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Manuel Campa

La obstinación de López Obrador

Los ataques del presidente de México a las estatuas de hispanos en EE UU

López Obrador, presidente de México, persiste en solicitar que el gobierno de España pida perdón por los excesos cometidos por los españoles en la conquista y colonización de aquel país. Esta contumacia del presidente tiene probablemente un origen español, procede de las virtudes y defectos de algunos de sus antepasados

México es un gran país, de cien millones de habitantes, por tanto, el de más hablantes en lengua española, con aportaciones impagables a la historia de la cultura, como el arte prehispano, pero también el barroco mexicano, los pintores muralistas, los grandes escritores, la música y el arte popular tradicional. Además, los asturianos somos especialmente deudores de México, donde se halla el Centro Asturiano actualmente más importante del mundo, que continúa la tradición de grandes centros, como el de La Habana, el de Buenos Aires, el de Madrid. Aunque todos los centros asturianos tienen una importancia máxima, pues constituyen un centenar de embajadas que representan lo mejor de nuestra tradición. México, con Lázaro Cárdenas de presidente, acogió, generosamente, a una parte de los exiliados republicanos tras la Guerra Civil española. “La Guerra Civil de España –dijo Carlos Fuentes en Oviedo– la perdieron todos los españoles, y la ganamos los mexicanos, que tuvimos grandes maestros transterrados, como el filósofo José Gaos, nacido en Asturias”.

Llega el viajero español a San Juan de Puerto Rico y se encuentra con una estatua de Ponce de León, fundador de la ciudad, en 1508, y primer gobernador de la isla, y otra de Isabel la Católica, que da qué pensar a los visitantes hispanos. Si nos reconocemos como un gran país –a pesar de que en nuestra historia, como reconoce el poeta Gil de Viedma, casi todo acaba mal–, ¿tendríamos que honrar la memoria de Isabel la Católica como los ingleses mantienen por todas partes las estatuas de la reina Victoria?

Los huesos descoyuntados y el olor a carne humana quemada, así como los excesos de las guerras de religión, fueron comunes a toda una época de la historia europea, y no sólo se dieron en la inquisición española. La pervivencia de la cultura española en Puerto Rico se debe, sobre todo, al esfuerzo continuado de los descendientes de españoles, muchos de ellos asturianos y gallegos, por mantener el español como una lengua viva y predominante. Por eso, a pesar de posibles ventajas económicas, muchos no apoyan la integración plena de Puerto Rico como un Estado más, sino que luchan por mantener la condición de Estado Libre Asociado para garantizar la continuidad de la lengua y cultura españolas. A la cabeza de todos debe señalarse a Manuel Fernández Juncos, riosellano, quien, en los primeros tiempos de la anexión de Puerto Rico por Estados Unidos, se ocupó en redactar los primeros textos escolares en español. Por su intensa dedicación a potenciar la cultura española lleva su nombre una de las principales calles de San Juan. Juan Ramón Jiménez, Pau Casals –Pablo Casals en Puerto Rico– y Pedro Salinas tienen el reconocimiento de los puertorriqueños por su estancia y labor cultural en la isla.

Pero el 11 de julio de 2020 hubo una manifestación en San Juan pidiendo la retirada de las estatuas de Colón y Ponce de León. Seguían la estela de las protestas por la muerte por asfixia del afroamericano George Floyd por la policía en Minneapolis, el 25 de mayo de 2020. La brutalidad de los policías estaba en consonancia con la del presidente charrán Trump, quien ya en 1917, tras el paso del huracán “María”, en vez de preocuparse por atender a las víctimas, se preguntó “si podría vender Puerto Rico o, al menos, si podría cambiarlo por Groenlandia”. La actitud del último presidente norteamericano, de azuzar la competencia de las distintas minorías por conseguir subvenciones y cupos del gobierno, da lugar a una conflictividad que aviva las viejos conflictos raciales.

Entre las numerosas estatuas de conquistadores o colonizadores hispanos retiradas en Estados Unidos, citaré dos ejemplos. El pasado 7 de julio se retiró una estatua de Isabel la Católica y Colón –donde el navegante solicita ayuda para su primer viaje a las Indias, inspirada en las capitulaciones de Santa Fe–, que llevaba instalada en el Capitolio de California desde 1883. El segundo ejemplo son los ataques a las estatuas de Fray Junípero Serra, el único español de origen que figura entre las esculturas del Capitolio de Estados Unidos, donde cada Estado sólo podía promover dos nombres y el franciscano mallorquín fue propuesto por el Estado de California. Fray Junípero había llevado ganado vacuno, porcino y equino, como evangelizador del Alto California, y como maestro en agricultura y artesanía de los indios en el siglo XVIII.

Nadie atacó, en cambio, a las estatuas de algunos traficantes de esclavos, como Leland Stanford, eso sí, creador de una de las mejores universidades del mundo.

Seguramente el presidente Trump, después de haber perdido las elecciones, desaparezca de la primera línea de la vida pública, para dedicarse a su profesión de constructor, o a la poesía, como su antiguo colega Nerón, o a patrocinar un equipo de fútbol en España, o incluso en Asturias. Esperemos que, en la nueva etapa política norteamericana, con el presidente demócrata Biden, esté más presente en la opinión pública antes la creación por España de treinta Universidades en todo América que los excesos de nuestros conquistadores.

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