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Juan de Lillo

Unos entran y otros salen

El distinto modo de enfrentarse a la pandemia en cada comunidad de España

Estamos desconcertados. Como suele decirse en mi tierra “cuando no hay panchón, tos riñen y tos tienen razón”. Lo malo, o lo bueno, de esta sentencia allerana, es que, en la realidad sólo tienen razón los que la tienen. Y ahí está para demostrarlo la persecución del Gobierno de Sánchez, Rufián mediante, con Illa como ariete, a la presidenta de Madrid, cuando quiso dejar a Ayuso como una loca incompetente ante el acoso del virus. Pero la conclusión no dio la razón al que parecía más fuerte, más autoritario, a quien aparentaba más razón, que no es cosa de poder, sino al sentido común, que parece que escasea por Moncloa.

Y el pulso, con adjetivos degradantes incluidos, cayó, sin embargo, de parte de la madrileña, ahora está a la cola del porcentaje de contagiados por cada cien mil habitantes. Un éxito de la presidenta, que aguantó, y de su comisión de expertos, algunos como Zapatero, el bueno, salen en la tele a ofrecer información veraz, mientras Illa, Simón y, en última instancia, el furtivo Sánchez, nunca tuvieron científico alguno que los apoyara, según quedó patente, que quiere decir claro. Otro engaño vergonzoso.

Pero este, al fin, solamente fue un episodio de la incapacidad de Illa (Illa, Illa, menuda pesadilla) para aceptar la realidad ajena, porque el Gobierno de Sánchez decidió que el mando único había que pluralizarlo para sacudirse responsabilidades, y ahí tenemos al virus parcelado por España, como cuando los reinos de taifas administraban los retales de su imperio. Así que ahora tenemos que cada cual se enfrenta a la pandemia como puede: unos persianas abajo, otros persianas arriba; unos terrazas abiertas, otros sillas y mesas apiladas; aquellos con horarios temprano, los siguientes con horario tardío; muchos sin restaurantes ni barras, con toque y sin toque… Así de variada es la gama de planes, dependiendo de la ideología, situación geográfica y la virulencia del bicho. Pero, ya se ve, inexplicablemente, lo que vale para unos no sirve para otros, de modo que unos cierran los establecimientos, otros los abren; a aquellos les va bien, a estos mal, y todos salen a la calle, porque no creen que las decisiones de los políticos, que no son todos unos lumbreras, sean adecuadas mientras ellos se arruinan.

A mí, que ya llevó muchos años por los caminos, me parece que esta situación babélica se asemeja a aquella huelga minera de 1964, como tan gráficamente la describió Paco Arias de Velasco, fundador y director de este periódico, cuando desde la agencia Reuters, de la que era corresponsal desde antes de la guerra, la preguntaron:

–Don Francisco, ¿cómo van las cosas en las minas?

Y con aquella sosegada retranca, con toda la redacción de testigo, expectante, respondió lacónicamente:

–Na nin, unos entren y otros salen.

Así de sencilla y socarrona fue la respuesta para un asunto tan complejo como una huelga en la minería como aquellas. La carcajada fue general.

Creo que no se puede definir de manera más gráfica y rotunda, retomada de hace cincuenta y seis años, la situación que vive la España dispar, desde Cataluña a Andalucía y el País Vasco hasta Murcia, Asturias, Extremadura o Galicia y las Castillas… Es la ceremonia de la confusión más acabada, que muestra en manos de quiénes estamos, con los expertos marginados y los políticos, gente por lo general, poco dotada, al timón de la pandemia que lidera Europa, legislando a escondidas, ocultos tras sus oscuridades, y con el país, la gente, esa que paga impuestos y vota, acobardada como siempre, sometida al poder que tanto impone. Aunque lo manejen solemnes incapaces, a quienes lo que les pide el cuerpo es romper el régimen de convivencia de 1978, que tan buenos resultados rindió, porque quieren dejar constancia en la historia de que ellos pasaron por allí. Pero lo que también recogerá esa historia es que van a dejar el país como Miguel Primo de Rivera, Prieto, Negrín, Largo Caballero y el Caudillo, y que un grupo de españoles de todos los colores recogieron en sus brazos, para regenerarlo y conjurarse para que nunca más. Pero ellos nunca pensaron que detrás podrían llegar estos incompetentes, vanidosos y pequeños ideólogos quebrantahuesos, como auténticos caballos de Atila. Y aún nos queda por ver el desenlace, lo que quedará después de la pandemia y del mandato de Sánchez del voto universal, de la separación de poderes de los derechos humanos… Y los incrédulos, aquellos que crean que no les llegará la riada, que miren a Venezuela. Nuestra última esperanza es que estamos en Europa, que parece un buen paraguas.

P.S. Cuando la pandemia recrudeció su expansión y virulencia, el presidente del Gobierno soltó en manos de las comunidades la pesada carga de los muertos, los contagios, las UCI, las residencias, etc., Y cuando aparece en el horizonte luminoso la vacuna que puede rendir buena imagen ante la España doliente, entonces Sánchez se adueña de la batuta, se pone al frente de la orquesta para recibir la ovación de los ingenuos y de los fieles. Al resto ya es difícil que los engañe, porque ya conocen por donde derrota. Y, ante sus narices, el tal Rufián le exige que arremeta contra Madrid porque va bien porque han sabido hacer las cosas, tanto económicas como del virus. El colmo: una autonomía, a la que le va mal por su mala cabeza, contra la que ha hecho bien sus deberes.

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