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La banalidad del bien

El llamamiento de Barbón a erradicar el virus y no solo a contenerlo

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Por fin alguien habló. Por fin habló claro alguien que manda. Solo es una comunidad autónoma, Asturias, de un país europeo, España, pero no por ello el hecho deja de ser significativo en un nivel más general.

Sí, porque el presidente del Principado, hace unos días, ha salido valientemente al descubierto afirmando que el modelo vencedor frente al virus es el de la “erradicación” asiática y no el de la “contención” europea.

Hasta aquí, en realidad, no hay nada nuevo: cuántos han dicho y cuántas veces se ha repetido por activa y por pasiva que había que hacer como los chinos o los coreanos para arrestar las diferentes olas de contagio.

Lo que resulta llamativo, sin embargo, es la elección de las palabras, erradicación y contención, así como lo que se esconde detrás de ellas.

Erradicar significa arrancar de raíz y sus sinónimos son eliminar, extirpar, aniquilar, suprimir, exterminar… Los asiáticos no se andan con chiquitas, parece implicar la opción por este vocablo: hacia el mal pocas contemplaciones, se destruye, se acaba con él, no se reduce su impacto, no se palían sus efectos.

Contención, en cambio, alude a la moderación, a sujetar el movimiento o el impulso de algo, es decir, a ponerle un freno. Se procura aminorar sus consecuencias, aceptando implícitamente que no se puede borrar el bicho de la faz de la tierra.

La transposición política de la elección de estas palabras no representa ningún enigma insoluble: según Barbón, los países asiáticos (y otros como Australia) han adoptado medidas “muy duras, contundentes y prolongadas en el tiempo”, mientras que el modelo de contención europeo “no busca erradicar el virus, sino contener su expansión”. Por desgracia, a juicio del presidente.

No es necesario desvelar el contexto de justificación de tal actitud; todos sabemos a qué se debe la “envidia sana” de quienes admiran las medidas asiáticas contra la pandemia: la ausencia, en esos lares, de los diques de contención liberal frente a los poderes públicos. De hecho, ha lamentado el presidente, Asturias no tiene la capacidad legal ni económica para articular una estrategia de ese tipo.

Byung-Chul Han lo ha dicho con claridad: la táctica ganadora contra el covid-19 parecen tenerla los países asiáticos, precisamente porque su cultura menos individualista y más autoritaria les ha permitido adoptar medidas eficaces respecto del contagio, gracias a una actitud para nada axiomática frente a las libertades jurídicas subjetivas.

Sin embargo, no podemos negar que también en Europa se han tomado medidas sin precedentes que quiebran el molde clásico del Estado de derecho. No es la primera vez, a lo largo de las últimas décadas, que esto ocurre en Occidente; y no se ha tratado de algo transitorio: cualquiera que haya cogido un avión antes y después del 11-S sabe que nada ha vuelto a ser igual en los aeropuertos, convertidos desde entonces en lugares sin derechos. La diferencia es que aquella emergencia era construida y la de hoy es real.

Así pues, es posible que nada vuelva a ser igual al Estado de derecho, tal como lo hemos conocido hasta 2020, una vez superada la pandemia. Sobre todo, si tenemos en cuenta la adaptación generalizada a las medidas vigentes desde hace prácticamente un año, que la población de los países de tradición liberal y democrática ha vivido como el necesario precio a pagar para vivir en seguridad.

Se ha tratado de medidas que afectan negativamente a los derechos fundamentales de las personas, en beneficio de la colectividad. Sin embargo, tales medidas no han tocado la propiedad privada de los medios de producción. Por ejemplo, pese a la ausencia de contagios entre sus paredes, se ha “cerrado” la Universidad a causa del riesgo provocado por la ingente movilidad estudiantil, pero no han sido expropiadas las empresas privadas de transporte para decuplicar por decreto la frecuencia de las rutas y reducir así al mínimo el factor de peligro, ni ha habido autoridades locales que hayan lamentado no tener la capacidad legal para hacerlo.

Tampoco tengo claro que los gobiernos y los estados vayan a renunciar voluntariamente a los instrumentos de excepción una vez pasada la pandemia. En particular, cabría pensar, en los países que siguen el modelo de la erradicación.

Pero la tentación podrían tenerla también los admiradores externos del modelo. Y no en virtud de un consciente diseño político dirigido a la sumisión de los ciudadanos –no seamos conspiranoicos– sino, de una forma mucho más inocente y cotidiana, porque se compruebe que la administración ordinaria de la cosa pública se torna menos problemática y más llevadera con ciertos niveles tolerables de restricción y confinamiento. Cuantas menos ocasiones de roces, menos conflictos que solucionar. Y menos protestas, claro.

Se la podría llamar la banalidad del bien (gobernar) y puede resultar atractiva para cualquier soberano. Al fin y al cabo, la última tentación de Cristo, como nos ha mostrado Martin Scorsese, puede que no fuera política, ejercer de rey de los judíos, sino humana, formar una familia con María Magdalena y llevar una vida normal como cualquier mortal.

El reconocimiento de la superioridad del modelo de la erradicación nos muestra que las libertades individuales burguesas, lejos de representar un coto vedado para el derecho y la política occidentales, han de ceder ante las necesidades establecidas por la autoridad en pos de la igualdad y el bienestar colectivo, mal que le pese al eficientismo de la economía capitalista.

Ojalá lo tuviéramos en mente también cuando se debatieran cuestiones como quién debería ostentar la propiedad de las fuentes de energía o de los servicios esenciales (salud, educación, transportes…). O cuando se planteen políticas confiscatorias de redistribución de la riqueza. Habría muchos descontentos, seguro, pero ganaríamos en coherencia política y nadie podría llamarnos hipócritas. Los demás, a contener. A mí, mientras tanto, me han entrado ganas de releer a Carl Schmitt.

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