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Tino Pertierra

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Tino Pertierra

Perros de paja

Javier Gutiérrez entrega otro trabajo excepcional en un “thriller” tenso e intenso sobre cazadores dolientes, venganzas y maldad en parajes hostiles

Seres de barro, horas de plomo. Bajocero encierra a sus personajes en un ataúd sobre ruedas y desentierra sus instintos a bocajarro. Un grupo de presos son trasladados en un furgón policial custodiados por una pareja de policías que no pueden ser más distintos: el conductor que sigue el reglamento a rajatabla y el agente que no respeta las normas cuando se trata de tratar con los prisioneros. Y, de repente, el ataque. Y la exigencia: abran la puerta, solo interesa uno de los trasladados. ¿Quién? Las sospechas recaen sobre un rumano ultraviolento pero quizá las apariencias engañen, quizá el simpático del grupo, que sueña con montar un bar al que llamara “El Fandango” no sea tan inofensivo como parece. Lluís Quílez juega al despiste, engarza misterios entre balazos y peleas, convierte el escenario helado en una cacería continua en la que el ratón no se conforma con ser devorado. Contundente presentación de personajes y detalles sutiles van dando forma al entramado de amenazas y temores (el rostro de una niña tras las lágrimas del limpiaparabrisas, una rueda pinchada, la mirada de Javier Gutiérrez cuando le espetan “va a ser verdad lo que decían de ti”... )Es el personaje de Gutiérrez y su posterior cruce con Karra Elejalde en un duelo hipnótico lo que permite trascender a Bajocero de los límites de un “thriller” rodado con brío a ritmo febril y sorpresas bien dosificadas. En un breve espacio de tiempo, ese conductor del que no sabemos nada termina abriéndose en canal para mostrarnos sus heridas, sus miedos y sus pesadillas antes de renunciar a su papel de víctima. Ni qué decir tiene que Javier Gutiérrez está sobrecogedor.

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