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Eduardo Infante

Los reyes son los padres

La actitud de los jóvenes ante la pandemia, explicada a partir de un supuesto diálogo del filósofo Sócrates con su hijo

Esa noche, Sócrates, al entrar en casa, encontró a su hijo adolescente encerrado en su cuarto y refunfuñando. Cuando le preguntó por qué estaba tan enfadado, el joven respondió:

Hijo: ¡Mi madre! Que se ha puesto como un basilisco cuando se enteró de que estuve en una fiesta con veinte amigos la noche de fin de año. Me ha gritado como una energúmena y me ha llamado de todo menos bonito. ¡Estoy harto de esta pandemia, de las restricciones y de llevar a todas horas esta puñetera mascarilla! Soy joven, tengo derecho a divertirme y a pasarlo bien. Estuvimos bailando, tomando unas copas y echando unas risas. No hicimos daño a nadie.

Sócrates: ¿Dime, hijo, ¿sabes que a ciertos hombres se los llama ingratos?

H: Sí, conozco la palabra. No soy estúpido.

S: ¿Y sabrías decirme qué hacen para que se los llame de esa forma?

H: Claro que puedo. Se le llama ingrato a todo aquel que habiendo recibido un favor, cuando pueden devolverlo, no lo devuelven.

S: Dices bien. Veo que, a pesar de las ultimas leyes educativas de este país han ido bajando progresivamente el nivel, tu cultura no es tan mala.

H: Sé mucho más de lo que crees.

S: Querido hijo, sé que tienes muchos conocimientos, y me siento muy orgulloso de ello. Pero déjame que compruebe hasta donde alcanza tu sabiduría; respóndeme a algunas preguntas.

H: Adelante, pregunta y comprueba por ti mismo.

S: Eso haré si me lo permites. ¿No te parece que los ingratos son injustos?

H: Sí que me lo parece.

S: Entonces, si es así, ¿no consideras que la ingratitud es una injusticia?

H: He de considerarlo así.

S: ¿Y acaso no sería tanto más injusto un hombre cuantos mayores fueran los favores que hubiera recibido sin devolver la gratitud?

H: Me fuerzas a admitir que así es.

S: Y dime, querido hijo, ¿a qué personas podemos encontrar que hayan recibido mayores beneficios de alguien que los hijos de los padres?

H: Sí, puede que tengas razón. Pero no tengo por qué soportar el mal humor de mi madre. Es molesta hasta decir basta.

S: Y tú, ¿cuántas molestias insoportables crees que le causaste a ella desde niño, noche y día? ¿Quién crees que aguantó tus perretas? ¿Quién dejó de dormir para cuidarte cuando estabas enfermo? Tú, entonces, de esa mujer que es buena contigo, que se preocupa cuanto le es posible para que no te falte nada de lo necesario, que además pide a menudo a los dioses cosas buenas para ti, ¿dices que es difícil de soportar? Creo que, si no puedes sobrellevar una madre como esta, no serás capaz de disfrutar de regalo alguno.

H: Yo no os pedí que me engendraseis ni que me cuidaseis.

S: ¿Qué haces cuando alguien te da un regalo de poco o ningún valor?

H: Enfadarme con él y no aceptarlo o devolverlo.

S: Y si algún amigo, aunque nunca se lo hayas pedido, te ofrece un regalo de gran valor, como la casa o el viaje de tus sueños, ¿te alegrarías o te enfadarías?

H: Me alegraría y me sentiría en deuda con él, y cuando pudiera le devolvería el favor. Hacer lo contrario es de malvados, insensatos o locos.

S: ¿Te parece que la vida es un regalo de escaso valor?

H: ¡En absoluto! Es sin duda de las cosas más valiosas.

S: ¿Entonces por qué te lamentas de haberla recibido de nosotros?

H: Porque soy un estúpido y a veces hablo sin pensar.

S: ¿Y cómo crees que podrías ser agradecido y justo con nosotros?

H: Cuidando de vuestras vidas.

S: ¿Consideras que cuidas de nuestras vidas cuando incumples las medidas sanitarias para divertirte?

H: No me lo parece, padre.

S: A mí tampoco, querido hijo.

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