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Alfonso González Jerez

Manzanero

El bolero forma parte de nuestra educación sentimental y del larguísimo camino hacia la soledad

Armando Manzanero contó varias veces el origen remoto de su canción más hermosa, “Esta tarde vi llover”. Entonces soportaba tres empleos al mismo tiempo, que le llevaban mañana, tarde y noche. Un día de octubre se produjo una coincidencia extraordinaria: le pagaron en los tres curros. Pensó en invitar a su esposa y sus hijos al cine y después a tomar helados pero, al telefonearlos, ya habían salido. Llamó a un par de amigos, pero estaban ilocalizables. Llamó a su madre, pero le contestó que su padre había salido a sus clases de guitarra, y que solo podrían cenar ellos dos un par de huevos fritos a horas tan tempranas. Manzanero se rindió al destino y se decidió, cuando la tarde empezaba a extraviar los colores, a tomar algo en un restaurante cercano. A los pocos minutos cayó un chaparrón. El cantante, a través de los cristales, vio a la gente corriendo para refugiarse de la lluvia. Y entonces, como a Horacio en la última hora de la tarde en una campiña romana, se le ocurrieron los tres versos: “Esa tarde vi llover / vi gente correr / y no estabas tú”.

En algunos periódicos se ha escrito que Manzanero interpretaba baladas. La idiotez es interminable. Manzanero escribía y cantaba boleros, señor mío, boleros, y si algunos baladistas (gringos y no gringos) se acercaron a las lecciones del bolero, fue para impregnar las baladas de la sutileza, de la melancolía indestructible de los grandes boleros. El bolero: el milagro de una exageración tolerada, comprendida, asumida sin remedio como la mejor coartada para expresar generalmente un fracaso, a veces un triunfo, generalmente una tristeza de pies ligeros y ojos cansados. Quizás la principal característica de un bolero –desde luego lo es en el caso de Manzanero– es su calidad sintética, su laconismo apenas empañado como un espejo. Me fascina y me fascinará siempre el triunfo del bolero entre el automatismo de sus imágenes. La lluvia, la gente que tiene donde guarecerse, el que está en el abismo de la soledad sin ninguna capacidad de redención. O el reloj de Roberto Cantoral marcando los minutos que faltan para una despedida definitiva.

El amor romántico es una tradición (y una escuela sentimental) que empieza en el dolce stil nuovo, atraviesa unos quejicosos alemanes con peluca, bebe en el modernismo y termina en el bolero, que nació y se multiplicó en Cuba, se trasladó a México y ahí pasó a toda la comunidad hispanoamericana. El bolero es el reino musical de la ambigüedad porque es la ambigüedad –mal que le pesé a Irene Montero y sus coleguitas– lo que preside las relaciones amorosas y la tensión sexual. La ambigüedad de las miradas, de los afectos, de las victorias y las derrotas entre los amantes. La mayoría, no todos, de los grandes boleros puede ser interpretada indiferentemente por un hombre o una mujer sea cual sea su identidad sexual. La soledad en una noche de lluvia sin que aparezca el rostro amado –que es convocado sin embargo una y otra vez– resulta un perfecto ejemplo. En los boleros los hombres pueden agonizar de desamor y las mujeres arrinconan hasta la humillación más aterradora a los amantes.

En el fondo el bolero es la crónica de un fracaso y en eso ni miente demasiado ni dice toda la verdad. Forma parte de nuestra educación sentimental y del larguísimo camino hacia la soledad, la última aventura cuando la música acaba. Para cientos de millones de seres humanos los boleros son imprescindibles como consuelo inútil de amores perdidos o inencontrables, cuando el corazón se comienza a pudrir, mucho antes que la inteligencia, la lucidez y otras malas costumbres. Manzanero nos lo cantó al oído y su voz es la de esos poetas menores que se funden con la tradición y así, un día, nadie lo recordará porque todos seremos él.

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