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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

¿Quién manda aquí?

La crisis de Washington como muestra de que hasta el presidente de EE UU está sometido a la dictadura de las redes sociales

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¿Manda Trump? ¿Manda Sánchez? ¿Manda Barbón? Lo lógico sería que fueran ellos quienes mandaran, ya que sus mandatos son el resultado de la decisión popular, tanto si nos gusta como si no. Pues no, no mandan, aunque lo parezca. La crisis vivida en Washington ha dejado al descubierto la fragilidad

Pero ¿a Twitter quién le ha dado vela en este entierro?, ¿a quién representa Twitter?, ¿a Twitter quién lo ha elegido? Nadie y todos, según se mire. Nadie lo ha elegido, porque es una empresa privada que no responde más que ante sus accionistas, un conglomerado de empresas de capital riesgo. Y todos nosotros, los que la usamos, lo hemos elegido porque, por el mero hecho de utilizar esta red social, la estamos haciendo más poderosa. ¿Recuerdan aquello de que cuando te dan algo gratis es porque el precio eres tú?

Resulta tan sobrecogedor que redes sociales como Twitter (o Facebook, tanto monta) hayan estado sirviendo durante cuatro años de altavoz a Trump y a sus seguidores, esos salvajes que vimos asaltar el Capitolio y los 75 millones que le votaron. Resulta tan impactante que ahora, cuando le queda poco más de una semana en el despacho más poderoso del mundo, hayan decidido quitarle el megáfono que alcanza, al instante y de forma simultánea, a decenas de millones de almas. La verdad es que hay que ser muy ingenuos para caer a estas alturas del guindo sobre el poder de Twitter.

La cuenta que la empresa de Jack Dorsey decidió acallar no fue la de un particular llamado Donald Trump, fue nada menos que la de POTUS (President of The United States), nombre de usuario en Twitter del presidente de EE UU, sea quien sea este). Muchos se han preguntado por qué la red social esperó al último momento, cuando ya se derramaba la sangre y la sagrada voluntad democrática había sido pisoteada. Muy sencillo, porque POTUS, al que ahora censuran, estaba siendo el mejor propagandista, el mayor promotor de sus intereses.

¿Quién manda aquí?

¿Quién manda aquí?

La pregunta debiera ser dónde está la orden judicial. No la hay, porque Twitter sólo depende del capricho de su CEO, el tal Jack Dorsey, un programador informático muy listo y capaz de construir desde la nada un medio de comunicación capaz de mandar sobre el presidente de los Estados Unidos. Jack Dorsey no es nadie para decidir si el presidente es un irresponsable, un incendiario o un peligro público. Sólo el poder judicial tiene la autoridad para determinar tal cosa y decretar el cierre de su cuenta.

Nunca olvidaré la peripecia de Alberto Otaño, histórico redactor jefe de “Diario 16” en aquellos primeros años ochenta, tan convulsos por el ruido de sables. Cuando la rotativa estaba a punto de imprimir una gran exclusiva, que, al parecer, representaba un peligro para la seguridad nacional, se presentaron en el periódico unos funcionarios uniformados al grito de que el diario no podía difundirse. El sabio Otaño se les enfrentó preguntándoles dónde estaba el papelito. Se quedaron paralizados. No había papelito. Se trataba sólo del deseo de un gobernante al que no le convenía aquella noticia. La rotativa arrancó y el periódico se distribuyó. Desde entonces, en muchas redacciones ante informaciones comprometidas se recurre a la anécdota del papelito: “que traigan el papelito”.

Los tiempos han cambiado. Entonces eran las cloacas del Estado las que intentaban controlar qué se publicaba y qué no. Ahora es un particular. Así se llame Jack Dorsey o Mark Zuckerberg. ¿Les vamos a dejar a ellos que nos protejan de los excesos del poder? ¿Que manden sobre el poder político? Hoy han venido a por Trump, pero mañana vendrán a por Sánchez, a por Ayuso o a por Barbón. Más vale que los políticos de todo el mundo –sólo Merkel se ha pronunciado– empiecen a poner coto a los desmanes de las redes, que dejen de alimentarlas al utilizarlas como foro del debate político. En los periódicos lo sabemos bien. Nos engañaron haciéndonos creer que internet iba a servir para difundir masivamente nuestras informaciones. Fue una trampa que ha servido para que las redes, los agregadores, los Google, lleven años robándonos las noticias y lucrándose con ellas.

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