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Trump bajó el telón, pero la comedia sigue

La necesidad de erradicar la mentira como forma de gobierno y las polémicas declaraciones de Iglesias

No se sabe todavía si Donald Trump está acabado, aunque haya tenido que bajar el telón teatral y Twitter lo dejara de momento sin público. Pero sí sabemos que el virus del trumpismo sobrevivirá, y en algunos casos incluso con una cepa aún más radical y violenta. Grupos de seguidores lo acusan de haberse rendido al final.

Extremistas aparte, el trumpismo, método de hacer política con la mentira permanente y las redes sociales como motor de difusión, sigue bien asentado en casi todos los países, España incluida. Trump batió todos los récords: según The Washington Post, en sus 1.460 días en el cargo difundió 30.558 afirmaciones falsas o engañosas, o sea, más de docena y media diaria. Fue el más aventajado alumno del maquiavélico Steve Bannon, su primer jefe de gabinete, asesor electoral de Bolsonaro en Brasil, de la extrema derecha europea y de Vox en España. Recuerden la acusación de «pucherazo» en la victoria de Pedro Sánchez y lo de «gobierno ilegítimo» que aún canta la oposición de derechas. Cofundador de Cambridge Analytica, la empresa que manipuló electoralmente en el Brexit, fue indultado por Trump en su último día por su condena por fraude a donantes de fondos para construir el muro con México. Amoralidad en todos los frentes.

El mundo se toma un respiro con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca. Aquella misma tarde firmó docenas de decretos reparando desperfectos: Estados Unidos retorna a la Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático, le devuelve fortaleza a la Organización Mundial de la Salud y hace las paces con la ciencia al recuperar al doctor Fauci, asesor médico de la Casa Blanca; Trump lo arrinconó porque advertía del peligro del Covid cuando él prefería remedios caseros, como la broma de ingerir lejía o pastillas detergentes.

En el primer discurso de Biden hay un concepto nuclear: restablecer el imperio de la verdad. Fundamental para defender la democracia. Mentiras y desinformación hubo siempre, pero nunca tantos artefactos para difundirlas. Y tampoco mandatarios de patología tan severa vulnerando la verdad. Es la batalla más importante que tienen las democracias ante sí. Erradicar la mentira como forma de gobierno es vital; y, según advertía Mijail Gorbachev, también detener la incontinencia verbal que tantos dirigentes exhiben en todo el mundo. Hagan mentalmente la lista en cada país y quedarán sobrecogidos.

En España destacaría en esa abigarrada relación, por méritos especiales en los últimos días, el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. Habitual creador de titulares polémicos para mantenerse en la escena mediática, la asimilación entre el independentista catalán huido, Carles Puigdemont, y los exiliados del franquismo, ha soliviantado a los herederos del republicanismo. «Los republicanos tuvieron que exiliarse para salvar su vida tras defender la legalidad democrática, mientras que otros escaparon por vulnerarla», afirmó la ministra portavoz, María Jesús Montero. Solo su guardia pretoriana minimizó esa declaración de Iglesias que tanto ofendió a socialistas, comunistas y a organizaciones de la Memoria histórica. Zapatero y la alcaldesa Ada Colau culparon al periodista –penoso– y los independentistas catalanes celebraron la declaración que Iglesias se negó a matizar. Silencio censor de sus socios de Izquierda Unida. Significativo.

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