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Luis M Alonso

Sol y sombra

Luis M. Alonso

Volver a la lectura

Me ha alegrado el día una pequeña editorial madrileña, Fórcola, caracterizada por el buen gusto de sus publicaciones, con un librito, “Breve historia del marcapáginas”, escrito por Massimo Gatta, bibliotecario de la Universidad de Molise. Trata un asunto aunque marginal, a mi juicio, digno de suscitar entusiasmo: los orígenes de los marcadores de lectura y cómo han evolucionado hasta nuestros días.

Leyéndolo y admirando sus ilustraciones, me avergüenzo de tener dobladas tantas esquinas de hojas para poder volver como es debido a las lecturas interrumpidas. Y pese a todo, hallo consuelo en no haber caído en la sórdida costumbre de Antonio Magliabechi, aquel bibliógrafo de Florencia que se alimentaba habitualmente de embutidos para no perder tiempo en las pitanzas y solía marcar las páginas de sus libros con rodajas de salami, convirtiéndose así en el erudito más sucio y descuidado de su tiempo. O en no imitar el conocido hábito de Gabriele D’Annunzio de dejar secar flores y hojas entre los libros más queridos. Cualquiera que visitando Il Vittoriale en Gardone tenga la curiosidad de hojear alguno de estos volúmenes verá las páginas manchadas, la tinta corrida o nublada, por los jugos de los pétalos. Gran error. El filólogo y antropólogo Maurizio Bettini escribió que hay que evitar poner flores u hojas en los libros porque a medida que se marchitan, les transmiten el tiempo cuando en sí mismos son inmunes a este tipo de contagio. Pero D’Annunzio siempre fue algo capullo.

El pequeño libro al que me refiero contiene este tipo de anécdotas curiosas y se acompaña, además, de una extensa bibliografía. Marcar la página, como escribe Gatta, tenía, y sigue teniendo, la finalidad de no perder la huella de nuestro paso y se convierte en la cita para otra lectura, postergada en el tiempo, en ese futuro en el que será posible, ojalá, encontrar un pasaje del mismo libro en el mismo lugar donde éste y el lector se han detenido. Volver.

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