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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Despedida con homilía

En su última homilía del año, el cardenal Sánchez, investido de la púrpura del engreimiento, quiso rendir cuentas del mandato de este año horrible en comparecencia pública. Pero no lo hizo donde debe un presidente del Gobierno, ante el Parlamento, para dar ocasión a los restantes grupos a contraponer opiniones.

Sánchez ha elegido a lo largo de estos meses la fórmula chavista del “aló, presidente” para comunicarse con la nación, para contar algunas verdades y unas cuantas mentiras, alguna de ellas piadosa, pero la mayoría vergonzantes, como cuando se inventó un equipo asesor de expertos que no existía o avanzó a bombo y platillo, tras el confinamiento y a la llamada del verano, que entrábamos en la “nueva normalidad”. Y miren cómo estamos, rozando la tercera ola aún con la llegada incipiente de la vacuna, que custodian policías armados hasta los dientes como si en las cajas en vez de dosis de inmunización hubiera lingotes del oro de Moscú.

La capacidad de despreciar al hemiciclo resulta proverbial en un político que ha hecho corbata del pragmatismo en interés personal, con un nudo tan holgado que apenas nota apretones a la altura de la nuez. Prefiere Sánchez el cara a cara con el ciudadano por la vía catódica de la caja tonta, que ha recuperado poder hipnótico a cambio de cuantiosas aportaciones estatales. Si pretendió ampliar el estado de alarma casi “sine die” sin pasar por la Cámara, como demanda el ordenamiento jurídico, ¿para qué se va a molestar en arrugar el traje de tanto subir y bajar del escaño al estrado de los oradores del “sancta sanctorum” de la democracia? Así se evita la crítica, que la autocrítica no se contempla en su hoja de ruta.

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