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Antonio Trevín

¡Hay que armala!

Idas y venidas del segundo vicepresidente

El grito de guerra “¡hay que armala!” de movilizaciones astures, radicales y estériles, vuelve a resonar. No solo en nuestras calles o frente a viejas instalaciones fabriles. También en la capital y corte, en la Moncloa y en el Congreso. Entre el pasmo de ujieres y el bostezo, en bronce,

Tan pronto busca aliados para despenalizar injurias a la Corona como promueve una “declaración de paz” contra el “golpismo de la ultraderecha” en Bolivia, hasta donde se desplazó, acompañando al Rey Felipe VI, a la toma de posesión del presidente Arce. ¡Lo suyo es un no parar! De entusiasta de “Juego de tronos” a un sexenio institucional de serie televisiva. De eurodiputado acatando la Constitución “hasta que los ciudadanos de mi país la cambien para recuperar la soberanía y los derechos sociales” a número tres, para políticas sociales, del soberano Gobierno de España.

De diputado en el Congreso látigo de socialistas (“Felipe González, el que tiene el pasado manchado de cal viva”), al gobierno de España en coalición con ellos. De ilusorio aspirante al “sorpasso” al PSOE, a desaparecer de parlamentos autonómicos de tanta historia como el gallego. Lo suyo es un “vivo sin vivir en mí y a tan alto destino aspiro que muero porque no llego” (¡que Santa Teresa me perdone este mal plagio!).

Maestro en el encadenamiento acelerado de conspiraciones, una vez concluido el tortuoso acuerdo presupuestario en el Gobierno, inició de inmediato tejemanejes para enmendarlo a espaldas del Presidente, con partidos que confiesan: “Nosotros vamos a Madrid a tumbar definitivamente el Régimen” (Arkaitz, Bildu) o “vamos a usar la fuerza parlamentaria para hacer que pasen cosas, para doblegar y torcer el brazo al PSOE” (Rufián, ERC). Con tales incontinencias verbales no es extraño que el patio socialista ande alborotado. El viejo PSOE, que tiene el vicio de no callarse aunque le susurren al oído “¿y por qué no te callas?”, y el nuevo, cuya paciencia también tiene límite.

La ministra de Defensa, certera en el diagnóstico, advirtió a Iglesias Turrión que el Presidente es Pedro Sánchez. Por persona interpuesta, respondió el líder de UP acusándola de ser “la ministra favorita de los poderes que quieren que gobierne el PP con Vox”. No debe de resultar fácil mantener la estabilidad del Ejecutivo en estas circunstancias y la única desgracia política, de la que aún carecemos, sería perderla cuando afrontamos la mayor crisis sanitaria en un siglo, preocupaciones económicas de “ponte y no te menees” y sin mayoría alternativa posible. Conservarla es mérito presidencial que debemos reconocer por la cuenta que nos tiene.

No sé si dormirá tranquilo, pero estoy seguro que más de una noche recordará la frase de otro presidente, Estanislao Figueras, en la Primera República española: “Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡Estoy hasta los cojones de todos nosotros!”.

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