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Juan de Lillo

Sánchez y Trump, del mismo molde

El deseo irrefrenable de poder

Los astros algunas veces, como ahora, se salen de su órbita y se entrecruzan, para que la Historia altere sus ritmos y ofrezca espectáculos de los que nuestra generación es testigo en tiempo real. La pandemia, las muertes y el reventón económico constituyen el eje de la desgracia que nos aflige, y lleva camino de diezmar a la humanidad. Y como personajes de cara encementada, exhibicionistas sin pudor, para nuestra desgracia, emergen flotando sobre la miseria Trump y Sánchez, aquel en USA, menos lejos de lo que creemos, y éste en nuestra propia casa, más cerca de lo que nos conviene.

Es curioso que estos dos tipos y su tropa tengan tantos puntos de coincidencia en sus comportamientos como muestran, aunque pudiera parecer que su ideología (¿) los aleja. Pero esa supuesta ideología no actúa sobre el pensamiento sino bajo las posaderas, porque uno y otro no tienen otro objetivo que ellos mismos y el poder, sin que cuanto los rodea, muerte y ruina, les preocupe tanto como su mando y la soberbia con la que lo ejercen. Todo esto está en las hemerotecas de ambos países, y de otros muchos que nos contemplan perplejos. Sin embargo, si los españoles no lo remedian, esta deriva por la que nos conducen acabará por no dejar en la libertad y en los medios más que consignas y censura, que en ello están, como cualquier dictadura que se precie. Esta de izquierdas, para compensar.

El impresentable americano, que negó la gravedad del virus y adivinó el “fraude” electoral antes del recuento, se niega a abandonar el poder perdido, porque el buen sabor del trono y su arrogancia de clown desvergonzado le impiden aceptar la realidad de su caída. Y quiere ganar, atrincherado sin pruebas en los tribunales, dizque adictos, lo que no le dieron las urnas. Y hasta ahora ha roto con desprecio y altanería todos los protocolos y consideraciones que suelen ser norma y cortesía en estos acontecimientos.

Lo del nuestro y su tropa no es otra cosa, porque se asemejan demasiado. A los dos los une la soberbia, la mentira y el deseo irrefrenable de poder, con bien poco dentro, y mientras el yanqui apela a los tribunales, el nuestro lo hace a los comunistas, separatistas, asimilados y sutiles submarinistas, como el PNV, que suman un conglomerado totalitario que intenta que le garantice el sillón, al menos por tres años más. Y no le importa la calaña de sus compañeros de viaje, ¡pobre PSO(E)!, porque en estos tiempos de pandemia, tres años más de Moncloa, si llegan, pueden ser una vida.

El personaje es una vergüenza nacional, no solo por haber instalado a su mujer en la Universidad sin titulación que la avale, sino por las flagrantes mentiras de las que debería dar cuenta, digo yo, ante esa “comisión de la verdad”, que controlaría lo que le molesta y abriría la impunidad a tantos bulos antológicos que el país no es capaz de asimilar, aunque la mayoría calla como mansos corderos. Repitió ante las cámaras, al menos cinco veces en una sola sesión, que nunca, nunca, nunca, nunca, nunca pactaría con Bildu; que nunca, nunca, nunca se apoyaría en Podemos ni en los separatistas para gobernar. Y ahí lo tienen, sin que se le caiga la cara, en plena celebración de los presupuestos con los únicos que pactó para conducir a España, he dicho España todavía, por el camino que nos está llevando al precipicio.

Pienso que hay democracias, la nuestra en muy primer plano, a las que, amparadas en el encierro de la pandemia, han empezado a aflojarles los tornillos para echar el edificio abajo. Pero ya hay voces que empiezan a tocar a rebato. Intentan sumar cuantas más mejor, para que esto no acabe mal, como tantas veces. Mientras, el Cs de Arrimadas, también en el contubernio, se dirige paso a paso hacia la invisibilidad y el PP espera, quién sabe a qué espíritu santo…

P.S. Trump y Sánchez, dos políticos que “harán” historia por la desvergüenza de sus actitudes y comportamientos: aquel dividió al país y éste ya inicio el camino de la ruptura de España para entregarla en manos de sus enemigos. Y está convencido de que sobreviviría a sus compañeros de viaje. ¡Pobre!

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