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Crítica / Música

Un canto al cielo

La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias inicia con éxito el año 2021

No era un concierto habitual, y el público lo sabía. Al atractivo programa que enfrentaba la OSPA se unían el esperado homenaje por el fallecimiento de Inmaculada Quintanal (la que fuera gerente de la orquesta durante una década) y el protagonismo del solista Juan Barahona, músico ovetense que mantiene una estrecha vinculación con la sinfónica y con Asturias, encargado, por ejemplo, de interpretar el concierto número dos mil de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Todo ello propició que, en este primer concierto del año de la sinfónica asturiana, se colgase el cartel de “localidades agotadas”.

El “Segundo concierto para piano” de Rachmaninov entraña la dificultad de saber compaginar con acierto la complejidad técnica y el carácter temperamental con un lirismo delicado y sutil. Aunque durante el primer movimiento el tempo ágil hizo que los músicos tardaran un poco en ajustarse, la ejecución fue muy esmerada. Barahona, un torbellino al piano, supo imprimir con madurez lo que se requería en cada momento, con cierta transparencia en las texturas, desplegó un virtuosismo expresivo que no le hizo perder articulación. Por su parte, la orquesta, muy sólida todo el concierto, hizo gala de un volumen cuidado y se mostró pendiente de arropar al solista ovetense, respirando con él en un fraseo excelente.

Las muestras de cariño que el público brindó a Barahona hicieron que el joven pianista obsequiara a los asistentes con la interpretación del “Preludio en re, número 4 op. 23”, también de Rachmaninov. En esta ocasión, el pianista lució un exquisito tratamiento del volumen, explotando con acierto una melodía muy cantábile que se deshizo en expresividad a manos del solista ovetense.

“Iviernu I” reservaba para la segunda mitad del programa la “Octava sinfonía” de Dvorák: una oda a la vida y la alegría. La OSPA, muy concentrada y disfrutando de cada nota, evidenció una sonoridad compacta y rotunda gracias al color desplegado por las diferentes familias: brillantez en las cuerdas, unos metales bien timbrados y unas maderas aterciopeladas, con un impecable trabajo de la flautista Myra Pearce. En la sinfonía sobresalió la figura del director alemán Christoph Gedschold, cuya claridad de ideas guió al éxito a una OSPA muy equilibrada y con unas dinámicas muy ajustadas.

A modo de síntesis, un gran concierto en el que se puso en liza un programa atractivo y donde confluyeron tres factores de primer orden para llevarlo a buen puerto: un director conocedor del repertorio y muy exigente con la orquesta, una OSPA muy motivada y con una sonoridad rotunda, y un solista ovetense muy querido por el público. Todos ellos brindaron el mejor homenaje posible a Inmaculada Quintanal.

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