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Morricone secreto: los salmos

El aprecio del compositor por unos textos en los que veía “poesía escondida”

“Morricone Segreto” es el título del álbum póstumo de Ennio Morricone, que, desde el pasado 6 de noviembre, se halla a disposición del gran público en diferentes soportes. En él figuran varias piezas musicales suyas, alumbradas entre 1969 y 1980, inéditas unas, arrumbadas otras, innovadoras todas.

En la promoción de la obra, publicitada extensamente en las semanas anteriores a su salida al mercado, se dijo de ella que era como “un viaje por el lado oculto, oscuro y psicodélico del maestro”, y un vídeo, grabado para la ocasión y para conmemorar, el 10 de noviembre, el nonagésimo segundo aniversario de su nacimiento, recoge los testimonios personales de algunos colaboradores suyos: “Celebrating Ennio Morricone: The Secrets Behind His Genius”.

Junto a la recuperación de esas originales composiciones y coincidiendo con la entrega a Andrea Morricone del premio “Princesa de Asturias” de las Artes, otorgado a su padre, en el mes de septiembre llegaba a las librerías de Italia la introducción a los salmos que Ennio Morricone había escrito, con su nieta Valentina, para el sello Piemme (editorial Mondadori), y entregado a la imprenta poco antes de su fallecimiento en julio. Es un libro de pocas páginas y de agradable lectura.

Morricone apreciaba enormemente la extraordinaria belleza poética de los salmos. Hay en ellos “poesía escondida”, decía, cuyo origen se encuentra más allá de nuestros horizontes inmediatos, en un “Lugar” al que él confesaba elevarse con el pensamiento, y, cuando se hallaba en el trance de tener que verter esa experiencia de trascendencia en locución humana, encontraba que la poesía le resultaba más adecuada que la prosa.

Estimaba Morricone que, si bien es verdad que Dios, inefable e inaccesible, se ha relacionado con nosotros por medio de la encarnación de Jesucristo, nos ha concedido, no obstante, la posibilidad de que construyamos, con el material de las palabras, aun siendo limitadas, un puente por el que podamos aproximarnos a él. Y esa función de mediación es la que realiza la poesía sálmica, que es, además, oración pura, acompañada de música, porque es para ser cantada, y de silencio.

Pues no existe poesía, ni música, ni oración, sin silencio. Es por ello por lo que en los salmos aparece reiteradamente el enigmático vocablo “selah”, que indica en dónde hay que detenerse, callarse, pensar. Y es que, dada su naturaleza literaria, artística y espiritual, también estas composiciones bíblicas, atribuidas al rey David, precisan de interioridad, recogimiento y meditación.

Ennio Morricone, en su condición de cultor de la que él denominaba “música absoluta”, nos ha legado, en su breve comentario, una hermosa reflexión acerca de la actualidad de los salmos, inscrita en el proyecto editorial que actualmente dirige Arnoldo Mosca Mondadori, quien ha confiado a intelectuales y a personalidades del mundo de la cultura en Italia la tarea de evidenciar, desde una perspectiva laica, los valores universales que se contienen en cada uno de los libros de la Biblia, a la que corresponde asignar, más que a ninguna otra obra literaria, el título de “gran código” de la humanidad.

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