Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Así afronté el coronavirus

El relato de quien tuvo que pasar la enfermedad confinada y encontrando ocupaciones

Somos muchos. Cada uno tendrá su vivencia. Cada una será distinta. Por desgracia, bastantes no podrán contarla. Escribo este breve apunte desde la humildad, por si sirve para afrontar el covid con actitud positiva.

La mañana del 15 de noviembre, tras hacerme la PCR la tarde anterior por contacto estrecho con un positivo, me llamó al móvil una médico de Urgencias para darme la escueta sentencia que casi esperaba, pues, la noche anterior, el queso de La Peral que tomé de cena no me supo a lo de siempre; parecía flojo, desaborío, cosa rara en este excelente queso de vaca.

Efectivamente, tenía el coronavirus. “Toma paracetamol, controla la temperatura y al menor síntoma raro, llama a tu Centro de Salud o al 112, que este virus es muy puñetero”, me dijo cálidamente la doctora que me llamó. Le agradecí su cercanía y su trabajo. Al rato, me llamó el rastreador y empezó el proceso. En mi caso, por parte de la Seguridad Social, chapó. Lunes, miércoles y viernes llamada de Paloma, mi médico de La Lila; martes y jueves de Irma, su enfermera. Ambas implicadas, escuchadoras, animantes. ¡Gracias, me disteis seguridad!

Llevaba días autoconfinada por aquello del contacto estrecho. Desde mayo procuré no agobiarme y llevar una vida normal intentando ser muy cuidadosa en la protección, limpieza y distancia. A pesar de todo, me había tocado.

Primera determinación: no pensaba darle más vueltas. Entonces formulé el firme propósito de dirigir mi cabeza hacia un único objetivo: el de afrontar del mejor modo posible esta nueva experiencia. No era la única. Tristemente, ese día casi 18000 personas estaban padeciendo en Asturias esa misma situación. Yo era una de las afortunadas que la iba a pasar en casa, a base de paracetamoles; como una especie de gripe, cosa que así resultó.

De primeras, confieso que le tuve respeto, aunque no miedo. Por eso no dudé en dirigirme a la Santina y pedirle que me protegiera. ¡Vaya si ayuda tener fe cuando vienen mal dadas! Me dio seguridad confiar en Dios y darle gracias por no tener que ingresar en el HUCA y menos en la UCI. Fueron días difíciles. Llegaban muy malas noticias, de las que procuraba guardar distancia. La sobreinformación no era una buena aliada en ese momento.

Después me tracé algunas rutinas para que las cuatro paredes que me confinaron no cayeran sobre mí, procurando fijar la mirada en lo positivo de mi presente. Lo primero, dormiría más. Pero ¿solo eso? ¡No! Muchas más cosas que han sido mi sostén en estos días de cautiverio. Tengo una familia fantástica que me cuidó estupendamente, olvidándome totalmente de las cosas de la casa. Comprobé la maravilla que supone vivir con amigos que te demuestran su cariño en el momento oportuno. Habitualmente teletrabajo y, con la que está cayendo, trabajo no me falta. Doble motivo de gratitud.

Así que me fui marcando pequeñas tareas –escribir, corregir– en tramos cortos, porque el cansancio me llevaba con frecuencia al sillón donde aprovechaba para escuchar, casi en susurro, mis melodías favoritas: del concierto de clarinete de Mozart K622 a la Serenada de Schubert o al apasionante Coro de los Esclavos –también el de los Gitanos– de Verdi… Otro lujo pocas veces permitido. Asimismo, pude avanzar en esos libros que nunca encuentran sitio en mi apretada agenda. También disfrutar con alguna que otra serie que nunca puedes ver porque los gustos son variados y casi siempre toca ceder. Así descubrí “Imprescindibles”, de TV2, y dos series muy buenas –también en La 2– sobre nuestros premios Nobel, Ramón y Cajal y Severo Ochoa, con maravillosos paisajes de su Luarca natal. Al final del día repasaba despacio –en papel, como me gusta– LA NUEVA ESPAÑA, un lujo que diariamente no me puedo permitir con esa calma.

A los diez días, una nueva PCR y negativa. ¡Prueba superada y con anticuerpos para una temporada! La primera llamada a mi madre. ¡Qué contenta se puso! Doy gracias a Dios, a mi familia, a mis amigos, a las pequeñas cosas de vida, al aire y a la luz de sol, los que más eché de menos en estos días de encerrona. Estar a solas con uno mismo es una asignatura en general pendiente, pero necesaria.

De todas formas, esperemos que esta pesadilla se acabe pronto. Está siendo muy dura. Aunque, mientras tanto, no queda otra que lidiarla y no bajar la guardia.

Compartir el artículo

stats