llegué a saber si la anciana habría pisado suelo francés, lo único seguro, es que no pasaba un día sin que pensara en su hija. Por Dios ¿queríais que olvidara?, su mente no sabía olvidar.

Cuando iba a su casa, yo subía las escaleras y contaba mentalmente los pasos en la madera con el entusiasmo de quien va a vivir, al final del trayecto, un carrusel de sensaciones. El delirio infantil, añadido al esfuerzo físico, salía de mis entrañas en forma de resoplidos conforme llegaba al destino.

Bien podría ser aquel un barrio del París costumbrista al que aprendí a amar por fotografía, precisamente, al final de aquella escalera y no un barracón de Cuarteles de Mariana. Golpeaba la puerta con énfasis sabiendo que Luisa, que era en aquel momento una ya augusta anciana, me alegraría la tarde. Parecía parca en palabras excepto cuando me enseñaba las fotos, color sepia, de la ciudad del Sena donde vivía una de sus hijas con nietos incluidos. Resultaba también escueta en sentimientos y templada de carácter. La templanza de mi vecina era una cualidad útil para tolerar las borracheras de su marido, un ex combatiente del bando de los rojos en la guerra civil, que pisaba corcho cuando empinaba el codo más de la cuenta.

Enredada la mujer en una maraña de amor inconfeso hacia París y mártir del machismo denostado de la época se presenta en mi recuerdo con el aspecto atemporal de quien nunca se va a morir y se antojaba a mis ojos infantiles como una ilustre conductora para aquel viaje.

Sabor francés

Sabor francés

El pasillo de la casa era largo, muy largo, y estaba iluminado por la maravillosa luz de la naturaleza que definía el entorno en aquel lugar; al final, un amplio ventanal desde donde se contemplaban los confines del mundo; después el precipicio caía en picado sobre Mieres. A la izquierda del pasillo una pequeña cocina alicatada hasta la mitad y enmarcada por amplias cristaleras con molduras de madera. En la esquina de la derecha estaba la mesa, mudo testigo de la convivencia de aquellas personas, y alrededor de la cual se sentaba el matrimonio en banquetas, también de madera, que siempre estaban escondidas debajo de la mesa.

Luisa se colocaba los lentes de cerca, sacaba una lata metálica que hacía mucho tiempo había contenido galletas. De la lata salía una bolsa de plástico rectangular con la palabra azúcar atravesada en el dorso y de la bolsa un mazo de fotografías.

–Conchita en el Arc de Triomphe de l’Étoile–, decía comiéndose poco a poco sus palabras, actitud propia de quien no está seguro de su pronunciación. –Conchita con Didier en el jardín de las Tullerías–. Didier aquí, Didier allí; talmente parecía que el nombre de Didier, su nieto, procedía directamente de Dios y nunca tendría nada que ver con un tal Desiderio. El boulevard de St. Germaine, el Museo Nacional, era finales de los sesenta y más que pasarlas, acariciaba aquel tesoro fotográfico. De una en una iba relatando la historia y la cronología de cada foto y de cuando en cuando contaba alguna anécdota que yo ya sabía de memoria. Aun así, la anciana con un sencillo –mañana seguimos– componía un espacio y emplazaba la ilusión para otro día.

Acabada la sesión, recogía todo con la misma pulcritud con la que mantenía el orden y la limpieza en la casa. La luz que entraba por los ventanales se iba tiñendo de oscuro, como su ánimo, y entonces me calentaba un cola cao al que añadía una porción de ternura destinada, imagino, a aquellos nietos que habían nacido franceses y aquella hija, que naciendo española, morirían con más pena que gloria en suelo francés.

La vida en sí misma consiste en elegir. Somos un crisol de razas que danzan sin rumbo en busca de su destino pero no acabamos de comprender que lo único seguro es el cambio. Por eso creo en las leyendas y por eso soy incondicional de nuestros mayores que saben inducirte a sentir como propio, su mundo. En este caso, la venerable anciana, consiguió hacerme amar, sin apenas enterarme, todo lo francés, a la par que envolvió a la ciudad de la Luz de un solemne sentido de magia capaz de henchirme de pura emoción que se derrama por mi alma y me deleita cada vez que alguien la menciona.

Para quien le interese digo, que con el paso de los años ese amor por lo francés sigue vivo en mí y cada vez estoy más de acuerdo con aquello de que el olvido es otra forma, cruel, de la barbarie.

Compartir el artículo

stats