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Josefina Velasco

El nombre de los años

El 2020 de la pandemia

Casi siempre queda un halo de nostalgia cuando un año se va. A este que dejamos demonizado nos produce alivio despedirlo. Como que el nombre fuera responsable de los acontecimientos. Los años son cifras que evocan hechos. En estos lares nuestros todos, aficionados o no a la historia leída, fijamos los años a sus efemérides. Así 1492 es la Conquista de Granada o el final de la Reconquista; 1808, el de la Guerra de la Independencia; 1936-1939, la Guerra Civil; 1978, la Constitución Española. Sin embargo, está demostrado que hay más memoria negativa que positiva ¡Qué empeño en recordar lo malo! Y lo mismo ocurre a nivel internacional: 476 es la Caída del Imperio Romano; 1347, el de la Peste Negra; 1453, la Caída de Constantinopla; 1914-1918, la Primera Guerra Mundial; 1939-1945, la Segunda Guerra Mundial; 2001, los atentados de Nueva York... Y eso citando poquitos. En lo del recuerdo nefando, bien está tener presente aquello que dicen que decía Nietzsche: «un exceso de memoria daña la vida», sobre todo en cuestiones que todavía nos afectan o que traemos al presente queriendo convertir las derrotas pasadas en victorias de un tiempo que no es el suyo, un ejercicio anacrónico y frustrante. Yendo a lo positivo tendríamos que reivindicar «recuerdos buenos»: 1492 también es el Descubrimiento de América; 1519, la expedición Magallanes-Elcano; 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre; 1796, la vacuna de la viruela; 1803, la Operación Balmis; 1969, la llegada del hombre a la Luna y el principio de internet. Lo que pasó no pasará igual, pero, si conocer los errores ayuda a evitar otros similares, reconocer los aciertos nos afianza.

Desde que la humanidad entró en la Historia y dejó testimonio escrito «para que no se olvidasen los hechos de los hombres», se celebraron ritos que acompañaban al cambio de ciclo anual, en la dependencia vital solar o lunar. En Mesopotamia, lo fue el inicio de las cosechas, entrando la primavera; en Egipto la crecida del Nilo a partir de finales de julio; en Roma, Julio César, tras las Saturnales festejando el solsticio de invierno, convirtió a Jano (enero) en la deidad-mes que con doble cara mira al pasado y al futuro y abría un nuevo tiempo. Pero como la dispersión persistía y las medidas de Cronos iban por barrios, en 1582, el papa Gregorio XIII oficializó nuestro calendario gregoriano tras lúcidos estudios y el ciclo anual de quienes lo acogieron comenzó tras la «octava de Navidad», ocho días después del nacimiento, en la ceremonia de la circuncisión. A camino entre la Natividad y la Adoración de los Magos o Epifanía, la Nochevieja era una celebración menor, que se transformó en masiva, festiva y mundial al calor de la sociedad urbana, burguesa y en alza del siglo XIX, consolidándose en el XX. Aupada por el consumo se fueron creando hábitos nuevos, retomando del pasado o la superstición vieja algunos otros modos. Vestir de gala, disfrazados y dejarse llevar por los excesos gastronómicos o la promiscuidad recuerda a los ritos mesopotámicos, egipcios y las saturnales romanas. El demoniaco y brujo color rojo de pasión y amor desde el medievo, siempre escondido en el interior para no revelar las perversas intenciones, es reclamo de buenos augurios de amor apasionado. «Algo viejo y algo nuevo» sin duda evoca al dios Jano, mirando al pasado abierto al futuro. Las doce uvas, al sonar las campanadas de medianoche en España se impusieron al parecer por una cosecha excesiva que se tradujo en reparto popular en 1909; la costumbre hizo el resto. La casi parásita planta del muérdago, mágica de los druidas (de uso médico cierto) asegura el amor y la salud... Por atraer la suerte creemos cosas increíbles.

Como en todos los rituales hubo festejos populares y callejeros, y otros privados, exclusivos festines con clase para las clases pudientes. El champán francés para brindar tuvo su promoción y seguimiento. Las celebraciones de los pueblos se hicieron habituales. En la ciudad-mundo, Nueva York, el diario de su nombre (“The New York Times”) construyó una gigantesca bola luminosa en la cumbre de su edificio de Times Square que bajaba al son de las campanadas; desde 1907 da la bienvenida al año. En Japón, el templo medieval budista de Zojoji dan 108 campanadas para recibir al año nuevo. En Brasil son las playas de Copacabana el centro de atracción. El espectáculo de los fuegos artificiales de la australiana Sidney lo ve el mundo entero. En Londres, el Támesis y los sonidos del Big Ben son responsables del saludo. París convierte en salón festivo los Campos Elíseos y en Berlín se llena de gente la Puerta de Brandenburgo. Madrid, desde el reloj de la Puerta del Sol, allí donde se señala el kilómetro 0 de los caminos, congrega masas de todos los lugares, razas y credos. Y así podríamos seguir con esa guía festera desde Dubai a Ciudad del Cabo, o San Petersburgo, o Edimburgo o… Pero esta vez, nada será igual. Como en un mal sueño el covid-19 ha mutado el jolgorio de multitud en contención general.

Otras Navidades y sus Nocheviejas sufrieron interrupciones indeseadas e indeseables. Cada país tuvo sus momentos de obligada oscuridad. Contaba –algo que nos recuerda a nuestro hoy– el gran don Benito Pérez Galdós del Madrid aquejado por la gripe en la Nochevieja de 1899 que «se despide con bastante displicencia, y su sucesor entra ceñudo y amenazante. ¡Quiera Dios que no nos traiga nuevas calamidades!». Aquella gripe, afectaba a toda Europa, «ha coincidido su mayor fuerza con las fiestas de Navidad, y el comercio menudo, que en estos días de expansión y de gula hace comúnmente buen negocio, ha sufrido rudísimo golpe. La mitad de la población enferma, y la otra mitad cuidándola… Los nacidos no recuerdan una Navidad tan desanimada y triste». Echaba de menos «no poder salir a la calle y tropezar con barricadas de turrón». A pesar de la situación «todo el mundo dice: no hay dinero, y el pueblo sin dinero se agolpa a las puertas de las administraciones de loterías y consume todos los billetes». Seguimos así: confiando en la suerte.

Otro grande, periodista honesto, cronista maravilloso, exiliado con dolor, Manuel Chaves Nogales describía el final de 1937 en fratricida contienda: «en la noche de fin de año, Madrid, silencioso y hundido en las sombras, ofrece el impresionante espectáculo de un paisaje lunar. En esta noche de San Silvestre, que antes celebraban los madrileños con jubiloso estruendo, congregándose en la Puerta del Sol, para oír las doce campanadas del reloj de Gobernación y comer las doce uvas de ritual, no hay hogaño ni un alma en las calles». Contra la adversidad «una tras otra seis sombras han cruzado por la oscura y desierta plaza, para juntarse frente a la única esfera visible del reloj», eran «seis periodistas que no quieren que el rito popular del año viejo se interrumpa por la guerra». Pero doce explosiones acompañaron las campanadas obligándolos a acurrucarse. Días antes, «¡Nochebuena! El miliciano rojo, la horda anticristiana de que hablan los rebeldes, se pone el fusil por bandolera, abraza alegremente a su camarada de parapeto… empujado por ese anhelo de fraternidad universal… La impiedad de la propaganda revolucionaria y la lucha no han podido arrancar de cuajo la ancestral devoción de estos hombres por los viejos mitos que son la entraña misma del pueblo». La vida triunfando sobre el acecho de la muerte.

Fueron momentos tristes de fines de año sin fiesta, de años que no tuvieron la culpa de que las enfermedades del cuerpo y del alma que aquejan al hombre y el hombre provoca interrumpiera momentáneamente la vida. Este 2020, de buen nombre y mal recuerdo, nos enseñó cosas importantes: que somos vulnerables; que juntos valemos más; que hay que invertir en lo sustancial; que nadie es prescindible y que este planeta, habitáculo común, no es parcelable. Siempre queda un hilo que anuda lo que se va y lo que viene para que lo que venga sea mejor. Que así sea 2021.

[Chaves Nogales, Manuel. «Obra completa. Volumen IV (1935-1938): XIV. Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». Barcelona: Los libros del Asteroide, 2020; Andrades Ruiz, Mª Ascensión. « Los artículos costumbristas de Benito Pérez Galdós en “La Nación” y la influencia de los mismos en sus Novelas de la Primera Época : (Retrato de la sociedad madrileña del siglo XIX)». Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003 (acceso libre)]

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