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Jesús Farpón, un recuerdo de mi padre

Nacido en Tudela Veguín, junto a la fábrica de Cementos, en el año 1958, su infancia transcurrió entre Veguín y La Felguera, adonde se desplazaba a diario para ir a la escuela a bordo del Carbonero. Alcanzada ya la edad de merecer, decidió matricularse en la Facultad de Derecho y, tras varios años lidiando con códigos y leyes, un buen día, el periodismo entró en su vida y le cautivó, relegando sus estudios jurídicos a un segundo plano.

Se inició en la fotografía en el Club Cultural de Tudela Veguín, donde revelaba las fotos que hacía con una Fujica Reflex prestada por Mari Luz, una amiga de la familia. En el año 1982, Julio Puente –redactor jefe de “Región” por aquel entonces–, le comunica que va a acreditarle como único fotógrafo del Mundial de fútbol. En ese momento lo vio claro: quiero ser periodista.

Se dice que los comienzos suelen ser difíciles, y el suyo no iba a ser menos. Empezó su carrera profesional en el diario “Región”, un pequeño gran periódico que agonizaba ya por aquella época, a pesar de las ganas y el esfuerzo que le ponían todos y cada uno de los periodistas que formaban parte de esa redacción capitaneada espiritualmente por Ricardo Vázquez-Prada. El 30 de noviembre de 1983 fue el último día que el diario salió a la calle. Una vez cerrada la rotativa de “Región”, consiguió entrar en la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón, donde estuvo tan solo siete meses, hasta que consiguió el traslado a su querida ciudad de Oviedo. De aquellos primeros años le gustaba extraer dos reflexiones: Julio Puente fue “El Maestro” y “Región”, la mejor escuela de periodismo.

Yo, lego en periodismo, me aventuro a definir a un buen periodista como aquel que, teniendo un buen conocimiento del medio y de sus gentes, es capaz de relatar lo que en él sucede desde una óptica crítica y dejando su propia impronta, sin alejarse por ello de la realidad de los hechos. Repasando su trayectoria profesional –tres décadas narrando la historia de Asturias a través de la fotografía–, puedo ratificar y ratifico que trató de conquistar con empeño y tesón todos esos requisitos de los que –a mi juicio– todo buen periodista debe ser acreedor. Y haber sido participe de ello es un orgullo. Uno de los recuerdos más vivos de mi infancia es ir los fines de semana a trabajar con él. Desde primera hora persiguiendo la noticia por las carreteras asturianas en un monovolumen Citroën azul; podías estar a las diez de la mañana en una inauguración, a las doce en el campo del Lealtad, a la una de la tarde en el Ayuntamiento de Oviedo y, después de comer, rumbo a Navia a hacer una entrevista a algún personaje con alguna historia que contar. Cuando se acababa el trabajo de campo, a la redacción de Calvo Sotelo (todavía recuerdo como si fuera hoy el crujir de su suelo), para tratar y preparar las fotos que saldrían al día siguiente en el periódico. Gabriel García Márquez definió al periodismo como “el mejor oficio del mundo”. El mejor no lo sé, pero lo que está claro es que nace de una vocación que al ejercerla se convierte en pasión.

Jesús Farpón, con sus hijos Marta y Carlos

Jesús Farpón, con sus hijos Marta y Carlos

Si tuviera que destacar una cualidad de su forma de obrar sería, sin duda, la pasión. La capacidad para involucrarse en cuerpo y alma en proyectos entusiastas que soñaba en la mente los materializaba en la realidad. Uno muy bonito fue la revista “Asturgolf”, que creó, junto con Pedro Ramos, y en la que se daba cuenta de la actualidad del golf asturiano. Recuerdo que en todas las noticias había un apartado para que los lectores dejasen sus comentarios y, de vez en cuando, alguno se iba de la lengua, convirtiendo aquello en un foro de debate digno de ser emitido en Telecinco a media tarde. Aunque su proyecto golfístico más ambicioso fue, sin duda, el Torneo “Princesa Letizia”. Constaba de una fase clasificatoria en prácticamente todos los campos del norte de España –Cantabria, Asturias, Galicia y Castilla y León– y de una final en Oviedo. La final coincidía todos los años con la entrega de los premios “Príncipe de Asturias”, con la esperanza de que, algún día, la actual Reina hiciera entrega de los premios. No pudo ser. Lo que sí consiguieron fue la autorización de la Casa Real para utilizar la Corona en el escudo del torneo.

El hombre es un animal político que no debe mantenerse al margen de los designios políticos de la sociedad a la que pertenece. Siempre fiel a sus principios: España y libertad, trató de aportar su pequeño grano de arena a la construcción política de nuestra patria. En los años de la transición, lo hizo desde la UCD de Suárez y, ya más adelante, en el año 2011, desde Foro Asturias, tratando de combatir la marginación y la postergación a la que estaba –y está– sometida la región.

Con la misma pasión con la que se sumergió en todos estos vehementes proyectos decidió abrir un bar al lado de casa, con unos pinchos de tortilla de champiñones brutales. Los Campos Elíseos se llamaba. Pronto se convirtió en un lugar de encuentro, reunión y bien regada tertulia para buenos amigos que hacían de clientes y clientes que se convirtieron en amigos.

Coherente con sus ideas y consecuente con sus actos. Buen humor y mucho genio. No era de esos que se muerden la lengua, no pertenecía a esa descafeinada casta. Siempre luchando desde la trinchera por su mayor amor: nosotros, su familia. Norte y guía para todos aquellos que no están dispuestos a rendirse. Una vida plena que ilumina y deja poso. Así fue mi padre.

No me gustaría despedirme de él y de vosotros sin antes citar al gran Itxu Díaz en su último ensayo “Todo iba bien...”: “Pienso en él y me asalta la duda, lo importante. ¿Estará bien abastecido? Entonces sonrío de pura insensatez al recordar que está con Alguien cuya primera hazaña notable fue convertir el agua en vino para evitar que decayese el bodorrio de Caná. De modo que está bastante mejor que nosotros”. Hace hoy cinco años que se fue, pero qué forma de quedarse.

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