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Cosme Marina

Crítica / Ópera

Cosme Marina

El poder de los símbolos

Éxito de “Fidelio” tras el segundo cierre de teatros en el curso de la pandemia

La tarea era casi imposible, rozaba la utopía, y por ello conviene explicar la narrativa que rodea estas funciones de ópera que se desarrollarán a lo largo del mes de diciembre en el Campoamor. Los cierres decretados por el Gobierno del Principado para combatir las consecuencias del covid-19 explotaron de lleno justo antes del estreno de “Madama Butterfly” el pasado noviembre. Se buscó una solución de urgencia moviendo las fechas y se logró. Pero el cierre se alargó y la situación comenzó a complicarse hasta el punto de que llegaba el estreno de la ópera de diciembre, “Fidelio”, y aún no se había conseguido estrenar el título de Puccini. Las nuevas fechas pronto quedaron obsoletas y la incertidumbre se abría paso, amenazando con dar al traste con el diseño global de la temporada. Pero el empeño y la voluntad de sacar adelante el ciclo pudo más y otra reorganización consiguió un nuevo y endiablado calendario de sesiones que se inició el jueves y llegará a las puertas de la Navidad.

El poder de los símbolos

Cantantes, técnicos y toda la gran maquinaria que gravita en torno a una representación de ópera se pusieron manos a la obra. Pero entonces surgió otro problema. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias tenía, por su parte, compromisos sinfónicos que atender de su propio ciclo y no podía hacerse cargo del título, encargado previamente, en las fechas aplazadas.

Con este panorama se entró en una nueva fase: que una orquesta trabajase de manera continuada, sin apenas descansos, en los dos títulos. Aquí hay que señalar el compromiso de Oviedo Filarmonía y de una plantilla orquestal que dejó al lado convenios y cualquier tipo de exigencia laboral –algo que es lógico y regula el marco de actuación de cualquier colectivo– y se volcó de forma generosa en un enorme reto artístico y de logística que, en las últimas décadas, no se había producido en la ciudad: representar dos títulos de manera entrelazada en un par de semanas.

Cuando la temporada se celebraba en septiembre, hasta finales de la década de los ochenta del pasado siglo, es verdad que se ofrecían los títulos de manera continuada, pero el sistema de trabajo y producción era muy distinto del actual. De esta manera, lo imposible se ha hecho posible y hay que felicitar a la Ópera de Oviedo, y quiero centrarlo específicamente en su director Celestino Varela, por la valentía de conseguir que Oviedo esté a punto de culminar la temporada de ópera representando todas las funciones inicialmente previstas. Lo fácil hubiera sido bajar la persiana. El daño entonces habría afectado de manera feroz a los trabajadores. Ahora viene lo difícil: culminar un ejercicio que, por la limitación de los aforos, va a dejar un agujero considerable en las cuentas de la entidad lírica. A ver cuando llegue el momento de cuadrar cuentas cuál será el comportamiento de las instituciones públicas. La lección de la Ópera de Oviedo es la de una alta exigencia ética que va más allá de sus funciones: la de mantener el derecho a la cultura. Frente a la desidia administrativa, exhibe capacidad de gestión para adaptarse a las circunstancias más adversas y servicio a la sociedad.

Se cierra este diciembre, con la vuelta al Campoamor de “Fidelio”, la única ópera que escribió Ludwig van Beethoven, en el año en el que se festeja el 250 aniversario de su nacimiento. El título ya se representó, y con éxito, en el Festival de Música de la Universidad de Oviedo en 1982. Por lo tanto, estas sesiones suponen un gozoso reencuentro con una obra tan particular y especialmente querida por su autor.

“Fidelio” es, en cierta medida, un símbolo que desde su estreno sigue presente en los ciclos líricos por su hondo significado. Pensemos, en este sentido, cómo muchos teatros europeos reanudaron sus temporadas de ópera con ella tras la Segunda Guerra Mundial. Ese poder anida en la entraña de la partitura, que encierra la belleza de la luz de la Ilustración, la denuncia de la tiranía, y la libertad como referencia esencial. Beethoven construye una síntesis, que pule varias veces, de la cual se pueden extraer diversas capas de lectura. Aún es, por ello, más emocionante que la actividad cultural en el Principado volviese a la vida precisamente con este título. Recomiendo vivamente a la “ilustrada” clase política asturiana que acudan a verla. ¡No tengan miedo! De lo único que se pueden contagiar es de cultura y se trata de una vacuna que inmuniza contra la estulticia, la arbitrariedad y el sectarismo, entre muchas otras cosas. Les hará bien y que tengan en cuenta que la cultura no mata, si acaso nos hace ciudadanos más libres y críticos.

Estamos ante una obra compleja, tanto desde el punto de vista escénico como desde el musical. La partitura es muy exigente para los cantantes, la orquesta y la dirección escénica. Y lo mejor que se puede decir de esta apuesta es que todos los elementos funcionaron en armonía, con reparto equilibrado, dirección musical atenta y al servicio de la música y una aproximación escénica que remaba a favor.

Y todo ello en un contexto de hostilidad total. No se pudo hacer la producción de José Carlos Plaza inicialmente prevista y se reciclaron los decorados de “Madama Butterfly” que se estrena mañana. Es de justicia poner en un pedestal al director de escena Joan Anton Rechi que con una economía de medios difícil de superar ha conseguido hilvanar una narrativa de coherencia total. Ha construido casi de la nada el discurso dramatúrgico, con inteligencia y sutiles gradaciones dramáticas perfectamente enlazadas con el cauce musical. La opresión de la trama que ilumina, con la claridad de un rayo, la determinación de Leonore, en su lucha tenaz por salvar la vida de su esposo Florestán, están expuestas con sensibilidad y magnífico criterio teatral. La atmósfera cerrada que envuelve a los personajes se enfatiza en esa España de postguerra, tan precaria, tan de silencios, tan de renuncias. En el foso, Marc Piollet, dejó claro, desde el primer compás, su declaración de intenciones: rigor expositivo, brío interpretativo, flexibilidad y capacidad para acercarnos la veta sinfónica que envuelve la acción dramática. Oviedo Filarmonía respondió con eficacia y el acertado resultado global hay que extenderlo al coro, volcado en el regreso al escenario, sagaz en lo escénico, bien empastado y con solvencia en una actuación que fue a más según avanzó la velada. Desde el foso se echaron de menos algunos colores orquestales, a veces mayor tensión expositiva, pero con los orgánicos que actualmente es obligado trabajar, exigir aquí más no sería justo.

Del reparto se puede y debe destacar la capacidad para defender la obra con convicción y talento. Christiane Libor es una magnífica soprano dramática, versátil, y como Leonore/Fidelio su prestación fue correcta, exhibiendo vocalidad flexible que aún puede dar más de sí en las funciones que restan. Faltó, eso sí, mayor pulso incisivo desde el punto de vista interpretativo. Fue, no obstante, el suyo un feliz debut en la temporada. Regresó al Campoamor Stuart Skelton, uno de los tenores que cuenta por éxitos sus actuaciones en Oviedo desde aquel ejemplar “Peter Grimes” de hace ya algunos años. Es un Florestán potente, de timbre pétreo, contundente. El arranque de la hermosa aria del segundo acto es espectacular y se mueve siempre a un nivel altísimo a lo largo toda su intervención. Un lujo y una referencia. Muy bien, asimismo, el bajo-barítono Martin Winkler como Pizarro. Su recreación actoral del papel es impecable y su capacidad vocal está en línea con los requerimientos del rol, con una emisión oscura, penetrante, que aporta credibilidad. Andrea Mastroni trazó un Rocco bien resuelto, sin fisuras y hay que destacar la espléndida Marzelline de Vanessa Goicoetxea, de timbre luminoso y también el buen trabajo de Moisés Marín como Jaquino y Francisco Crespo como Don Fernando.

Celestino Varela dedicó, al inicio de la velada, la función a las víctimas de la pandemia y quisiera también poner en valor que la ópera de Oviedo no haya dejado de editar en papel los magníficos libretos-programa que realiza Adolfo Domingo. Son parte básica del proyecto cultura y un ejemplo ahora que, con la disculpa de la pandemia, se han barrido de los teatros no se sabe muy bien porqué cuando, al mismo tiempo, seguimos recibiendo en nuestras casas folletos en papel de los supermercados, mientras no se puede leer en papel el programa de una ópera o de un concierto. Misterios sin resolver.

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