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Fernando Miranda

Es lo que hay...

Tópicos frente a la zozobra mental de unos tiempos turbulentos

Decir lo contrario de lo que se piensa, hacer lo contrario de lo que se dice. Para esos momentos de zozobra mental, existen multitud de frases hechas, ripios, clichés y tópicos a los que habría que poner en un pedestal por los muchísimos apuros de los que nos sacan. Sentencias capaces de poner la guinda a la conversación más controvertida, aunque ésta sea un diálogo de besugos. Así, usar en tiempo y forma un “es lo que hay” desarma cualquier argumento, cierra cualquier debate y sume a nuestro interlocutor en un conformismo balsámico que a veces roza la indignación ajena. En cualquier toma y daca con disparidad de criterios, el que eche mano de estas palabras mágicas se asegura, como poco, el empate. Es como cuando pides un pincho de pollo en un bar, pero ya no hay. Entonces, resignadamente, acabas comiéndote el de lomo con queso, que siempre quedan para los últimos (no sé por qué, si están riquísimos...).

Hay momentos en la vida, y este es uno de ellos, en los que hay que tener una boya a mano a la que agarrarse para no entrar en pánico. Algo que, sin entrar en detalles, nos calme y despeje la ansiedad. Cuando no sepamos qué decir, cuando nos pueda la situación, meternos un chute de “podría ser peor...” viene al pelo para el sistema nervioso, aunque no nos haga dar ni un solo paso hacia adelante. Porque más que modificar las circunstancias, estos jeringazos dialécticos lo que hacen es disfrazarlas o, como mucho, contenerlas. Meros placebos mentales contra el virus de la realidad.

Estos meses están pasando muchas cosas que nunca creímos que íbamos a vivir, aunque sí es verdad que las estamos asimilando con dignidad. Como si ya lleváramos unas cuantas pandemias encima. Los expertos nos dicen que cada década, más o menos, tiene que soportar su crisis y que éstas van y vienen como las épocas de bonanza. Que son consustanciales a la evolución de nuestra sociedad. Por ello, aunque esta depresión sea un pelín distinta, no se puede hacer otra cosa más que mirarla como si fuera de la familia. Al final, todo depende de nuestro nivel de exigencia. Y si tenemos que bajar éste hasta la planta de los pies, pues lo hacemos. El caso es no agobiarnos y no dar mucho la nota socialmente. Demasiadas veces somos felices con tan solo no sentirnos culpables de lo que sucede, de ahí esa inclinación a echar la culpa al otro para creernos liberados y sacudirnos responsabilidades. Otra cosa es construir con altura de miras, debatir para avanzar decididamente. Hay estrategias que parecen mirar por el bien común pero que solo esconden ombliguismo y supervivencia. Es como si el “yo” estuviera constantemente a flor de piel y lo colectivo escondido en la neurona más recóndita.

Cuando no sepamos qué decir, cuando nos pueda la situación, meternos un chute de “podría ser peor...” viene al pelo para el sistema nervioso, aunque no nos haga dar ni un solo paso hacia adelante

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Bueno, pues ahí estamos: navegando con nuestro individualismo agresivo soportando el viento en contra de nuestras propias inseguridades. Aún así, es de suponer que llegaremos a buen puerto, aunque ni mucho menos en las fechas que teníamos previsto ni en las condiciones que imaginábamos. ¡Ya nos adaptaremos a toda la depresión económica que nos venga encima después del milagro de las vacunas! Pero esta incertidumbre dura ya demasiado y se está entrometiendo en nuestros diálogos de ascensor. El no saber qué decir y el hablar por no callar están haciéndose ya un clásico. Solo nos queda agarrarnos al tópico y a los terrenos trillados, porque aunque sean muy recurrentes, funcionan. Sí. De vez en cuando hay que dar un puñetazo encima de la mesa y echar un “¡Ye lo que hay!” para tapar bocas. El problema es si nuestro interlocutor nos responde con un “¡Pásanos poco...!”. ¿Quién puede con esto?

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