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Matías Vallés

Trump remata el 11S

Para el todavía presidente norteamericano, pedir perdón por su autogolpe de Estado es más costoso que asaltar el Congreso

En el feliz regreso de Estados Unidos a la edad de piedra, Trump ha rematado el 11S que traumatizó a perpetuidad a sus compatriotas. El dinamitero de pajiza pelambrera ha completado la trayectoria interrumpida del vuelo 93 de United Airlines, que partió de Nueva Jersey con destino a San Francisco en aquella soleada mañana del once de septiembre de 2001. Tras el secuestro de la aeronave por cuatro miembros de Al Qaeda, los cuarenta tripulantes y pasajeros se enteraron por teléfono del destino sufrido por los aviones estrellados simultáneamente contra las Torres Gemelas.

En un rasgo de heroísmo, el pasaje del United 93 se enfrentó a los discípulos de Bin Laden, a sabiendas de que se trataba de una misión suicida. En efecto, el Boeing 757 se estrelló en los campos de Pensilvania sin supervivientes. El desvío incompleto propició especulaciones sobre si el destino impuesto por los secuestradores era el Capitolio o la Casa Blanca, en cuyos sótanos se hallaba refugiado el vicepresidente Dick Cheney. La tortura a un dirigente de Al Qaeda permitió concluir que la bomba volante debía precipitarse contra la sede del Congreso.

Con dos décadas de retraso, Trump ha diseñado el guiñolesco espectáculo sangriento que ha hundido para siempre la reputación democrática de Estados Unidos. El imperio recae en el trauma colectivo que le asaltó tras el 11S, y sus habitantes se enfrentan al dilema infernal que afrontaron los pasajeros del United 93, el título de la excelente película de Paul Greengrass sobre el secuestro. Los estadounidenses han de elegir entre la destrucción impune de una estructura institucional con dos siglos y medio de vigencia o el suicidio colectivo.

Nancy Pelosi, la presidenta de la cámara baja que huyó rauda de sus funciones ante la llegada de los vándalos, aspira a infligirle a Trump el estigma de haber sido el único presidente con un doble “impeachment”. La veterana demócrata saldaría de este modo su odio personalizado hacia el todavía inquilino de la Casa Blanca, pero olvida dos detalles. Al bufón fuera de sí no le importa el escarnio que pueda recibir de los congresistas, esos alfeñiques contra quienes envió a su ejército de payasos de Stephen King, con el doble objetivo de aterrorizarlos pero en especial de humillarlos. Y sobre todo, el nulo Biden a quien Trump llama «Pepe» sería una víctima colateral de la deflagración y la degradación de su predecesor.

El trauma es el biberón de los pueriles estadounidenses, el único pueblo que se disfraza de Batman para asaltar el Congreso. El Trump despechado conoce a su público mejor que nadie, por lo que no solo reconcilia a sus conciudadanos con la postración nacional ante el shock, sino que redondea los ataques inacabados del 11S. El estupor que provoca el arrepentimiento del presidente se debe a la proliferación de caracteres que abarca su personalidad múltiple. Todo gobernante acaba rodeado de charlatanes que le impiden analizar la realidad, pero Trump lleva al mentecato dentro.

Trump está Maduro, pero su asalto psicológicamente letal no deja secuelas en el mundo de ficción de la política. Desde la perspectiva de la Técnica del golpe de Estado de Curzio Malaparte, el estadounidense cometió el mismo error que el generalato español, que el 23F no se decidió a encauzar hacia su involución la maniobra de ópera bufa de Tejero en otro Congreso. En ambos casos, se moviliza a los descerebrados que serán los primeros sacrificados una vez que avance el putsch, pero los promotores agazapados a retaguardia quedan paralizados al contemplar el fulgor que adquiere su hoguera.

La indecisión de Trump no le absuelve, sino que aumenta su culpabilidad a dos bandas, porque sus partidarios y detractores compiten ahora en acusarlo de alta traición. El autogolpe es una modalidad que tal vez cuenta al turco Erdogan como su más redomado practicante en ejercicio. Con todo, el líder estadounidense no aprendió la lección de Boris Yeltsin, su dipsómano equivalente ruso, en la toma del parlamento de Moscú a la que procedió en octubre de 1993. El autogolpista ruso obtuvo una dictadura a estrenar de su empeño contra el legislativo, su imitador estadounidense abandona la empresa con el flequillo chamuscado.

En el capítulo de ayer, Trump finge su arrepentimiento para evitar la cárcel. En el todavía presidente, el simulacro de petición de perdón por su fallido autogolpe es más costoso que ordenar el asalto al Congreso. Como era de prever, Irán, China o Rusia se han abalanzado sobre la inmadurez de los estadounidenses. De nuevo, son los traumatizados por el perfeccionamiento del 11S quienes deberán lidiar con las repercusiones, mientras el autor del desastre juega a golf en Florida.

Los partidarios y detractores de Trump se hermanan en su fe inamovible en el personaje. Porque se trata de seguir hablando del magnate, un creador de riqueza a quien deben su fortuna las redes asociales que presumen hipócritamente de escandalizarse ante los excesos del monstruo que han criado. Como el espectáculo debe continuar, Trump se niega a ensombrecer con su presencia la investidura de Biden, a falta de decidir cuál de ellos es más probable que no llegue al día 20.

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