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Pilar Garcés

Dios dijo hermanos, pero no primos

Saltarse la cola para anticiparse a recibir la vacuna del coronavirus

Resulta que la vacuna es más fiable que los vacunados, y que los encargados de que se dispense siguiendo el riguroso orden que ellos mismos han establecido, basado en la solidaridad y en la atención a los que más la necesitan. El último que se ha saltado la cola es el obispo de Mallorca, Sebastià Taltavull. Tal vez convendría decir el penúltimo, que el coronavirus nos reserva una sorpresa diaria, después del Jefe del Estado Mayor de la Defensa, alcaldes, consejeros de Sanidad, docenas de ocupantes de despachos públicos remotamente relacionados con la salud, y algunos prebostes de la medicina a los que no les pertenecía. Están los estamentos de nuestra democracia preocupados por su bienestar, y eso es loable. Están más preocupados por su salud que por la nuestra, y eso ya mosquea. En medio de este “sálvese quién pueda”, algunos nos estamos resignando a recibir nuestra dosis de Moderna cuando sea vintage, por detrás de la infanta Leonor, la cuñada del gerente de turno, de los turistas que lleguen al aeropuerto, y de los miembros de los equipos de fútbol que tan buenos ratos nos hacen pasar. Nadie quiere esperar. Nadie sigue las normas. Ni siquiera quienes las dictan. Y como ha demostrado Monseñor Taltavull, no se puede confiar en la bondad y la empatía ajenas ni siquiera si su profesión es predicarlas. Él está muy acostumbrado a ver filas de ancianos que esperan la comunión, la edad media de sus feligreses apunta a que les corresponde la vacuna más pronto que tarde. Mueren a mansalva. ¿Tiene miedo por ellos? Como el mal pastor, ha visto al lobo y se ha puesto a cubierto, dejando a su suerte a las ovejas. Tiene 73 años, y no ha pensado que ese pinchazo era de otra persona. Es un intelectual y una persona comprometida con la verdad, el amor y la compasión. Debió preguntar si le tocaba pero practicó el egoísmo. Escuchó a la corte de pelotas que le dieron el clarísimo trato de favor, olvidando el mandamiento de su Dios de poner al prójimo por delante.

No hay referentes morales en medio de la pandemia. Estamos solos en este río revuelto, y la suma de decepciones de quienes están al mando no ayuda a que nos atengamos a unas normas imprescindibles para salir de esta. Solo tener una buena agenda te mantendrá a salvo, es el último mensaje de pandemia. La excusa del Obispo se refirió a los múltiples contactos que mantiene a diario con gente de toda índole y en su afán ejemplarizante. Suerte de vida social, la nuestra la amputó el Boletín Oficial. Así las cosas y las justificaciones, solo cabe confiar de nuevo en los pocos que no fallan, los sanitarios encargados de poner las vacunas. Se agradecería que cuando vean a un gorrón en la fila se tomen la libertad de mandarle a casa so pena de publicar su nombre en las redes sociales.

Recuerdo que de pequeña mi madre me llevó aparte y me dijo que ya era mayor para aprender a dar y recibir la vez en el colmado. Se saludaba, se preguntaba «el último, por favor» y luego esperaba para responder a quien entrase después con un «servidora». Aseguró que era importante hacerlo bien «porque es lo justo y porque así acabamos antes». Hoy somos más de «tonto el último». Con respecto a la conveniencia de ponerle a monseñor Taltavull la segunda dosis ayer, la respuesta es el perdón y el deseo social de que al menos no se desperdicie la primera, por el bien de la famosa inmunidad del agraviado rebaño.

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