La pandemia es un acelerador que trastoca hábitos e interacciones en los comportamientos particulares y también económicos. Tantos meses de anormalidad van imponiendo cambios. Algunos para bien, no todos para mal. La forma de afrontar las necesidades de los clientes y los mercados como consecuencia del virus está haciendo emerger otro sentido de empresa, más sensible al medio ambiente, al talento o la formación, con modelos de organización distintos y la flexibilidad por emblema. Las sesiones de “La Asturias que funciona” que LA NUEVA ESPAÑA acaba de clausurar en colaboración con la Universidad han mostrado un ramillete de ejemplos. Por mucho que la curva de contagios suba o la vacuna tarde en concretarse, estamos en el momento de la reinvención, no en un tiempo para estancarse.  

Miles de empresarios y autónomos asturianos lo están pasando mal. Muchos canalizan su descontento con protestas casi diarias. Motivos para la indignación no faltan. A la reiteración de cierres forzosos que restringen los mercados e impiden trabajar se une la escasez de medidas de apoyo, la burocratización de las pocas existentes, su planificación deslavazada y la parsimonia de las administraciones, clausuradas a cal y canto y carentes de agilidad para responder a más peticiones de las normales. Los servidores colapsan cuando llegan trámites en avalancha con los ERTE, el paro o las solicitudes de ayuda.

Esas fábricas y esos negocios aportan el combustible que alimenta el motor de nuestro estilo de vida. Crear riqueza es su destino. Necesitamos que sobrevivan para repartirla y que el ascensor social funcione. Si dejan de cuadrar ingresos y gastos sucumbirán y, detrás, arrastrados, sus empleados, clientes y proveedores: casi la sociedad entera.

El martirio del coronavirus lo somete todo a un test de estrés inquietante. No existen empresas perdedoras en este instante porque hayan hecho mal las cosas, sino por sobrevenidas circunstancias anómalas que las empujan al abismo. Pero aun así resulta posible cosechar éxitos y caminar con paso firme hacia la recuperación. Esta fue una de las reflexiones cruciales en el inicio de la edición de este año de “La Asturias que funciona”, un foro de debate convertido en un clásico del pensamiento sobre la región. Nació para presentar a los asturianos, y en particular a los universitarios, historias de éxito contra el pesimismo económico. Hoy esos relatos cobran si cabe un sentido como nunca.

La cuarta revolución industrial está en marcha, con más inteligencia artificial y automatizaciones: la región puede y debe cabalgar cuanto antes esa ola, hay semillas

Cualquier crisis encierra algo positivo: la obligación de plantearse las cosas de otra manera. Esta sacudida requiere elasticidad, para acoplarse a un panorama de demandas cambiantes, y despliegue tecnológico, para sortear las dificultades sin que el empleo sufra y la productividad decaiga. La carta de navegación en medio de la tormenta, compartida por los propios emprendedores que triunfaron, no alberga ningún misterio: claridad, o sea estrategias bien definidas. Formación, entendida como una búsqueda incesante del talento, un reciclaje constante. Y colaboración, para pasar de islas a cooperadores.

El pequeño y mediano tamaño de las compañías asturianas les aporta ventajas para maniobrar rápido aunque se las resta para innovar y exportar. Existe poca tradición empresarial aquí de unirse –tampoco de compartir objetivos ciudadanos– pese a que abordar los retos en compañía en vez de solos garantiza una efectividad mayor.

Desde los primeros tiempos de la industrialización, la región ha mostrado atractivo para las grandes corporaciones, que en una buena proporción pudieron reinventar su modelo cuando les soplaron vientos desfavorables. De la quiebra del carbón y del acero surgieron una siderurgia moderna y competitiva, un polo químico de relevancia mundial que cumple tres décadas y un núcleo metalmecánico con 1.600 trabajadores y a la vanguardia de la innovación en su terreno, el de los elevadores. Las crisis sistémicas acaban propiciando relevantes progresos por la capacidad de adaptación de las sociedades y el esfuerzo colectivo de superación para proteger los flancos vulnerables. La II Guerra Mundial sentó las bases del Estado del bienestar hoy tan celebrado y que nadie cuestiona. De esta pandemia con tintes de conflagración bélica por sus devastadores destrozos también nacerá a la larga un mundo mejor.

Los países desarrollados ensayan ya distintas maneras de producir, con cadenas de suministros menos globalizadas y dependientes y apuesta por las impresoras 3D. En ambos casos, por cultura laboral e investigaciones avanzadas, el Principado parte desde una posición favorable para dar el salto. La cuarta revolución industrial está en marcha, con inteligencia artificial y automatizaciones, conglomerados menos maduros y servicios de alto valor añadido. Asturias puede y debe cabalgar cuanto antes esa ola. Hay semillas. Basta con observar atentamente el entorno. Queda empezar a creérselo y propiciar un clima favorable para que los brotes germinen, den fruto y se extiendan como una enorme plaga. Esta, sí, únicamente beneficiosa.

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Miles de empresarios y autónomos asturianos lo están pasando mal. Muchos canalizan su descontento con protestas casi diarias. Motivos para la indignación no faltan. A la reiteración de cierres forzosos que restringen los mercados e impiden trabajar se une la escasez de medidas de apoyo, la burocratización de las pocas existentes, su planificación deslavazada y la parsimonia de las administraciones, clausuradas a cal y canto y carentes de agilidad para responder a más peticiones de las normales. Los servidores colapsan cuando llegan trámites en avalancha con los ERTE, el paro o las solicitudes de ayuda.

Esas fábricas y esos negocios aportan el combustible que alimenta el motor de nuestro estilo de vida. Crear riqueza es su destino. Necesitamos que sobrevivan para repartirla y que el ascensor social funcione. Si dejan de cuadrar ingresos y gastos sucumbirán y, detrás, arrastrados, sus empleados, clientes y proveedores: casi la sociedad entera.

El martirio del coronavirus lo somete todo a un test de estrés inquietante. No existen empresas perdedoras en este instante porque hayan hecho mal las cosas, sino por sobrevenidas circunstancias anómalas que las empujan al abismo. Pero aun así resulta posible cosechar éxitos y caminar con paso firme hacia la recuperación. Esta fue una de las reflexiones cruciales en el inicio de la edición de este año de “La Asturias que funciona”, un foro de debate convertido en un clásico del pensamiento sobre la región. Nació para presentar a los asturianos, y en particular a los universitarios, historias de éxito contra el pesimismo económico. Hoy esos relatos cobran si cabe un sentido como nunca.

Cualquier crisis encierra algo positivo: la obligación de plantearse las cosas de otra manera. Esta sacudida requiere elasticidad, para acoplarse a un panorama de demandas cambiantes, y despliegue tecnológico, para sortear las dificultades sin que el empleo sufra y la productividad decaiga. La carta de navegación en medio de la tormenta, compartida por los propios emprendedores que triunfaron, no alberga ningún misterio: claridad, o sea estrategias bien definidas. Formación, entendida como una búsqueda incesante del talento, un reciclaje constante. Y colaboración, para pasar de islas a cooperadores.

El pequeño y mediano tamaño de las compañías asturianas les aporta ventajas para maniobrar rápido aunque se las resta para innovar y exportar. Existe poca tradición empresarial aquí de unirse –tampoco de compartir objetivos ciudadanos– pese a que abordar los retos en compañía en vez de solos garantiza una efectividad mayor.

Desde los primeros tiempos de la industrialización, la región ha mostrado atractivo para las grandes corporaciones, que en una buena proporción pudieron reinventar su modelo cuando les soplaron vientos desfavorables. De la quiebra del carbón y del acero surgieron una siderurgia moderna y competitiva, un polo químico de relevancia mundial que cumple tres décadas y un núcleo metalmecánico con 1.600 trabajadores y a la vanguardia de la innovación en su terreno, el de los elevadores. Las crisis sistémicas acaban propiciando relevantes progresos por la capacidad de adaptación de las sociedades y el esfuerzo colectivo de superación para proteger los flancos vulnerables. La II Guerra Mundial sentó las bases del Estado del bienestar hoy tan celebrado y que nadie cuestiona. De esta pandemia con tintes de conflagración bélica por sus devastadores destrozos también nacerá a la larga un mundo mejor.

Los países desarrollados ensayan ya distintas maneras de producir, con cadenas de suministros menos globalizadas y dependientes y apuesta por las impresoras 3D. En ambos casos, por cultura laboral e investigaciones avanzadas, el Principado parte desde una posición favorable para dar el salto. La cuarta revolución industrial está en marcha, con inteligencia artificial y automatizaciones, conglomerados menos maduros y servicios de alto valor añadido. Asturias puede y debe cabalgar cuanto antes esa ola. Hay semillas. Basta con observar atentamente el entorno. Queda empezar a creérselo y propiciar un clima favorable para que los brotes germinen, den fruto y se extiendan como una enorme plaga. Esta, sí, únicamente beneficiosa.