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Fernando Monreal

Una visita virtual al Museo del Prado

Una pinacoteca que muestra el carácter y la grandeza de España

Inmerso en la pandemia y, a falta de poder hacer viajes y visitas a museos, me dedico a recordar otros tiempos. Cada vez que me encuentro en el interior del Museo del Prado me doy cuenta de que la grandeza de la Historia de España, sin duda, fue real y, que hoy no quedan ni los rescoldos de aquel orgullo. En la actualidad, cuando a mi memoria viene tanto héroe que encumbró nuestra gloria nacional, me da vergüenza el patrimonio que vamos a dejar a nuestras futuras generaciones.

Las paredes del Museo del Prado parecen temblar bajo la pesadumbre de tanta grandeza. Yo, el espectador, me detengo entristecido y medito sobre el contraste que ofrece ese glorioso pretérito en un país indigente de ilusiones. El espectador siente, dolorido, la enorme distancia que le separa de la gloria pretérita. Los principales componentes del carácter español están expresados en el Prado. La psicología ibérica la han grabado ahí los pintores, sin recatarse y tal vez sin proponérselo. Los dislocados gestos que pinta el Greco, las caras maceradas y los ojos de alucinado, nos muestra el impulso ciego con que el español se lanzó siempre hacia el fanatismo.

Pero, en mi ronda artístico-espiritual me topo de bruces con “El Caballero de la mano en el pecho”; claro que, también podríamos llamarlo “El Caballero de la espada”, por qué no.

Cada vez que me encuentro en el Museo del Prado me doy cuenta de que la grandeza de la Historia de España fue real y de que hoy no quedan ni los rescoldos de aquel orgullo

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Los retratos del Greco, sobre un fondo negro, muy negro, resaltan sus rostros pálidos. Pero, ¿quiénes son?... Son España. Tienen todos caras de enfermo. ¿Acaso es porque el Greco estaba enfermo, o es porque la España de aquel tiempo comenzaba a enfermar? Uno es un médico, como un servidor, el otro un caballero; otras son personas desconocidas, anónimas, indocumentadas; forman, pues, la muchedumbre, la masa de la nación. Entre ellos está un hombre joven, noble, sereno, supremamente aristocrático. Tiene el puño de la espada levantado sobre la cintura, como para atestiguar su condición de caballero; la mano derecha la tiene situada, blandamente, sobre la mitad del pecho; una mano blanca, fina y dulce. Y bajo la alta y pura frente, los ojos del caballero miran al espectador, me miran a mi con una nobleza y una dulzura que obsesionan y amedrentan. Su ojo izquierdo algo más caído. Todo en él es elegante, noble y fino. Tiene la sobriedad exquisita. No se viste como los hombres ricos de Italia; a él le basta un traje negro, una gorguera de puntilla blanca, una espada y nada más. Es la personificación de la elegancia. Tampoco se peina con rizos y melenas; el pelo lo lleva cortado, de manera que su frente alta y pura aparece en toda su extensión, como un nobilísimo adorno del semblante al que parece iluminar.

Como único alarde de lujo, este caballero sobrio y elegante ha subido el pomo de la espada, recamado en plata, hasta la altura del pecho, por el lado del corazón. Es, en efecto, digna de mostrarse: una espada rica y hermosa, con filigranas artísticas de sumo valor. Para un caballero como él, la espada supone el núcleo de todo orgullo.

Pero como supremo rasgo de elegancia ha levantado la mano diestra y, extendiendo los dedos de una manera particular a como los pinta el Greco, la ha posado en el centro mismo del pecho, sobre el ceñido jubón de seda negra. Con todo, este hombre desconocido resume en su persona dos atributos del alma: la elegancia y la nobleza.

Pero quien fue este caballero? El espectador contempla su rostro sereno y puro y no acierta a interpretarlo. La muchedumbre de visitantes observa la espada, la mano, el rostro del caballero…, y pasa sin dedicarse a reflexionar. El más culto ha podido interesarse por la sobria belleza de la pintura. Pero son muy pocos los que descubren la idea capital del retrato. Porque la idea capital es el “honor”. En este caballero que posa la mano abierta sobre el pecho están sintetizadas una época y una moral. La de la España de finales del siglo XVI.

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