Afirma Salvador de Madariaga que España tuvo muchos momentos tristes en su historia en que los políticos se dedicaron a sortear la Ley y los militares, simplemente, a quitarla de en medio. Cuando en un país suceden circunstancias tan tristes como estas, es especialmente de valorar el ejemplo y el valor moral de aquellas personas ejemplares que son capaces de alzarse, señalar los atropellos y restablecer la Justicia.

El juez chileno Juan Guzmán Tapia es uno de estos ejemplos, un hombre bueno y sencillo que tuvo el valor de encausar al general Pinochet, armado con la verdad y la Justicia y que pasará seguramente a la historia por haber dado un ejemplo de dignidad como pocos.

La figura y la actitud del Juez Guzmán debe ser especialmente resaltada por su honestidad y su autocrítica, puesto que el mismo señala (y lo hace asumiendo su error) que él, junto con su familia, se alegró y brindó para festejar el golpe de Pinochet y el derrocamiento de Allende, entre otras cosas por acabar al fin con los graves problemas de abastecimiento y funcionamiento de la economía chilena (que más tarde supo y declaró que habían sido fomentados por los colaboradores de los golpistas).

Cuenta en sus memorias el juez Guzmán que tras pasar buena parte de su infancia fuera de Chile, por los destinos diplomáticos de su padre, al regresar a su país y comenzar en la escuela, volvió uno de los primeros días indignado a casa y le dijo a su madre: “Mamá, acá los niños mienten”. Si como dice Rilke la infancia es la única patria del hombre, Juan Guzmán supo ser leal siempre a la suya y obró de acuerdo con la verdad, aunque la verdad fuera incómoda y llena de aristas. Cuando fue juez de apelaciones en Santiago de Chile y pudo comprobar con desilusión que todas las apelaciones de los detenidos por la dictadura eran sistemáticamente desechadas y la mayoría del estamento judicial y la sociedad chilena optaban por hacerse los despistados, él tuvo el valor de mirar a la verdad y obrar con justicia, habló con múltiples protagonistas y no sólo consiguió pruebas sobre los asesinatos y la implicación de Pinochet en ellos. Conocidas las pruebas (que seguramente otros conocían también) y llegado el momento de ese dilema, que no tiene nada de cómico, de decidir que “entre lo que yo le estoy diciendo y lo que ven sus propios ojos… ¿va a creer a sus propios ojos?”, tuvo el valor de actuar según lo que habían visto sus ojos.

Entre tantos ciudadanos y jueces prudentes, fue el juez Guzmán quien obró en conciencia y enfrentándose la indiferencia y la hostilidad de muchos, encausó a Pinochet y dejó de manifiesto la naturaleza de sus crímenes. Esto le costó enemistades y su postergación en la carrera judicial. No pudo así llegar a ser miembro de la Corte Suprema de Justicia, pero alcanzó otra categoría más valiosa, la de los hombres dignos que señalan lo que casi todos prefieren no ver.

En el homenaje que todas las sociedades sanas deben rendir a una persona de estas cualidades, la deuda de Asturias es más profunda aún, porque se trata del reconocimiento a una persona de raíces asturianas por parte materna, de las que estaba especialmente orgulloso.

Juan Guzmán, movido por varias razones (entre las que seguramente fue motor fundamental el deseo profundo de ver y conocer Tapia de Casariego, el lugar de origen de aquel otro Tapia, que hace siglos formaba parte de la expedición de Pedro Valdivia), aceptó en 2007 la invitación de la Asociación Contigo de Noreña y cruzó el Atlántico para dar una conferencia llena de interés y calor en la Villa Condal, a la que siguió luego otra conferencia en la Universidad de Oviedo.

No fue un conferenciante de los que llegan y se van; llegó como juez chileno y se transmutó en paisano asturiano, permaneció varios días en nuestra región y a quienes tuvimos el privilegio de estar con él aquellos días, no se nos olvidarán muchos momentos de su estancia en Asturias

Estuvo en Noreña y en Ponga, pero hay que recordar especialmente aquel viaje en coche en el que iba emocionándose a medida que nos acercábamos a Tapia, lugar de origen que tanto deseaba conocer, como paseó por la villa y quiso hacerse fotos en todas partes (especialmente en el puerto, donde “casi veía” al Juan Tapia marinero que salía rumbo a América), como compró recuerdos (una maqueta de madera de un barco pesquero) para llevar a Chile y lo satisfecho que estaba de ver y sentir el lugar de donde había salido el primer Tapia americano, compañero de Valdivia.

Mantuvo luego el contacto con Asturias, siempre amable y cariñoso, con esa bondad un poco socarrona que se reflejaba en su cara.

Querido Juan, que la tierra te sea leve y a nosotros tu recuerdo nos ayude a ser mejores.