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JC Herrero

¿Por qué me encerráis, tan mala fui?

Una campaña de apadrinamiento para los abuelos de las residencias

Hace apenas una semana se hizo público por la Consejería de Derechos Sociales que los residentes de geriátricos no podrán salir durante las navidades para acompañar a sus familias. Tras rectificar, algunas abuelitas tendrán un permiso con el que recuperar el sentimiento de pertenencia, aunque sea por poco tiempo, cantar unos villancicos y que den las uvas, menos es nada. Pero no todos los ancianos tienen a dónde ir.

Encadenando el sentido de solidaridad hacia los mayores nos hacemos la pregunta del millón: ¿Es posible que una familia apadrine a un anciano residenciado?

El marco jurídico y la orientación asistencial hacia los derechos sociales parece formarse en las tutelas o curatelas dictadas por los jueces y que compromete a las residencias cuando no hay familias de referencia, principalmente en la incapacitación total, no así en las curatelas en las que el residente tiene capacidad de obrar. Salvo la incapacitación total, todo residente podría ser apadrinado sin que medie una autorización explícita, pues se trata de una iniciativa social con la misma cualidad voluntaria de alfabetizar a inmigrantes, acompañar al médico, hacer una visita o simplemente interesarse por su estado de salud, actividad propia de cualquier oenegé, que podía imitar una familia de bien.

Entendemos pues que si media una oenegé sería factible, teniendo dudas en la iniciativa personal pues habría que garantizar el respaldo que la ley del voluntariado exige, amparando las actividades con un seguro de responsabilidad.

La pandemia nos dejó un antes y un después, atenazando cualquier iniciativa voluntarista en pro de los ancianos. Somete a los yayos aún más al confinamiento y asilo con preocupantes secuelas psicológicas. Sería pues deseable diseñar una campaña de apadrinamiento de abuelos por la Consejería de Derechos Sociales vertebrada en las concejalías de servicios sociales, pero claro está hay que currárselo.

Una experiencia piloto dirigida a aquellos mayores que no tienen referentes familiares y se sienten solos. Los servicios sociales municipales captarían familias de buena voluntad que aceptarían apadrinar a una abuelita, la cuestión está en replicar procedimientos entre ahijados y nutricios, es idéntico, salvo que tratamos con una mente anciana forjada en malogros, el primero fue dejarles en depósito, extrayéndoles de sus hogares, aun advirtiéndoles que estarían como en casa, no es lo mismo.

Pongámonos en su lugar. Un día cualquiera, bien por edad o por accidente, te comunica la familia o la administración que debes ingresar en una residencia privada o pública –que en ésta no es tan sencillo entrar-. Tras una mentalización, que a veces ni eso, te dicen: coge la maleta, las zapatillas y te vas para la residencia. ¿No es muy fuerte dejar atrás el entorno familiar, hogar y lugar para pasar a depender de un régimen institucional por muy hotelero que lo vistan? ¿Nos imaginamos qué dice la mirada de un anciano cuando entra con su maleta en una residencia que puede tener hasta siete plantas…?

Decía una abuela, sublimada y entregada, en plena pandemia cuando no la dejaban salir de su habitación: “¿tan mal me porté que me encerráis?” La yaya no tenía ni tutela ni curatela, estaba en plenas facultades.

Hagamos, pues, campañas de apadrinamiento. Nosotros ponemos el lema “Ya, yo apadrino” y el compromiso familiar de ser los primeros. ¿Dónde hay que firmar?

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